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lunes, 19 de marzo de 2012
Almuerzo tweet
Cae sobre mi mesa un ingenuo plato de arroz con pollo. Doña Rosita endulza a unos comensales extraviados y desconfiados. ¡Qué tal pierna!, exclamo. El culantro se mete a mi alma a través de mis fosas nasales. Doña Rosita seduce a dos más mientras ocupa la larga mesa donde hace picadillo los ingredientes de un lomo saltado. No me resisto a la provocación exhuberante del plato en manos y cojo la pierna con la mano y la acerco a mis fauces; a mi costado me observa una mujer con los ojos centelleantes: ¡Cuánta elegancia en tu comer! Sonrío y le doy el primer mordisco.
miércoles, 20 de julio de 2011
El Bohemio
Extrañaba darme un buen baño. Me costó mucho trabajo deshacerme de la ropa que llevaba puesto, sobretodo de las botas llenas de fango y excremento. Cuando por fin estuve desnudo abrí la ducha esperando caer el chorro de agua fría y salvaje. Una lluvia fina de agua blanca cubrió mi cuerpo como una sábana inexorable. El piso de la ducha comenzó a pintarse de un negro rojizo. En el medio de mi torso la sangre se había secado con los vellos y mis dedos se enmarañaban cuando trataba de cubrir esa zona del cuerpo selváticamente enlodado. Dejé caer el agua por un momento indefinido para que el líquido refregara los pedazos de barro que contenía mi oblonga humanidad. Ella vino a mí, cosa que nunca suele suceder, se puso histérica, no sé cómo me pudo reconocer, al principio me negué, salí huyendo del local, pero en menos de un pestañeo, dos hombres estaban ahí para partirme la cara. Rosita, la mujer que sirve el licor en El Bohemio, se inquietó. Uno me cogió del brazo y me empujó sobre la orinada puerta del local; antes de caer, me lo llevé al piso conmigo. Comenzó a golpearme diciéndome que no me meta con su novia. Un lío de faldas y braguetas, pensé. Lo agarré de la camisa y no lo solté para que no se separara de mi cuerpo y no tuviera espacio para embadurnarme de puñetes. ¡Qué carajo tienes, estas equivocado!, le dije y en el momento menos pensado mi pierna le alcanzó el pecho y lo hizo revolcarse a un costado mío. Para mi mala suerte el otro tipo me sorprendió con una patada en el maldito estómago. Que me golpearan por haber violado a su novia, a su hermana o a su mamá lo podía aguantar, pero ese golpe en mi estómago lleno de botellas de cervezas, a esa hora de la noche, aceleró mis procesos vomitivos; acabé desparramado en medio de la calle desangrándome de sustancias por la boca. Me dejaron terminar y uno de ellos, el que tenía cara de asno, el de la patada artera, me agarró de la camisa floreada de los viernes en El Bohemio, y me levantó como un trapo de litera. Me subió a una camioneta. Escuché a Rosita quejarse que me dejaran.
Me sentía el hombre más borracho, aunque recién eran las dos de la madrugada. Uno de ellos me tenía abrazado del cuello, sentí un calor paternal en sus brazos, pero lo que hacía era mantenerme resguardado si es que pretendía hacer algo. Para ponerlo a prueba alcé la mano derecha. Y de inmediato mis dos manos estaban aferradas a su brazo de leñador antiguo suplicando que deje de asfixiarme. No te muevas idiota, me dijo. Todo era oscuro. El carro hizo una parada y escuché que se abrieron las puertas delanteras. La voz de una mujer parecía discutir con la de un hombre. Alguien abrió una puerta trasera y me jalaron desde ese lado hacia afuera: la humedad del suelo y las hierbas me hicieron pensar que estaba cerca al río, pero mis instintos de detective se esfumaron cuando recibí un puntapié en el culo. Reconocí al hombre cara de asno delante de mí. Mierda, que les pasa, me van a matar a golpes, les dije. La mujer me miró a los ojos con odio. Este es el maldito que me violó, dijo la mujer que no lograba reconocerla, tenía los ojos orientales y la piel muy delgada, exangüe, aunque llevaba consigo una falda corta que instigaba lujuria. Oigan, les dije dirigiéndome a los varones, no había porqué hacer caso a la mujer, después de todo los hombres tenemos mejor poder de negociación y en casos como estos donde ha habido confusiones propias del alcohol lo mejor era compensarlo con algún favor. Pero creo que sabían que peores palizas me habían dado por no pagar cuentas que por otra cosa, por lo que se rieron con ironía. Me levanté, era una noche más oscura que el drama que vivía en ese momento pero sabía que iba a salir de esta, hice el esfuerzo de arquearme y comencé a graficar una escena de regurgitaciones. El tipo que parecía ser el novio o el proxeneta o el hijo negado o el asesino por comida, puso en mi culo un metal de forma de pistola. Tú la violaste, ahora te violamos nosotros, así de fácil, me dijo. Fue un momento en el que comprendí que la cosa iba en serio, nunca antes hasta ese momento mis cojones se habían encogido de miedo, me sentía realmente jodido y sin salida, sustenté que me encontraba en la posibilidad de que me violen y me maten al mismo tiempo de un disparo de fulminación escatológica y humillante. No voy a decir esa estúpida y cursi idea de que toda mi vida pasó por un segundo, sino que se me vinieron a la mente todas las mujeres con las que me había acostado, o mejor dicho a las que había obligado acostarme, y a fin de cuentas, pensé, que esa había sido mi vida, entre mujeres y sexo, nada más simple y vacuo que eso, y entonces fue que me dije que era un estúpido y un cursi y merecía morir por nunca encontrar mejor motivación que lo carnal.
Desperté del sueño efímero porque escuché los gritos de Rosita y unos más de alguna gente que habían venido a salvarme, aunque ahora pienso si realmente vinieron a salvarme o a cerciorarse de que, ahora sí, me habían dado de baja en este mundo. Fueron unos segundos vitales, de adrenalina extrema, en la que volteé violentamente y le exprimí un ojo de un puñetazo al cobarde reprimido que me apuntaba con el arma mi espacio más sagrado. Salí corriendo en dirección opuesta a la gente, ahora sé que hice mal. La mujer de ojos chinos gritó una lisura y corrió tras de mí, pero escuché que se tropezó en la oscuridad y otra lisura se ahogó en lamentos. El tipo con cara de asno, brazos de boxeador y piernas de futbolista corrió tras de mí pero cuando volteé a ver si me alcanzaba era tan torpe y lento que casi me río pero me contuve. Tropecé con algo y sentí un vacío en el espacio hasta que por fin di con el suelo. Todo mi cuerpo cayó sobre mi brazo izquierdo y algo sonó como una madera rota. Mi hueso, pensé. Solo sentí un silencioso dolor y una anestesia de todo el lado izquierdo de mi torso. Alguien llegó hasta donde estaba y me gritó: ¡hijo de puta! Todos nos vendemos en este mundo putañero, pensé contestarle pero me contuve. Como tenía todo un lado anestesiado me levanté del otro, llegué al borde de un pequeño acantilado y pensé si en lanzarme o seguir la rivera del río hasta el puente y escabullirme por algún recodo, pero nuevamente me sorprendió el pensamiento con un disparo que me rozó la costilla y me lanzó al vacío. Rodé como una bolsa de basura más, entre latas y ratas, cajones y condones, bateas y botellas, hasta que por fin quedé tieso a un lado del río, entre toda la mierda de la ciudad. ¿Este es mi lugar?, me pregunté. Seguro todos me daban por muerto. Tenía un brazo roto y un raspón de bala a media barriga, estaba exhausto y solo quería cerrar los ojos. Me dejé dormir y desperté en la mañana solo cuando alguien arrojó una bolsa de basura, restos del fin de una jornada de cantina. Me logré movilizar un poco y paulatinamente me pude poner de pie.
El agua había terminado de enjuagarme. Cogí la toalla de Rosita y salí del baño. Cuando salí ella me esperaba en la mesa con un plato de huevos fritos y yuca. Me sentí tan ridículo. Me ofreció unas ropas que colgaban en una silla. Le agradecí con una sonrisa tímida. Luego iremos a la posta a ver tu brazo, me dijo con una voz que no admite dudas y más bien se acerca a lo materno. Claro, le dije. Alguien tocó la puerta. Tengo que salir un rato, quédate acá, vengo en un ratito, me dijo. Gracias otra vez Rosita, le dije. Y salió y yo me quedé desnudo en la cama, con un brazo colgando como un saco al hombro, inútil, desvalido, huérfano, viendo desde la ventana a la mujer que todas las noches me acompaña sirviendo el licor.
jueves, 14 de julio de 2011
Lorena en el pasado
Llegué al hotel agitado, escapando de la lluvia. Anita, la recepcionista, viéndome entrar me saludó con una mirada esquiva. La saludé como de costumbre pero parecía estar tocada por la discrecionalidad: apartó los ojos hacia su escritorio, se solazó en su computadora. Horas antes, por la mañana, habíamos bromeado acerca de mi edad, ahora algo la hacía parecer extraña, un trabajador más del hotel, yo consideraba a Anita casi una amiga. Le iba a preguntar si pasaba algo pero antes de que dijera algo me habló con una voz que me pareció más rara aún: “Profesor, una señorita lo está esperando. Llegó hace media hora, preguntó por usted, me dijo que era una amiga suya”, Anita parecía estar guardándome un secreto, me pareció extraño, nunca había tratado de ocultar algo en mi vida. “Gracias Anita”, le dije, cogí las llaves y busqué con la mirada a quien me esperaba. Eran las cuatro de la tarde, en el hotel un grupo de personas llegaban portando maletas y mochilas, parecían hacer turismo en la ciudad de Arequipa. Sentada en una esquina una mujer de pantalones jean, zapatillas y lentes ojeaba una revista. Tenía un atuendo rápido y simple. Estaba enfrascada en el cuadernillo con una avidez que me costó trabajo saber quién era. A penas se sintió invadida, cerró de un golpe la revista y me dirigió sus celestinos ojos que se traslucían en medio de esos cristales enmarcados: había una mezcla de espasmo y sorpresa. Igual fue mi admiración al reconocer cuánto había cambiado.
- Profesor Fernandini, ¿se acuerda de mí?
- Claro. Cómo estas, Lorena, qué haces por aquí.
- Vine a verlo, necesito hablar con usted.
- Está bien. ¿Vienes sola?
- De eso quiero hablar con usted, no estoy aquí porque haya querido sino que muchas cosas me han traído hasta aquí, a verlo a usted; sé que me puede ayudar.
- Esta bien, Lorena, me gustaría poder ayudarte. Voy a dejar estas cosas y vuelvo, espérame aquí mismo por favor, no tardo.
En su mirada había tranquilidad, como si hubiese llegado a un puerto a descansar, se sentó a esperarme mientras yo dejaba mis cosas de la universidad en mi habitación. Había cambiado bastante, la figura de la chica de dieciséis años, inquieta, provocativa, había dado paso a una mujer joven sosegada y madura. Subí pensando en esta necesidad de apoyo emocional que todos necesitamos, pensé en que algo fuerte debió haberle pasado para que acuda a mí estando en otra ciudad y habiendo pasado cerca de cinco años. Cuando bajé Lorena ya no estaba. Le pregunté a Anita por ella y me dijo que debió haberse ido cuando ella fue al almacén por unas cojines para un huésped. No había nadie más en la sala. Salí a caminar pensando que quizá ella estuviese allá afuera; antes le dejé un recado a Anita, quien se comportaba de una forma muy extraña ese día; no creo que fueran celos. Ya había escampado afuera así que decidí caminar hacia la librería a comprar unos archiveros para la clase en la universidad. Cuando ingresé a la tienda un par de chicas se tomaban fotos entre los anaqueles. Una de ellas me hizo recordar a Lorena: sus medias que alargaban sus pantorrillas y delineaban el límite de sus piernas, su mirada de desafío y holgura. Debían terminar la secundaria ambas chicas y en el caso de la que me recordaba a Lorena, parecía encontrar en el histrionismo su válvula de escape, cogía del brazo a su amiga y juntas miraban a la cámara simulando un beso entre ellas. El eventual camarógrafo de esas picarescas fotos era un vendedor de la tienda. Recuerdo las veces en que caí en las ridículas bromas de Lorena, su escotada blusa, sus sutiles interrogantes sobre sexualidad. Recuerdo que me decía que “Cien años de soledad” había sido el mejor manual de erotismo. Era una extraordinaria lectora, audaz, rebelde, escéptica, que indagaba más en sus interpretaciones que en la de los libros de literatura. Ambos sabíamos que leía todos los libros que yo les mandaba a leer, pero en los exámenes no contestaba nada, dejándome en la decisión de si aprobarla o no. Yo, por supuesto, la aprobaba. Era una de mis alumnas preferidas. Y no porque tuviese el don de la duda más desarrollada que las demás chicas, muchas ingenuas que estudiaban los movimientos y descripciones de las obras de la literatura universal, sino porque la vida se le había adelantado para que tomara decisiones duras. A su padre, un policía borracho y sin honor que alguna vez tuvo la desgracia de golpearla, lo acribillaron en una cantina por no querer pagar la cuenta. Al quedar sola, sin su madre que radicaba en España desde que ella tenía cinco años, quedó lanzada al aire como una moneda, decidiendo ella, de forma maniquea, si encajaba mejor en la parte del bien o en los extramuros donde todas las chicas de su edad se refugiaban escapando de esa cosa que ellas solían llamar la realidad. Una mano tocó mi brazo y me sorprendió ver a Lorena parada enfrente de mí.
- ¿Dónde estuviste? Salí y ya no estabas.
- Quiero que sepas algo – me dijo, impasible, pestañeando suavemente, sus labios parecían completamente secos y sin vida.
- Vamos, vayamos afuera – le dije.
Caminamos por la plaza, le pregunté si es que había pasado algo, que me contara y que yo le podía ayudar. Quiso decirme algo pero como si algo la atormentara, calló. Nos detuvimos en una banca y ella me miró a los ojos y me dijo que necesitaba cambiar de vida, dejar todo atrás, se puso a llorar. La agazapé contra mi pecho y la dejé gimotear por un rato, dándole tranquilidad. En ese momento me pareció tener a la muchachita de diecisiete años que siempre quise consolar. Sabía que su mundo frágil podía romperse en algún momento, tenía todas las condiciones para que así sucediera. Suavemente la dejé apartarse para dar espacio a lo que venía a decirme. Se calmó, yo la miraba con ternura.
- Siempre pensé en usted. Me di cuenta que lo hacía muchas veces pensando en el padre que quise tener, pero también me enamoré del hombre que era usted.
- No creo que me conocieras del todo- le dije.
- Exacto. Ya no soy una niña, quizá éste sea el último intento por dejarme llevar por lo que creo más romántico. Lo cierto es que usted representó para mí el momento donde me ahogué en el mundo sabiendo que existían personas como usted. Que se interesan por los demás.
- Esa no me pareció tu actitud en los meses finales del último año. Aún te recuerdo, alejada de mí, mirándome desde un rincón de la clase de literatura, ajena a lo que siempre habíamos hablado.
- Usted no solo me hablaba de Romeo y Julieta, sino de cómo explicaban esas historias nuestra conducta humana. De eso me sentía satisfecha cuando lo conocí. Me enamoré como una chiquilla tonta de su profesor, disculpe lo trillado del asunto.
- Eso suele suceder. No quiero desdramatizar tu historia, Lorena, pero: ¿qué es lo que trae hasta aquí buscándome?
- Es cierto, debo decírtelo. No sé si lo ame ahora, pero existe en mi mente la idea de que hoy entiendo mejor las cosas que antes. Usted fue un desconocido para mí en el colegio. Era un excelente profesor y un buen amigo, pero nunca estuvimos en el mismo nivel, yo no entendía las cosas y quizá por eso me alejé de usted en los tiempos finales del colegio. Pasa lo mismo conmigo. Luego del colegio, hice mi vida como mejor pude. Siempre pensé en hacer mi vida en función de lo que necesitaba en el momento. No depender de nadie, solo divertirme, escaparme de la tortura espiritual que me sometía. En breves cuentas y para no seguir dando vueltas a las causas que me traen aquí: Una vez probé alguna droga, me gustó hacerlo, reditué mi cuerpo y ahora aquí estoy pensando cambiar mi vida de alguna manera contándole todo esto. Usted ya lo debe saber.
- Lorena, nuestras decisiones suelen ser así, las personas aprendemos de nuestros errores una vez que la cometemos. Siempre vamos a poder liberarnos de esa culpa una vez que la reconozcamos y seamos sinceros con nosotros. Ahora, debes saber que mi propia persona no es el modelo de conducta humana. Soy profesor y mi imagen ante los alumnos considéralo intachable, siempre será así, pero me he visto como todos, a resignarme a mi condición vulnerable y sentir que lo que hice no estuvo bien.
- Lo sé.
- Si deseas cambiar de vida, tienes todo el derecho de hacerlo, sin pensar que alguien te va a señalar o recriminar por lo que hiciste, todos en algún momento hemos perdido la fe en quien somos.
- Gracias profesor. Hace un mes vine aquí a la casa de una prima que no sabe qué vida tenía allá en Lima. Llegué muy delgada y enferma. Un día mi prima trajo unos trabajos de la universidad y ahí figuraba su nombre. Ramon Fernandini. Me sobresalté, pensé que era mi oportunidad para cambiar. Por eso lo busqué. – Se quedó callada, se esforzaba por seguir hablando- Descubrí algo que me hizo pensar en que todos éramos unos impostores.
- ¿Qué fue eso?
- Se lo contaré desde un principio: Una noche Mariana y dos amigas más fuimos a una discoteca para que nos presentaran con el dueño del local. El trato era bailar en unos espacios diseñados a los costados del interior del local vestidas de colegialas. A mí no me gustaba mucho la idea pero Mariana me convenció argumentando que no había nada de peligroso y que primero iríamos a ver. Cuando llegamos al local, nos entrevistamos con el dueño, un tipo calvo y fornido; fue muy amable en decirnos que podíamos aprender, primero, viendo el espectáculo; no había nada de censurable y que nos íbamos a divertir haciéndolo. Nos ubicó en una parte del local desde donde se podía ver toda la discoteca pero no se nos podía ver a nosotras. Era un ambiente estruendoso donde las figuras de hombres se aglomeraban alrededor de unas mesas con tragos y colillas de cigarro. Era un ambiente preponderantemente masculino lo cual me extrañó. Luego me di cuenta que era un night club, pero en ese momento aún no entendía la mecánica del movimiento ahí adentro. De pronto divisé la figura de un hombre en una de las esquinas. Una mujer se le acercó y le dijo algo al oído. Ambos se comunicaban de esa forma. Ese hombre era usted, profesor Fernandini, y esa una mujer como yo en algún momento. Luego de reconocer su rostro, no podía comprender que ese era usted por cuanto parecía un hombre distinto. Fue algo que me impactó mucho, no supe que pensar, usted era alguien a quien yo nunca me había imaginado así. Entonces me convencí de que usted era un impostor, alguien quien no merecía mi respeto, que era un profesor ejemplar pero tenía una vida oculta y salaz propensa a los placeres carnales, un verdadero impostor. No entendía nada. Luego eso me afectó tanto que dejé de frecuentarlo y sumergirme cada vez más en el refugio donde usted también habitaba. Al terminar la secundaria muchas chicas más estábamos en el negocio de las drogas y por ende de la prostitución.
- Lorena, lo siento mucho, déjame explicarte algo... Primero, hay algo que quizá no sepas: Me enteré por Mariana que ustedes me habían visto aquella vez. Ella tuvo el valor para decírmelo. Si tú me lo hubieses dicho hubiésemos podido conversar sobre eso. Quizá ese fue nuestro error, pero como te decía no te sientas mal, eres una mujer que tuvo el coraje de salir de ese infierno que no todas logran escapar. Lo que te pasó fue el precio para entender que las personas solemos equivocarnos.
- Tengo veintiún años, profesor, y me cuesta creer que esté bien aquí y ahora. Gracias por escucharme.
Lorena se levantó del asiento y la vi más fuerte que nunca. Su mirada era la de quien se había conciliado con el pasado. Me miró con una sonrisa y me dijo que me quería. Yo la abracé fuertemente y le dije que también la quería. Ambos caminamos hacia el café más cercano mientras en las calles, nuevamente, comenzó a llover.
domingo, 29 de mayo de 2011
El demócrata del taxi
En el otro lado del mundo se gestaba una manifestación impresionante para exigir a las autoridades de su país, España, una democracia justa y verdadera. Pedro Noicán, manejando su auto amarillo, piensa en su naturaleza anodina, insignificante pero representativa del común peruano: profesional taxista devenido en taxista profesional a la edad de treinta y dos años. Tiene la frente ancha y arrugada como si gran parte de su vida la hubiese pasado bajo el escepticismo. Todos los días compra el periódico El Nacional por lo consecuente de su línea editorial, diferente a otros diarios que en vez de tener una línea de opinión, sostiene, parecen tener una curva de opinión que se inclina hacia donde están los intereses más altos. Como taxista, su labor es conducir a las personas de un lugar a otro, obviamente, pero en el plano subjetivo es ser testigo involuntario del transcurrir de vidas que se mezclan, se esconden o se buscan. Y estar de cara a la realidad la mayor parte del día, por supuesto. Conocer el orden y el caos que impera las distintas distribuciones de la sociedad, pero ser consciente de su limitación cognoscitiva.
Ayer subió a su carro un hombre que de pronto cayó dormido en el asiento trasero. Sólo subió y por el espejo retrovisor hizo la indicación de hacia donde quería ir. Pero en medio de su petición pareció trabarse y luego se calló abruptamente y también cayó con todo su peso sobre el asiento, sin más. Pedro se estacionó en una callecita de la avenida Camaná y se quedó mirando por el espejo retrovisor. El hombre estaba tan inconsciente que si en ese momento eran arrollados por un hipotético tren, aquel regordete hombre de saco y corbata hubiese seguido durmiendo el sueño de los justos. Pensó que estaba ebrio pero al instante se dio cuenta que éste no tenía esa apariencia desaliñada de un borrachín que se excedió en el Bar Queirolo. Porque el tipo tenía apariencia de burgués. Así prefería llamarlos Pedro, declarado un hombre de izquierda, sociólogo egresado de universidad estatal, conspicuo enemigo de las grandes empresas, del clientelismo chicha, de la corrupción imperante, y por último y para rematar, del imperialismo yanqui, al estilo Chávez. Para él, estos burgueses representaban lo peor de la clase política peruana, eran unos adefesios arteros que hacían cualquier cosa por un poco de poder y dinero. Bajó del auto y abrió la puerta trasera con una actitud de fastidio. Vio que el hombre estaba quieto y lo último que deseaba era tener un burgués muerto en su auto. Lo samaqueó una y otra vez; le metió un zambombazo fuerte y ni así. No olía a alcohol así que descartó esa primera idea, pero sintió que el hombre respiraba, eso lo alivió. Pensó en llamar a la policía, pero se dijo, de pronto, por qué acudir a la autoridad más desprestigiada, esas cosas las podía arreglar solo. Era un iconoclasta majadero, a veces. Pretendió dejarlo en algún lugar lejano fuera de Lima para que escarmiente el sufrimiento de los más marginales. Sin embargo pronto cayó en cuenta que su ojeriza hacia esa clase de gente representada en ese pobre hombre anestesiado era absurda y contraproducente para sus intereses domésticos: ¿quién le pagaría esa carrera, finalmente? De nada sirve, se dijo, se acomodó en su asiento y abrió de par en par las páginas centrales de El Nacional, en la parte editorial: la columna del periodista Gabriel Belmonte, un remesón contestatario sobre el establishment. En la columna el intelectual hacía una analogía entre las razones del movimiento pacifista DRY en España -una bola de nieve que tiene como fundamento su desencanto con la clase política- y nuestros representantes en el gobierno. La frase ‘todo para el pueblo, sin el pueblo’ parece graficar de manera idónea el grito estentóreo que se escucha cada vez que un funcionario público abre la boca, pensó. Este miserable hombre que tengo aquí atrás, se preguntó a sí mismo: ¿podrá pagar tantos años de haberse servido de los impuestos que pagamos todos los peruanos? Sabía que no. En ese momento pensó que tal vez ese hombre podría, de manera simbólica al menos, devolver lo que su reino había malgastado durante tantos años de corruptela. Lo condujo entonces a un descampado en los arrabales. Estaba algo nervioso porque no sabía en qué momento iba a despertar. Había perdido casi todo el día y la idea de compensar tantos años de bellaquería azuzaba su determinación. Quizá pueda ser un Robin Hood, dijo frotándose el mentón en actitud pensante. Llegó a un lugar entre unas chacras deshabitadas. Se quedó en su asiento pensando en cómo hacerlo, no estaba muy seguro de lo que iba a hacer. Cuando finalmente salió del carro y abrió la puerta trasera se sintió estremecerse, no sabía hacerlo, comenzó a pensar en que haría si despertase, que le diría al hombre, era necesario propinarle un golpe, se preguntaba. Su trasero del hombre daba justo a la puerta, lo que ayudo a que pueda escamotearle la billetera. Sorprendido por la agilidad con la que lo hizo quiso revisarla en ese momento, ver si había valido la pena la aventura de reivindicación social. Pero se dio cuenta que era mucho arriesgarse. Cogió al hombre de los brazos y lo arrastró fuera del auto. El mofletudo aristócrata estaba tendido en el arenal ya. Pedro le vio el rostro por primera vez: debía tener unos cuarenta años de edad, tenía el rostro blanco y de piel frágil, unos ralos cabellos blancos adornaban sus patillas. De pronto sintió algo en el pecho. Y si este hombre no era funcionario público, por su apariencia más parecía un empresario o un banquero, pero no un sátrapa del gobierno, pensó. Se acercó al cuerpo que yacía en el piso y exclamó: ¡mierda, es Gabriel Belmonte! El periodista parecía recobrar la conciencia. Pedro entró al auto apresurado y se esfumó de la escena dejando solo estelas de arena detrás. Mientras salía de la zona desierta cogió la billetera y le echó un ojo al interior: 200 dólares. Se alegró pero desde la página central del periódico la imagen de Gabriel Belmonte lo puso nuevamente nervioso.
miércoles, 16 de marzo de 2011
Lides matrimoniales
ESTABA un poco asqueado con los animales ese día. No faltaba más. Era de noche y en la televisión Bertha veía un programa de guepardos, animales gráciles y elegantes. Ella estaba tendida en la cama pereceando antes de dormir. Yo adoro estos momentos. Me eché a su lado y le acaricié la cabeza. En ese momento de pura ternura mi mirada encontró algo extraño que estaba depositado en la mesa de noche. «Qué cosa tan rara es eso», dije en voz baja. Bertha, que siempre se pone histérica con las cosas extrañas como bichos o cosas gelatinosas saltó de un brinco encima de la cama. « ¡Qué es eso!» gritó, casi saltando sobre la cama. En la mesa de noche, al costado del reloj despertador, una suerte de gusano enrollado, rugoso y verde reposaba inerte como esperando dar un salto. Qué cosa tan deforme e inextricable. A medida que acercaba mi vista, podía distinguir manchas blancas y ojos deformes. « ¿Qué puede ser? No recuerdo haber comido algo y dejado las sobras por aquí», dije casi descubriendo qué es. Y recordé y lo expliqué de la siguiente manera: «Creo que la paloma de la mañana nos dejó un fax por aquí». Bertha se rió pero el gesto de asco no se le quitó del rostro fácilmente. Enviar un fax, en la jerga peruana, significaba defecar, no sé cómo se instaló en el habla popular pero creo que era una metáfora de la forma patética como un presidente renunció desde otro país. Le conté a Bertha, en clave de explicación policial, que en la mañana uno de los dos dejó la ventana abierta y una husmeadora paloma había ingresado al cuarto, por casualidad o quizá por una suerte de voyerismo animal. Cuando llegué en la tarde, la encontré encima del televisor y la espanté, pero la muy lerda en vez de salir por la ventana brincó hacia el otro lado de la ventana lo cual me causó mucha mayor dificultad; además en el proceso de deportación la muy inoportuna y desfachatada ave había dejado pedazos de caca por todos lados. Finalmente se salió por la ventana, pero dejó pedazos de excremento por todo el piso. «Con lo que detesto las cagadas de terceros; por eso renuncié a seguir trabajando para un gerente del Banco Central, estaba cansado de limpiar sus cagadas; por eso detesto tanto los gobiernos de Fujimori, Toledo y García, por dejar tan evidente sus excrementos», pensé, renegando de mi destino, de tener que limpiar tanta inmundicia. Limpié los recuerdos que nos dejó la paloma o eso creí.
Bertha bajó a preparar algo para tomar antes de dormir. Yo agarré el pedacito de caca y lo levanté con un pedazo de papel, le había dado el sol y estaba seco, lo cual facilitó el desalojo. Los recuerdos que nos había dejado la paloma nos dejó la sensación de escozor y suciedad. Bertha trajo un mate para los dos y luego de acordar que el sábado íbamos a comprar el aire acondicionado apagamos la televisión y las luces. Bertha se acomodó a mirar el techo y yo me volteé bocabajo mirando su hombro. Estaba quedando dormido cuando un sonido perturbador nos agitó los oídos. «Al parecer tenemos otro intruso esta noche», pensé en voz alta, «¿Entenderán que sólo queremos dormir?» le dije a Bertha. Al parecer eran unos gatos amantes que habían saltado por el tragaluz y, me imaginé, estarían en el patio copulando, llenado la casa de gritos orgásmicos. «A alguien le gusta los gatos, yo ya me encargué de los bonitos recuerdos de la paloma» le dije a Bertha. A mí no me gustan los gatos, siempre están tan altaneros, repanchingados en cualquier lugar pensando donde tener un estruendoso orgasmo, pareciera que siempre lo están planeando estos bólidos sexuales, cómo gritan. «Hazlo amor, descarga tu ira contra tus enemigos de toda la vida» me dijo Bertha con una mirada de suplicio adormecimiento. La miré. Me miró. Implícitamente yo tenía la responsabilidad de evacuar de la casa a cualquier invasor, por ser hombre, me imagino. Bertha con absoluta facundia me dijo después de mirarla por cuarta vez con un gesto indecible: «La batalla contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo». Quién le mandó a Napoleón a decir semejante babosada sobre las lides matrimoniales. «Bueno, a poner orden en la casa» me dije, resignado. Mientras bajaba por las escaleras pensé en lo que dice Nietzsche acerca de la condición de las mujeres: «El hombre quiere que la mujer sea pacífica; pero en realidad es esencialmente belicosa, como el gato».
viernes, 27 de agosto de 2010
Romperles el cuello
Muchas preguntas revolotean en mi mente, están atascadas y a punto de explotar. Cuando era niño recuerdo que había un grupo de mosqueteros pendencieros e inútiles para un fin práctico, solo buscaban hacer notar su superioridad numérica, en fin, gustaban hacerme caer en la condición de tonto, ridículo, menor. Soltaban papeles arrugados en mi espalda cuando merendaba apaciblemente en mi carpeta, yo volteaba a ver qué sucedía y ellos estallaban en risas. La misma historia todos los recreos, pusilánime no era, pero en ese caso no sabía a quién responderle. En medio de ese sarpullido de risas no se me imaginaba nada que pudiera hacer pero ‘ganas no me faltaban’ de romperles el cuello, no crean, todo se quedaba en deseos etéreos. Recuerdo esto de niño porque estoy en ‘el tormentoso tráfico de Lima’. Recuerdo esto porque sea auto particular o transporte público el nivel de impotencia ha llegado a un extremo insuperable. Miles de autos y ninguna planificación. La ciudad ha crecido pero los que se encargan del ordenamiento territorial han sufrido una involución post-moderna. Recuerdo esto de niño porque este problema que nos perjudica a miles son como muchachotes imbéciles que te golpean y no sabes de quién es la responsabilidad: el alcalde del lugar que te rompe las calles a puertas de las elecciones municipales, el alcalde de toda Lima que tiene la ambición equiparable a su negligencia y corrupción, hasta volteo a ver y entre las risas estruendosas encuentro a una candidata a la alcaldía que en su profesión favorecía la importación chatarra de autos usados, que desgracia, volteo a ver y todos se ríen pero no hay ningún responsable. Quizá, romperles el cuello sea la única vía.
jueves, 25 de septiembre de 2008
Consideraciones

El fin de este blog es compartir con nosotros mismos (es decir todos los que tienen la oportunidad de visitar este sitio) nuestras propias vivencias y sacar algún provecho de ellas. Cuando empiezas escribir en tu respectiva bitácora personal encuentras momentos en las que piensas que estás siendo demasiado indiscreto contigo mismo, que estás soltando mucha soga, que estas hablando de cuestiones intímamente personales y que no sabes cuál será el impacto en el futuro de aquellas confesiones. Esta muy bien que el escribir represente para muchos un fin lúdico y de entretenimiento para sus lectores; pero muchos, a los que conozco virtualmente, escriben porque sienten que al escribir van dejando atrás esas presiones, que se van quitando de encima un gran peso, que están desechando una carga sentimental, o están escribiendo un recuerdo muy bonito y peculiar. Esa motivación catárquica es la que conlleva a que muchos escribamos sin pensar en cuáles serán las consecuencias, sólo con el afán de entregarnos en un pedazo de papel o una pantalla de colores, las cuáles, más tarde, podremos verlas como personas sentadas desde la butaca de un cine, o como una persona que lee un libro de un autor desconocido. No obstante, muchas veces hemos sentido de que hubieron cosas que no debimos escribir, porque los escribimos en momentos volubles, o porque estábamos equivocados en esos momentos. Eso es parte de la vida. Cuestionarnos las decisiones es algo que sucede a menudo, y no hay porqué sentirse mal por eso. Escribir es muy bello en el sentido de que puedes hacer las cosas muy entretenidas, personales o juiciosas; pero en cada una de ellas, por más inventiva y/o alucinación que tengamos, vamos dejando huellas de nuestras experiencias y más íntimos deseos y frustraciones. Es por eso que escribí sobre el "cobrador de combi": por lo hablado hasta el momento. Así que agradezco sus recomendaciones, pero este no es un blog personal (en el fondo lo es, como todo lo que escribimos) como para odiarme o entenderme a mí. La intención del blog es agarrar una idea y hacerle girar sobre ella una serie de contextos que involucren una temática de la qué hablar. Por lo tanto muchas gracias por sus comentarios, resultó muy gracioso involucrarme con ustedes de esa manera.
Por lo dicho, escriban sus sugerencias al blog, acerca de lo que ven, oyen o hacen, y si tanto es el roche, prometo seguir con la "primera persona". Compartir para mí es primordial en estos medios de comunicación que se difunden con velocidad de gacela, y por eso agradezco a dos amigas blogeras que hayan compartido conmigo un "meme". En este caso me autoexcluyo de las cuestiones personales, pero sí quisiera compartir los obsequios hechos por Milagros y Mapo. Gracias a ustedes.
- Es que Santa no soy!: Milagritos del Cielo, no hay necesidad de agregar incisos a su vida, todo está relatado con absoluta gracia y libertad.
- De Carteras y otras Nueces: Mapo, es una blogger vivaz y entendida. Madre, y eso la hace superior a cualquier otra mujer; tiene el amor natural que fluye en cada escrito que nos entrega.
A golpe de bala, he decidido compartir con ustedes 5 blogs de los más condimentados y extravagantemente buenos, que siempre los leo y visito. Estos son los blogs que, por su contenido y esfuerzo, considero como los más destacados.
Por lo dicho, escriban sus sugerencias al blog, acerca de lo que ven, oyen o hacen, y si tanto es el roche, prometo seguir con la "primera persona". Compartir para mí es primordial en estos medios de comunicación que se difunden con velocidad de gacela, y por eso agradezco a dos amigas blogeras que hayan compartido conmigo un "meme". En este caso me autoexcluyo de las cuestiones personales, pero sí quisiera compartir los obsequios hechos por Milagros y Mapo. Gracias a ustedes.
- Es que Santa no soy!: Milagritos del Cielo, no hay necesidad de agregar incisos a su vida, todo está relatado con absoluta gracia y libertad.
- De Carteras y otras Nueces: Mapo, es una blogger vivaz y entendida. Madre, y eso la hace superior a cualquier otra mujer; tiene el amor natural que fluye en cada escrito que nos entrega.
A golpe de bala, he decidido compartir con ustedes 5 blogs de los más condimentados y extravagantemente buenos, que siempre los leo y visito. Estos son los blogs que, por su contenido y esfuerzo, considero como los más destacados.
http://xtiancs.blogspot.com/ Christian Chininin (Lima - Perú)
http://dondestaspaz-soleil.blogspot.com/ Soleil (Miami - USA)
http://miplumadecristal.blogspot.com/ María (España)
http://reflejoinquieto.blogspot.com/ Chio (Lima - Perú)
http://psimago.blogspot.com/ Patricia (Indonesia)
Gracias a ustedes por compartir en Oreja Azul y hasta la próxima visita.
martes, 9 de septiembre de 2008
Cómo leer una historia

El hombre es novelero en su actividad y rutina diaria. Nos jala la idea del bien o malestar del otro. Un afán por comprender la naturaleza del hombre en todas sus dimensiones, de las que escapan a nuestra personalidad y a nuestras circunstancias. Sonreímos cuando vemos jugar a un niño con su padre. Lloramos por una escena de ternura en la televisión. Ovalamos las cejas cuando vemos a una pareja besándose con tal amor y precisión que el mundo enmudece. Gozamos de una buena historia y nos intriga las causas y sus consecuencias. Nos excitamos de imaginarnos a los personajes en los preludios de un encuentro sexual. Nos sonrojamos por la idea de estar viendo nuestras vidas contadas por otros y retratadas sin pudor en cuestión de segundos como un balazo fulminante.
Buscamos incesantemente historias que nos enseñen, que nos involucren, pero sobretodo que nos entretengan y que nos hagan parte de él; que nos confundan en la maraña de paisajes y acciones con las que va transcurriendo la vida. Reímos y sufrimos con los desmanes de uno y otro personaje, y en cada escena nos vemos reflejados como un personaje principal o secundaria, qué importa, la cuestión es que estamos presentes en todo lo que percibimos y la convertimos en otra historia: una historia personal de la que todo se habla pero nada se entiende, de lo que todo se dice pero que nada sacamos, de la que recordamos con precisión pero olvidamos con facilidad; lo hacemos nuestro y lo reconfiguramos. La historia, contada con la intención del autor, deja de ser eso y se convierte en nuestra historia percibida como lo que nuestra consciencia decida hacerlo cambiar. Nuestra consciencia aparta la lejanía del autor y se aloja en el generador de sentimientos transformando la historia como mi historia, en el que soy partícipe e influyente de todas maneras.
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