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miércoles, 20 de julio de 2011

El Bohemio


Extrañaba darme un buen baño. Me costó mucho trabajo deshacerme de la ropa que llevaba puesto, sobretodo de las botas llenas de fango y excremento. Cuando por fin estuve desnudo abrí la ducha esperando caer el chorro de agua fría y salvaje. Una lluvia fina de agua blanca cubrió mi cuerpo como una sábana inexorable. El piso de la ducha comenzó a pintarse de un negro rojizo. En el medio de mi torso la sangre se había secado con los vellos y mis dedos se enmarañaban cuando trataba de cubrir esa zona del cuerpo selváticamente enlodado. Dejé caer el agua por un momento indefinido para que el líquido refregara los pedazos de barro que contenía mi oblonga humanidad. Ella vino a mí, cosa que nunca suele suceder, se puso histérica, no sé cómo me pudo reconocer, al principio me negué, salí huyendo del local, pero en menos de un pestañeo, dos hombres estaban ahí para partirme la cara. Rosita, la mujer que sirve el licor en El Bohemio, se inquietó. Uno me cogió del brazo y me empujó sobre la orinada puerta del local; antes de caer, me lo llevé al piso conmigo. Comenzó a golpearme diciéndome que no me meta con su novia. Un lío de faldas y braguetas, pensé. Lo agarré de la camisa y no lo solté para que no se separara de mi cuerpo y no tuviera espacio para embadurnarme de puñetes. ¡Qué carajo tienes, estas equivocado!, le dije y en el momento menos pensado mi pierna le alcanzó el pecho y lo hizo revolcarse a un costado mío. Para mi mala suerte el otro tipo me sorprendió con una patada en el maldito estómago. Que me golpearan por haber violado a su novia, a su hermana o a su mamá lo podía aguantar, pero ese golpe en mi estómago lleno de botellas de cervezas, a esa hora de la noche, aceleró mis procesos vomitivos; acabé desparramado en medio de la calle desangrándome de sustancias por la boca. Me dejaron terminar y uno de ellos, el que tenía cara de asno, el de la patada artera, me agarró de la camisa floreada de los viernes en El Bohemio, y me levantó como un trapo de litera. Me subió a una camioneta. Escuché a Rosita quejarse que me dejaran.

Me sentía el hombre más borracho, aunque recién eran las dos de la madrugada. Uno de ellos me tenía abrazado del cuello, sentí un calor paternal en sus brazos, pero lo que hacía era mantenerme resguardado si es que pretendía hacer algo. Para ponerlo a prueba alcé la mano derecha. Y de inmediato mis dos manos estaban aferradas a su brazo de leñador antiguo suplicando que deje de asfixiarme. No te muevas idiota, me dijo. Todo era oscuro. El carro hizo una parada y escuché que se abrieron las puertas delanteras. La voz de una mujer parecía discutir con la de un hombre. Alguien abrió una puerta trasera y me jalaron desde ese lado hacia afuera: la humedad del suelo y las hierbas me hicieron pensar que estaba cerca al río, pero mis instintos de detective se esfumaron cuando recibí un puntapié en el culo. Reconocí al hombre cara de asno delante de mí. Mierda, que les pasa, me van a matar a golpes, les dije. La mujer me miró a los ojos con odio. Este es el maldito que me violó, dijo la mujer que no lograba reconocerla, tenía los ojos orientales y la piel muy delgada, exangüe, aunque llevaba consigo una falda corta que instigaba lujuria. Oigan, les dije dirigiéndome a los varones, no había porqué hacer caso a la mujer, después de todo los hombres tenemos mejor poder de negociación y en casos como estos donde ha habido confusiones propias del alcohol lo mejor era compensarlo con algún favor. Pero creo que sabían que peores palizas me habían dado por no pagar cuentas que por otra cosa, por lo que se rieron con ironía. Me levanté, era una noche más oscura que el drama que vivía en ese momento pero sabía que iba a salir de esta, hice el esfuerzo de arquearme y comencé a graficar una escena de regurgitaciones. El tipo que parecía ser el novio o el proxeneta o el hijo negado o el asesino por comida, puso en mi culo un metal de forma de pistola. Tú la violaste, ahora te violamos nosotros, así de fácil, me dijo. Fue un momento en el que comprendí que la cosa iba en serio, nunca antes hasta ese momento mis cojones se habían encogido de miedo, me sentía realmente jodido y sin salida, sustenté que me encontraba en la posibilidad de que me violen y me maten al mismo tiempo de un disparo de fulminación escatológica y humillante. No voy a decir esa estúpida y cursi idea de que toda mi vida pasó por un segundo, sino que se me vinieron a la mente todas las mujeres con las que me había acostado, o mejor dicho a las que había obligado acostarme, y a fin de cuentas, pensé, que esa había sido mi vida, entre mujeres y sexo, nada más simple y vacuo que eso, y entonces fue que me dije que era un estúpido y un cursi y merecía morir por nunca encontrar mejor motivación que lo carnal.

Desperté del sueño efímero porque escuché los gritos de Rosita y unos más de alguna gente que habían venido a salvarme, aunque ahora pienso si realmente vinieron a salvarme o a cerciorarse de que, ahora sí, me habían dado de baja en este mundo. Fueron unos segundos vitales, de adrenalina extrema, en la que volteé violentamente y le exprimí un ojo de un puñetazo al cobarde reprimido que me apuntaba con el arma mi espacio más sagrado. Salí corriendo en dirección opuesta a la gente, ahora sé que hice mal. La mujer de ojos chinos gritó una lisura y corrió tras de mí, pero escuché que se tropezó en la oscuridad y otra lisura se ahogó en lamentos. El tipo con cara de asno, brazos de boxeador y piernas de futbolista corrió tras de mí pero cuando volteé a ver si me alcanzaba era tan torpe y lento que casi me río pero me contuve. Tropecé con algo y sentí un vacío en el espacio hasta que por fin di con el suelo. Todo mi cuerpo cayó sobre mi brazo izquierdo y algo sonó como una madera rota. Mi hueso, pensé. Solo sentí un silencioso dolor y una anestesia de todo el lado izquierdo de mi torso. Alguien llegó hasta donde estaba y me gritó: ¡hijo de puta! Todos nos vendemos en este mundo putañero, pensé contestarle pero me contuve. Como tenía todo un lado anestesiado me levanté del otro, llegué al borde de un pequeño acantilado y pensé si en lanzarme o seguir la rivera del río hasta el puente y escabullirme por algún recodo, pero nuevamente me sorprendió el pensamiento con un disparo que me rozó la costilla y me lanzó al vacío. Rodé como una bolsa de basura más, entre latas y ratas, cajones y condones, bateas y botellas, hasta que por fin quedé tieso a un lado del río, entre toda la mierda de la ciudad. ¿Este es mi lugar?, me pregunté. Seguro todos me daban por muerto. Tenía un brazo roto y un raspón de bala a media barriga, estaba exhausto y solo quería cerrar los ojos. Me dejé dormir y desperté en la mañana solo cuando alguien arrojó una bolsa de basura, restos del fin de una jornada de cantina. Me logré movilizar un poco y paulatinamente me pude poner de pie.

El agua había terminado de enjuagarme. Cogí la toalla de Rosita y salí del baño. Cuando salí ella me esperaba en la mesa con un plato de huevos fritos y yuca. Me sentí tan ridículo. Me ofreció unas ropas que colgaban en una silla. Le agradecí con una sonrisa tímida. Luego iremos a la posta a ver tu brazo, me dijo con una voz que no admite dudas y más bien se acerca a lo materno. Claro, le dije. Alguien tocó la puerta. Tengo que salir un rato, quédate acá, vengo en un ratito, me dijo. Gracias otra vez Rosita, le dije. Y salió y yo me quedé desnudo en la cama, con un brazo colgando como un saco al hombro, inútil, desvalido, huérfano, viendo desde la ventana a la mujer que todas las noches me acompaña sirviendo el licor.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Lides matrimoniales


ESTABA un poco asqueado con los animales ese día. No faltaba más. Era de noche y en la televisión Bertha veía un programa de guepardos, animales gráciles y elegantes. Ella estaba tendida en la cama pereceando antes de dormir. Yo adoro estos momentos. Me eché a su lado y le acaricié la cabeza. En ese momento de pura ternura mi mirada encontró algo extraño que estaba depositado en la mesa de noche. «Qué cosa tan rara es eso», dije en voz baja. Bertha, que siempre se pone histérica con las cosas extrañas como bichos o cosas gelatinosas saltó de un brinco encima de la cama. « ¡Qué es eso!» gritó, casi saltando sobre la cama. En la mesa de noche, al costado del reloj despertador, una suerte de gusano enrollado, rugoso y verde reposaba inerte como esperando dar un salto. Qué cosa tan deforme e inextricable. A medida que acercaba mi vista, podía distinguir manchas blancas y ojos deformes. « ¿Qué puede ser? No recuerdo haber comido algo y dejado las sobras por aquí», dije casi descubriendo qué es. Y recordé y lo expliqué de la siguiente manera: «Creo que la paloma de la mañana nos dejó un fax por aquí». Bertha se rió pero el gesto de asco no se le quitó del rostro fácilmente. Enviar un fax, en la jerga peruana, significaba defecar, no sé cómo se instaló en el habla popular pero creo que era una metáfora de la forma patética como un presidente renunció desde otro país. Le conté a Bertha, en clave de explicación policial, que en la mañana uno de los dos dejó la ventana abierta y una husmeadora paloma había ingresado al cuarto, por casualidad o quizá por una suerte de voyerismo animal. Cuando llegué en la tarde, la encontré encima del televisor y la espanté, pero la muy lerda en vez de salir por la ventana brincó hacia el otro lado de la ventana lo cual me causó mucha mayor dificultad; además en el proceso de deportación la muy inoportuna y desfachatada  ave había dejado pedazos de caca por todos lados. Finalmente se salió por la ventana, pero dejó pedazos de excremento por todo el piso. «Con lo que detesto las cagadas de terceros; por eso renuncié a seguir trabajando para un gerente del Banco Central, estaba cansado de limpiar sus cagadas; por eso detesto tanto los gobiernos de Fujimori, Toledo y García, por dejar tan evidente sus excrementos», pensé, renegando de mi destino, de tener que limpiar tanta inmundicia. Limpié los recuerdos que nos dejó la paloma o eso creí.

Bertha bajó a preparar algo para tomar antes de dormir. Yo agarré el pedacito de caca y lo levanté con un pedazo de papel, le había dado el sol y estaba seco, lo cual facilitó el desalojo. Los recuerdos que nos había dejado la paloma nos dejó la sensación de escozor y suciedad. Bertha trajo un mate para los dos y luego de acordar que el sábado íbamos a comprar el aire acondicionado apagamos la televisión y las luces. Bertha se acomodó a mirar el techo y yo me volteé bocabajo mirando su hombro. Estaba quedando dormido cuando un sonido perturbador nos agitó los oídos. «Al parecer tenemos otro intruso esta noche», pensé en voz alta, «¿Entenderán que sólo queremos dormir?» le dije a Bertha. Al parecer eran unos gatos amantes que habían saltado por el tragaluz y, me imaginé, estarían en el patio copulando, llenado la casa de gritos orgásmicos. «A alguien le gusta los gatos, yo ya me encargué de los bonitos recuerdos de la paloma» le dije a Bertha. A mí no me gustan los gatos, siempre están tan altaneros, repanchingados en cualquier lugar pensando donde tener un estruendoso orgasmo, pareciera que siempre lo están planeando estos bólidos sexuales, cómo gritan. «Hazlo amor, descarga tu ira contra tus enemigos de toda la vida» me dijo Bertha con una mirada de suplicio adormecimiento. La miré. Me miró. Implícitamente yo tenía la responsabilidad de evacuar de la casa a cualquier invasor, por ser hombre, me imagino. Bertha con absoluta facundia me dijo después de mirarla por cuarta vez con un gesto indecible: «La batalla contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo». Quién le mandó a Napoleón a decir semejante babosada sobre las lides matrimoniales. «Bueno, a poner orden en la casa» me dije, resignado. Mientras bajaba por las escaleras pensé en lo que dice Nietzsche acerca de la condición de las mujeres: «El hombre quiere que la mujer sea pacífica; pero en realidad es esencialmente belicosa, como el gato».

martes, 15 de marzo de 2011

La mujer del amigo


«DÉJAME darle una pitada a tu cigarro», estiré mi brazo y Pablo me cedió el cigarro con una sonrisa amable en el rostro. «Quiero sentir como el veneno ingresa por mi cuerpo», lo dije con una sonrisa placentera; aspiré hasta sentir mi cuerpo lleno de humo. «Mis hijos pensarán que soy un poco egoísta con ellos por ese chisme que dice de la perdida de algunos minutos de tu vida por cada cigarro que fumas, pero, la verdad, esto lo hago porque sé que si no me muero de cáncer me moriré en algún rincón de la carretera», lo dije sosteniendo ese elemento etéreo en mi interior. «Quizá este sea el último cigarro que fumo, quizá sea esta la última vez que me ven brindando con ustedes con una copa de coñac», les comenté a Pablo y Ana que se veían muy intrigados desde sus asientos. «Qué trágico, la muerte o la vida no admite dudas ni predisposiciones, apuesto a que esta no es la última vez que nos tomamos una copa de algo» me dijo Pablo, quitando, como siempre, el tono intrigante de mi voz. «Así es, quería que tus palabras firmaran este hecho. El hecho de que siempre serás un hombre solitario dispuesto a charlar aunque te cases con la mujer más complaciente del mundo», le dije a Pablo que continuó fumando un cigarrillo, mirando a la noche, sentado al costado de su mujer, Ana, que miraba la luna con inquietante exquisitez. Frecuentemente encargamos nuestros mejores amigos a alguna mujer, algunas veces terminan haciendo mejor nuestro trabajo.

martes, 8 de junio de 2010

Ayudado por el corazón


HAY POCAS cosas que tengo que contarles ciertas. Una de esas es que no escribo de pura flojera, el ordenador está desordenado y mi mente sino exprimida está satisfecha. Y si escribo hoy es exclusivamente para los que le llega estas lecturas a sus correos con rapidez famélica. No sé por qué los escogí, no sé si quieran leerlo, no sé si llegarán a abrir el correo, no sé si terminarán de leerlo, no sé absolutamente nada de lo que ocurre tras sus computadores. Porque escribo aquí mensajes cortos, ideas fugaces, revanchas viscerales, abluciones entre comillas, sencillas razones de que mi inconformismo hacia la realidad es arribistamente ayudada por la inmediatez de este medio como el Internet.

Y, vamos, he escrito sobre hombres que mueren en la oquedad de una noche en un exceso de machismo, he escrito sobre mujeres que se rinden al placer de unos labios viriles, he escrito sobre señoras que no están en el rango físico atribuible a mujeres de pasados los cuarenta, pero que por su silueta compiten por las miradas de los más jóvenes e inexpertos, he escrito sobre la promiscuidad en la selva y sobre muchachas con problemas mentales que te ponen las tetas en la cabeza cuando viajas en el bus.

He escrito sobre todo esto siguiendo la tendencia, me imagino, de escribir raramente lo que pienso, y más bien escribir lo que pienso que otras personas piensan que yo pienso. No obstante, hoy me permito sublevarme de este vicio delicioso y decirles algo tan íntimo como que estoy muy enamorado. Este estado, de por sí inmensurable, para algunos podría decirse prematuro, aunque lleven mucho tiempo sustentando este hecho, sin embargo hay hechos concretos los que inauguran un estado que científicamente no se tiene idea de lo que es. Y eso ha pasado conmigo en poco más de un año con la persona que más amo en esta vida. Ella ha socavado mis rutinas como una hermosa mariposa que cada tanto va jugando a crear vida a través de un hecho involuntario como es el simple hecho de volar. Desde hace algún tiempo, no sé cuándo, he adquirido esta rutina mágica que constituye un hecho inequívoco de que el amor tiene que ver más con el inconsciente que con el estar despierto: Luego de vestir mi cuerpo y abrigarlo por pura necesidad, encajo en mi dedo anular un aro que simboliza mi compromiso hacia nuestro amor, y si se quiere ser más estricto, un compromiso de un compromiso futuro. Esa es la explicación, mas o menos cierta, de la curiosidad que suscita un dedo con un pícaro resplandor. Quizá sea este el motivo que no escriba con frecuencia. Como dice Sabina, la felicidad no se escribe, se vive, y mientas uno tenga sosiego doméstico las letras estan a la espera de sentir el fuego de la inconformidad que muchos tenemos contenida y que otros disfrutamos su ausencia.

miércoles, 31 de marzo de 2010

La sorpresa


Rebeca estaba en el cuarto de Sofía asegurándose que no se olvide nada. Ella, con la rebeldía que suele asociarse a las jovencitas de estos tiempos la obedecía a regañadientes. Alan, el característico padre dominante, les exigía prisa sin poner en razonamiento otra cosa. Es la primera vez, desde que nació Enrique, que viajaban a un lugar fuera de la ciudad. Enrique, el sensible y cándido Quique, ya estaba en el auto aguardando a los demás. Tenía el iPod colgado de las orejas, parecía bastante relajado. Alan subió al carro y arengó intempestivamente a su hijo: «Vamos, hijo, cuéntame algo –sin esperar respuesta y atropelladamente siguió-, ¿Ya tienes chica? ¿Seguro que vas bien en los estudios, no? –Y se dijo a sí mismo- Bueno, nunca has traído bajas calificaciones, pero ya tendremos tiempo de hablar en el viaje». Enrique lo miró y le sonrió débilmente. Alan se bajó del auto hablando altamente por el teléfono, lanzó un grito al interior de la casa y se introdujo en el baño.

Llegaron al hotel a las 7 de la noche. La familia desempacó sus cosas y luego de asearse fueron a cenar algo. «Necesito presentar un balance el lunes a primera hora, creo que tendremos que recortar el viaje» acometió Alan con el vaso de gaseosa en las manos. La calvicie lo hacía ver como un hombre cómico. Enrique lo imaginaba pintado la cara de payaso y sumamente sobresaltado en medio del tráfico. A menudo Alan se metía en discusiones baldías con otros conductores cuando el tráfico se ponía tenso y los ánimos poco pertinentes. Eran discusiones arrebatadas, provocativas pero calculadoras. Alan manejaba bien en qué momento podía lanzar una ofensa y retirarse audazmente; se sentía victorioso. Luego de la cena Rebeca salió a caminar con Sofía por el malecón. Alan, extenuado, se echó a dormir y Enrique sacó un libro.

Al día siguiente, cuando regresaron de visitar el zoológico de esa ciudad, Sofía decidió salir a caminar. Alan dijo que es intolerable que habiendo tres miembros más de la familia camine sola. Rebeca lo llamó a un lado con un fino tacto y le dijo que la deje ir sola, no tenía nada de peligroso ni de malo. Alan le quedó mirando aún sin entender y minimizó tal escena repanchigándose en el sillón, exhausto. «Gordo –como Rebeca suele decirle a Alan de cariño aunque ni es gordo, sino chato y panzón-, no olvides que en la noche vamos a ir a ver un concierto de música clásica contemporánea en el auditorio de la universidad» le dijo Rebeca en un tono suave y conciliador. Alan asintió con la cabeza pero no indagó más como si conociera perfectamente las razones por las que iban a ese evento.

En la noche, horas antes del concierto y cuando sólo estaban Alan y Rebeca, ella le habló de un asunto importante. Le dijo, ante la mirada atónita de Alan, que Sofía, su hija, tenía enamorado y que el muchacho iba a viajar a la ciudad sólo para verla esa noche y que sería la oportunidad para que ambos lo conocieran. Alan sintió una conmoción porque fue algo que no se esperaba y que aún lo veía muy lejano. Le pareció muy buena la idea, se alegró de su hija, pero el tiempo no le permitió pensar más allá: esa noche tendría otra sorpresa aparte de esa. Ya sentados todos en una misma fila, la línea familiar descansaba sobre un momento muy apacible, de calma y buen humor evidente. Sofía estaba de la mano de su enamorado a un extremo de su mamá y Alan conversaba con Enrique de un tema tan trivial como el color de las luces del escenario. En los ojos de Enrique había un fulgor de alegría. Iniciado el intermedio, Enrique dijo ir al baño pero tardó en regresar. Cuando Alan comenzaba a extrañar la tímida sonrisa de su hijo a su lado, Rebeca le decía que el concierto iba a reiniciar. En el momento en que Alan miró al escenario, vio a su hijo sentado en el piano tocando una melodía dulce que se combinaba perfectamente con los violines. Alan, con los ojos conmovidos y llenos de una extraña alegría reflexionó en el hecho de que su papel de padre hasta entonces era remisible si en el futuro estas cosas dejaban de sorprenderlo. Fue una virtuosa lección.


CAMINO AL PUEBLO SIN NOMBRE
© Todos los derechos reservados

jueves, 25 de marzo de 2010

La sociedad*


El largo y descolorido Renato le gana el espacio, lo intercepta y lo obliga a cambiar de vereda. Sin hacer del asunto una ofensa Efraín cruza la calle y se coloca al frente del consultorio dental. Un hombre grande y bien vestido asoma el umbral del edificio. Renato se lanza a la pista como un caimán y cruza la calle con avidez. Negro codicioso, piensa Efraín. Renato es un muchacho pendenciero, artero, abusivo y rapaz, tiene el rostro como el de un pericote flaco y las piernas tan largas como la de un avestruz. Antes que él cruce la calle Efraín se apresura en dirigirse al señor. «Señor, ¿le lustro los zapatos?» le desliza la pregunta con un tono de candidez y diligencia. Renato se va haciendo una mueca grotesca al ver a Efraín llegando primero al señor. El hombre acepta que Efraín haga su trabajo y mientras éste obra impetuosamente por el brillo de los zapatos él está impaciente por una llamada que ingrese a su teléfono. «Tenga cuidado, señor, no le vayan a robar el teléfono» le advierte Efraín. «No te preocupes amiguito, eso no va a suceder» le responde agradablemente el hombre y sigue ansioso en su asunto. Finalmente presiona unos botones, pone el teléfono en el oído y se enfrasca en su conversación. Una vez terminado Efraín, el hombre le alcanza unas monedas y le agradece con un movimiento de cabeza y una pequeña sonrisa. Efraín se levanta, pone el dinero en su bolsillo y alza la mirada como buscando algo o alguien. El sol allá arriba ha dejado pocos espacios para la sombra, entonces uno se busca un sitio debajo de las grandes extremidades de esos edificios ciclópeos. Al otro lado un hombre le hace señas con los brazos a Efraín como pidiendo auxilio de un naufragio. Su nombre es Sixto, amigo de Efraín, y lo llama porque son parte de una sociedad. «Hola Efraín, hoy sí que has venido temprano» le dice Sixto con ese tono chillón que lo asemeja a un cantante de los Bee Gees. Se dan un palmetazo en el brazo y resuelven en comenzar el trabajo. Se colocan en el parqueo del Edificio Central y alistan sus herramientas. Sixto se encarga de dar una enjuagada rápida a los autos que se estacionan ahí y Efraín lustra los zapatos de quiénes esperan afuera del edificio, trabajan en conjunto. Su asociación nace de la premisa de que siempre hay señores que llegan en su auto y aunque no se ensucian mucho los zapatos, lo quieren de un aspecto impecable. Sixto es mucho mayor que Efraín. Tiene el aspecto de un niño pero la barba enraizada y su rostro extenuado evidencian algunos años bien facturados. Como es grande y de un aspecto recio lo protege a Efraín de alimañas como Renato. Por su parte, Efraín le ayuda a que no le engañen con las monedas falsas; como es poco observador siempre le están canjeando monedas fraudulentas. No se sabe exactamente dónde vive Sixto. Por sus problemas que tiene raras veces entiende lo que uno le pregunta. Tardó un día en entender la proposición de trabajar al lado de Efraín. Luego entendió que Efraín no era como los otros muchachos de la calle y lo dejó que administrara su dinero. Efraín vive en un barrio pobre junto a su madre y sus otros hermanos. Cuando llega a su casa se pregunta si Sixto ya habrá llegado a la suya.

El día anterior Efraín se encontraba muy nervioso, no sabía exactamente qué sentía, era una mezcla de ansiedad y tristeza. De estas sensaciones, el primero creía venir del futuro y el segundo de un extraño y vago presentimiento que las cosas no serían iguales. Ese día cuando se despidieron, Sixto abrazó a Efraín fuertemente y alcanzó a decirle unas palabras que lo estremecieron: «Cuídate mucho». Mientras Efraín se dirigía a su casa en el bus pensaba en que quizá ya no lo volvería a ver, en que, como es normal y en algún momento tiene que suceder, sus destinos harían un viraje y cuando se volviesen a ver, si es que esto sucedía, no se sabe si serían los mismos.

* Parte del libro de relatos "Camino al pueblo sin nombre".

viernes, 13 de noviembre de 2009

Qüendy


ESTA es una nota tan aparte como personal.

El día de hoy llegó a mi buzón del correo electrónico el mensaje de una amiga muy especial. Sus palabras, de mucha consideración y estima, son de una mujer muy distinta y envalentonada como es su costumbre. Hace pocos días nos vimos y la noticia, repentinamente dicha, era que estaba en la dulce espera. Yo no sé si sea dulce, al menos mi madre no lo consideraba así, pero de que es grandiosa y única esa etapa en la vida de una mujer –su primer hijo al mundo–, no cabe la menor duda. Ese día tuvimos una gran cena en una conocida cadena de pollerías. Lo magnífico de esa noche no fue haberme hecho de ese banquete de carnes y olores, sino el compartir con una persona que tiene la virtud de ser suelta y alegre. Es esa soltura la que le hace pensar en las cosas de la forma más clara y sin tanto problema, lo que hace que uno reconozca su elasticidad, su laxitud, su apacible ser entre hippie y emo, y se sienta tranquilo y de buen ánimo de sólo verla. Y, además, es esa alegría lo que hace que, producto de lo primero, ésta sea percibida como algo espontáneo que da y no espera que uno también se la de. Esa gracia de reír, vacilarnos, jugar, recordar, es algo que siempre lo haremos en la distancia o por el teléfono, en la soledad de nuestra habitación o en la compañía de nuestra familia, porque la pileta de la amistad podrá estar estancada pero nunca seca. Ahora, la naturaleza, sabia y traicionera, ha bendecido sus entrañas con un nuevo ser que espera salir y ver en sus ojos a una madre dispuesta a todo por amarlo y heredarle el mejor de los ánimos.

¡Felicidades!

jueves, 29 de octubre de 2009

Hasta que me orinen los perros*


Encontrar un tipo zampadazo en la calle. Subirlo al taxi. Hacerle dar vueltas hasta que quede dormido. Si es recio para dormir aplicarle cloroformo. Desvalijarle prudentemente. Venderlo en un hueco de ladrones para que terminen el cuento. Cobrar tu comisión y seguir con la búsqueda. Gran negocio ser proveedor de borrachos.

Antes, el vaso era una extensión de mis dedos. Creía ser sensato al beber, al comienzo, pero al discurrir por mis manos, pasadas las 3 de la mañana, litros y, quizá, hectolitros de alcohol me dejaba llevar por un río imaginario hasta donde, finalmente, desembocara. La excusa absurda era que estaba en la casa de un amigo, pero la realidad es que cuando uno está hasta el trapo (que es como se dice a una persona cuando se tambalea de un lado a otro sin saber a dónde va) no sabes quién es tu amigo, o siendo más exacto, todos son tus amigos, hasta el taxista ese, que te sonríe brillosamente desde un taxi sin placa y con las lunas rotas. Además a esa hora y en esa condición me creía el hombre más fuerte y temerario de la noche, capaz de zarandear a cualquiera, de amedrentar y resoplar hasta al más bravo de los cobardes. En esas fraudulentas circunstancias, alguna vez, sin saberlo, claro, al menos guiado, al inicio, con la desconfianza innata de un limeño, me sentaba en un taxi saliendo de la avenida Túpac Amaru, hablaba algo con el chofer, como haciéndole saber que no estoy ebrio y que no tengo intenciones de dormir, y luego sin saber cómo, ni dónde, ni cuándo, descansaba, a baba viva, en el asiento colindante al individuo al volante, totalmente vulnerable a la formación que haya tenido ese sujeto y cómo le haya tratado la vida. Me sentía seguro saber que el alcalde de Los Olivos había aumentado las patrullas y la seguridad ciudadana, pero al final de cuenta, era Los Olivos, hogar de desmanteladores de carros, ladrones discretos y adolescentes bellacos, y así mi cuerpo se relajaba en el cruce de la avenida Carlos Izaguirre con la Panamericana Norte. Pensar que estaba tan cerca de que el taxista virara al extremo infeliz, me golpearan, me calatearan y me tiraran a la calle para que me orinen los perros. Felizmente nunca me sucedió, aunque ingenuo fui, tanto como desmedido e idiota.

* “Hasta que me orinen los perros”. Fernando Ampuero.

jueves, 9 de abril de 2009

Historias en el bus

A los que estamos obligados por alguna razón del destino a meditar por algunas horas diarias en estos monstros metálicos siempre nos resultó turbador ver pasar algunas cosas sin saber que sucedió en realidad. Vivir un nuevo hogar con sus reglas y costumbres, un mini-mundo que responde beligerante y coqueto, espontáneo y astuto, eso es lo que responde al nombre de un bus. “Siempre que viajé en bus tuve la sensación de convivir con mi patria, más que en la universidad, más que en la calle, en un bus encuentro el alma de mi país” dice un estudiante. Una mujer de senos grandes y naranjas, un vendedor estrafalario y astuto, una anciana hermosamente amable, tres historias que tienen algo que mostrar de la vida en un bus, extraña y graciosa, a continuación:

Las tetas no asustadas
Un buen día cuando atardecía y el bus corría lentamente en el angosto pavimento gris como el reflejo del cielo limeño, tuve la sensación de sentir dos grandes y naranjas bolas encima de mí. Exaltado alcé la mirada y una mujer grande se encontraba parada encimo mío, con la mirada perdida en la ventana. Tenía el cabello castaño y largo, sus ojos como dos puntos verdes que se esquivaban, era grande y naranja, como lo repito, y tenía los brazos robustos cogidos a un lado de mi asiento y el de adelante; al costado suyo una señora la sujetaba del brazo derecho, la sujetaba fuerte, se podía ver sus dedos largos estrujándole la piel blanca, me pareció extraño, al principio. Luego pasaron a sentarse atrás mío. “Este es mi pelo” dijo la mujer cogiéndome la nuca. Giré la cabeza y la señora del costado se disculpó tímidamente. “¿Vamos a jugar al jardín?” preguntó la mujer pegando su cabeza a la ventana. Escuetamente la señora que la acompañaba le respondió que pronto lo harían. Íbamos cuesta abajo con gran velocidad, el motor roncaba firmemente sacudiendo el polvo del suelo, grandes cerros de arena seca se emergían a la izquierda, en su vientre algunas esteras mostazas daban gracia de algunos asentados hombres en ese lugar; al lado derecho, como un oasis, en contraste, una suerte de laguna rodeada de lujosas casas se veían como un sueño inalcanzable desde los cerros donde enrumbaba el bus. La mujer, y la señora que la acompañaba, se levantaron y caminaron por el pasillo engrasado rumbo a la puerta. Distraído yo, unos golpes blandos me dieron a la realidad, nuevamente: la mujer de naranja me miró indiferentemente, como quien mira un asiento más y siguió su camino. Sonreí un poco confundido, y me acurruqué nuevamente.

El vendedor esotérico
Las mañanas en el bus suelen ser aburridas, lentas y enfadadas. El tráfico en la capital hace envidiable un avión, un parapente, un globo aerostático, algo, en definitiva, que haga a uno sentirse inmune al pandemonio que tenemos que soportar todos los que viajamos en horas punta. Cuántas horas-hombres desperdiciadas en favor de un poco de votos al futuro, pero bueno, de política también se conversa en el bus con la apatía de quién habla de un mal necesario. Pero no solo lo relacionado a la actividad política hace que algunos se irriten con facilidad, los acostumbrados a hacer pleitos y novela en todos lados alzan su voz cuando consideran que se está engañando a la gente. Una mañana un vendedor de artesanías subió al bus: un hombre gordo y de voz áspera, locuaz y entretenido. En el fulgor de su muy buena presentación de sus artesanías alcanzó a referirse de la fuerza de algunas piedras ancestrales de poder inefable. “A su signo zodiacal le corresponde una piedra” vociferaba ante el silencio de la gente que lo miraba sentados. “Estas piedras tienen el secreto de…” y fue interrumpido por un grito lejano al fondo del bus: “¡mentiras! lo que hace este hombre es decir mentiras!!” se siguió escuchando pero no con la fuerza para parar al colombiano que de seguro lo escuchó pero ágilmente decidió ignorar y seguir como si no hubiese escuchado nada. “Esa gente sube a los carros a engañar a la gente, predicando la mentira, la vida fácil” seguía el hombre inubicable, sólo se escuchaba su voz a lo lejos, como si viniera de la calle. Al final el hombre colombiano vendió mucho, y la voz disidente se perdió como las horas que muchas pasamos en el bus.

Una anciana romántica
En otro tiempo, regresábamos de asistir a la celebración por el día del trabajador que organizó la empresa en un centro recreacional en Chosica. Habíamos salido temprano, agotados por el día increíblemente divertido que pasamos Sara y yo. Subimos en el primer carro que salía para Lima. El cobrador, con una camisa azul desabotonada y un papel extraño en el cuello de la camisa, nos dijo que habían asientos libres al fondo: “carro vacío, al fondo hay sitio, sube, sube, lleva, lleva” y ya estábamos dentro, con la cara de sabernos engañados y dos mochilas desordenadas colgando de mi espalda. Tanta era la pesadumbre que nos resignamos a avanzar al fondo, me pareció ver un asiento para Sara. En realidad, como había dicho el cobrador, habían dos asientos vacíos pero estos estaban separados: uno en la penúltima fila, a lado de la ventana y junto a una señora de 60 años; el otro, al fondo, casi en el extremo derecho del enorme asiento de 4 personas pero que entran 5, a veces. El espacio era justo para alguien de anatomía delgada, entre la feminidad y la esbeltez, o sea, no para mí, definitivamente. Sara le pidió permiso a la señora de 60 años, risueña, amable, con el cabello blanco y unos ojos que destilaban vida y alegría. Sara se sentó y me sujetó las cosas desde allí, sentada. Inmediatamente una voz arcillosa y suave se hizo llegar: “Siéntese joven” dijo la señora dirigiéndose a mí. Sobradamente extraño que una señora de avanzada edad ceda el asiento a un hombre grande y medianamente saludable como yo. “No, señora, no se preocupe, gracias, yo estoy bien aquí” le dije agradeciendo su extraño gesto. “Yo me siento atrás, usted siéntese aquí con su novia” agregó con su cara risueña, tranquila, suave, y sus ojos vivaces y dulces. “Gracias señora, es usted muy amable” respondí, sin saber que en primer lugar la situación era extraña, y más en un lugar dónde de la gente se espera más desconfianza que gestos amables como los de la señora. Y en segunda, que aceptar el asiento, era aceptar todo lo que me ofrecía la señora, es decir, aceptar que me sentase con mi ‘novia’. Sara no era mi novia, en definitiva, pero esa noche ambos nos dejamos caer una cabeza al otro, y dormirnos de esa manera hasta que llegamos a nuestro destino. Hermoso viaje.

jueves, 26 de marzo de 2009

Cartas desde la Luna


Pienso en la codicia de la ternura
cuando me miras desentendida;
pienso en bellos arreglos florales
cuando tu cabello cae en bucle;
pienso en repostería mágica
cuando veo enardecer tus labios cálidos;
pienso en cosas hermosas
y un tornado feroz en el estomago, se hace
cuando siento tus primeras letras.

Pienso en aquella noche
cuando temprano llegué sin tu invitación,
curiosamente para salir:
vestías un hermoso vestido de muselina
ceñido a tu cuerpo alegre y corsé;
miraban tus ojos castaños y perturbados,
como el espíritu de una jungla indómita;
tu cabello suelto y adueñado de una gracia
natural y sencilla, como pequeñas caídas de agua
que gozan de su independencia
girando en un torbellino fugaz.

Pienso en la fortuna
de acariciar esas mejillas frágiles y afelpadas;
de mirar de cerca esos labios rojos,
húmedos y graciosamente imperativos;
de presenciar el espectáculo
del arco simétrico de tu linda dentadura
cuando se convierte en una sincera sonrisa;
de pronunciar mentalmente
tu nombre angelical
cada vez que te siento cerca.

Pienso tanto que me lleno de alegría
al compartir de tus carcajadas y movimientos extraños
en las cumbiambas que me dejan sin fe,
pero feliz al fin,
al saber que estas bien.
Pienso en aquellas cosas
muy bien recordadas
en mis sueños de media noche,
cuando te abrazo
y me regalas una sonrisa,
como el retrato de tu inocencia,
de tu sabor fraternal y tu olor indeleble;
pienso todo esto y me lleva a pensar…
de que te extraño mucho.

viernes, 13 de marzo de 2009

El Estofado del hogar 'bonito'


UNA puerta grande nos da la bienvenida a Karina y a mí. Nuestros cuerpos fecundos, cansados de caminar y caminar en busca de algún cliente en esta ciudad tan grande y variopinta como lo es Lima, se inquietan pasadas las 12 del mediodía, hora en la que normalmente cualquier ser humano aprovecha el tiempo para hacerse del ritual primitivo y fascinante que es alimentarse. Nuestras sombras, inquietas y voraces, guiadas por el olor inconfundible de un Estofado recién guisado, se paralizan justo a la entrada de ese hogar, rústico y taciturno, justo cuando un hombre delgado y de pelo castaño hace aparición con el eco de su voz gutural y un amable ademán de cortesía. Ambos nos miramos aceptando implícitamente que es el lugar adecuado para aceptar el juego protocolar que nos hace sentir vacíos y luego llenos; ingresamos serenos y callados; el lugar, aireado y bien iluminado, no goza de lujosos muebles, modernas mesas, o cubiertos de plata, sino más bien se pinta de color amarillo tenue, amigable y conversador; nos sentamos uno al frente del otro y vemos la carta, donde de plato de fondo se presenta -él mismo- el Estofado que nos invitaba inicialmente a pasar con su olor singular a carne hervida, jugosa y desdeñosa como jugando con nuestras hambres impacientes y no dejándose ver, solo oler.

Un cuadro encima de la cabeza de Karina me deja inquieto: aunque pareciese silencioso, habla de un hombre impreciso frente a dos mujeres coloniales que se susurran al oído, cuchicheando, quizá la gallardía de aquél hombre, sus desperfectos anatómicos o sus muecas incorrectas; aquel, ciego de los murmullos de aquellas esbeltas mujeres de pomposas ropas y juegos sensuales, se abre paso entre la muchedumbre para soltarles alguna frase, quizá quede solo en el intento. De fondo suena una música sana y pequeña, que te acompaña a la distancia, mirando cada uno de tus actos, sintiendo tus gustos y disgustos, saboreando tu sonrisa y respirando tu compañía, se escucha a Paul McCartney melodioso como nunca, sobrio e impasible. Con Karina conversamos de aquello, de lo genial que puede resultar un lugar modesto, lo bello que puede ser comer bien acompañado, en un local no muy frecuentado, con toques caseros, simples y amigables. Una señora, nerviosa pero preocupada, aparece de la cocina pidiéndonos que esperemos un momento, que en un “ratito” salen los platos; nosotros no estamos impacientes, a pesar de la hora, nos servimos del refresco y seguimos charlando, la señora vuelve a sus labores, seguramente a seguir dando forma, con alguna pócima o extraño condimento, a ese Estofado que grita desde la cocina.

El cielo abierto por unas rejillas de madera hacen que por él se cuelen traviesos vientos que descienden presurosos y a la vez tímidos; la iluminación natural le dan un sabor a campo, cosa que lo hace más interesante aún. El hombre que nos dio la bienvenida se acerca y nos pone los cubiertos, no dice nada, ágilmente coloca los cubiertos, las servilletas, se preocupa en que nuestros vasos estén llenos de refresco y parte sin decir nada, con una sonrisa en los ojos, con los labios apretados. Entramos al festín con una causa, y nos despedimos con el extraordinario Estofado de carne, aquel que nos deja tranquilos, satisfechos y contentos, con la extraña sensación de querer volver, como se siente uno al final de la noche o cuando estas de viaje por un largo tiempo.

sábado, 7 de marzo de 2009

Y de repente, en la ventana


ERAN mediados de las vacaciones del 90; yo pasaba horas entretenido en la tina del baño: era un placer permanecer en el agua aun no sabiendo nadar -como volviendo a estar en el vientre materno- solo escuchando mi voz y estando fresco, sin conciencia del tiempo. Me encantaba llegar a ponerme arrugadito de tanto humedecer mi piel en la tina, por lo que siempre condicionaba bañarme sólo si era en la tina, tanto así que casi todas las veces que me bañaba lo hacía en la tina del baño, supuestamente solo -luego descubrí que mi mamá me espiaba cada tanto para saber que estaba bien y no me faltaba nada-. Esas vacaciones eternas de sol imperecedero y aire grácil que de cotidiano tenían sus días y sus noches, fueron interrumpidas una de esas noches con un hecho que me trastocó por varios días. El departamento donde vivíamos colindaba con el de Los Bernales, gente muy trabajadora que había montado su fábrica de bolsas en el primer piso del edificio. Se trataba de una pareja de esposos de mediana edad, como mis padres, y sus dos hijos. Uno, Goyito: por el ser el último y varoncito no era de extrañarse que hubiese sido el más engreído y atendido. Y la otra, Raquel: una señorita que siempre ignoré por poseer, ella, esa cualidad de pasar desapercibida durante las horas del día y de hacerse notar verdaderamente poco, pero con ese misterio intrigante que pocos saben manejar sin caer en la altanería y ridiculez.

En mis ratos libres y de sosiego mental no había otro pasatiempo que empelotarme con mis juguetes, repasar las tiras de video que mi hermano grababa para mí o, como era en ese momento, sumergirme en la tina de baño como un anfibio hasta quedar agotado y frío; sin embargo, aquella noche del sábado llegó a mi mente tal perturbación que pasado el tiempo solo pude recuperar la calma cuando conocí a una mujer de verdad. Nunca pensé que los ángeles llegaran tocando por la puerta de tu ventana, ni mucho menos, en minifalda y en maquillaje, pero esa noche alguien tocaba la ventana de la cocina con el rostro de suplicio y la mirada avergonzada; mis padres, seres eventualmente comprensibles, abrieron la ventana al reconocerla y comprender de que se trataba de Raquel, la señorita vecina, que entre el suplicio, la mirada cándida y la figura frágil, solo había un travieso deseo por salir a bailar con sus amigos. Aquella voz agitada y tenue, fina y variable, su mirada aún niña y sus frágiles brazos, no hicieron otra cosa que convencer a mis padres en un acto no mayor a 3 minutos de conversación, en la que ella bajó por la ventana de un brinco bello y elegante. Yo, sumergido en la tina de baño, desnudo, con un montón de muñecos de guerra regados por el piso, y con la puerta del baño abierta, pude observar esa escena que quedó grabada en mi mente como otras pocas de mi infancia. Enajenado, me encontraba, observando cada segundo de su cuerpo, su cabello lacio y oscuro como la noche bulliciosa, sus pómulos delgados que desencajaban con su sonrisa traviesa, su oblicuo mentón de animal astuto, sus hombros desnudos como el crepúsculo en la playa, su figura austera y complaciente, esa colectividad mágica y felina, esculpida con total mesura y absoluta soberbia, su mirada rápida y su cuerpo rebelde, desafiando la modorra de la noche, la televisión absurda, la fantasía de la infancia. Sin embargo, mi visión de esa mujer no era de morbo; su extraña figura, antes ignorada, apareció para despertar en mí una curiosidad que permaneció, desde ese entonces, en mi mirada cuando el vacío de una noche, cuando el pandemonio de una fiesta, cuando el aire desolador, cuando la música melancólica, cuando una mujer puede provocar tal admiración limpia y serena.

viernes, 13 de febrero de 2009

El extraño don de la confusión

ALGUNA vez debemos haber sentido que lo que hacemos está mal, aunque los momentos sean considerados increíbles, es cierto. El tormento de pensar que lo que hicimos estuvo mal es un virus que nos carcome la conciencia permanentemente, tanto así que al final del día quedamos angustiados, empapados y totalmente desgastados. Una sensación de no saber por dónde vienen las cosas, ni hacia dónde van. Las cosas suceden una tras de otra, sin presiones, sin planeaciones, sin nada que no sea espontaneo y natural, como si alguna vez en el tiempo ambos hubiesen estado destinados a encontrarse. Pero el problema es único y simple: tú tienes tu novio(a), llevas mucho tiempo con él (ella), lo(a) amas -y viceversa-, y todos los ven a ustedes casados pronto, con algunos hijos y un hogar hermoso. Aunque todo parezca una utopía, ambos tienen una relación seria de años, sin embargo en el momento menos imaginado se ha aparecido otro(a) en el camino que agarra todos tus sentimientos y les da vuelta y vueltas sin fin, dejándote el preciado don de la confusión, la ignorancia de todo cuanto sucede, y la nula razón en momentos cuando uno tiene que decir –o sentir-algo. Es irreverente, quizá, hablar de la infidelidad en épocas de amor y aparente calma, pero no acabemos siendo deshonestos con nosotros mismos, se trata de una infidelidad ciega y sin malicia, digamos como la infidelidad de las mujeres (para desprestigiarnos algo, nosotros los hombres), esa infidelidad que acabamos siendo víctimas y victimarios al mismo tiempo, esa en la que nunca pensamos, somos simples títeres del viento.

Mauro Ponce es apuesto, tiene el pelo rizado y los ojos bien pronunciados, una tímida barba cuelga de sus mejillas como una cama destendida, y su cuerpo se planta en cada lugar como un roble de fortaleza intacta. Lisseth Napán es frágil y hermosa, dulce y con una vocecilla que provoca en cualquiera un comportamiento paternal, tiene la piel canela y una sonrisa extensa y contagiosa, provocativa y enternecedora. Mauro coincide con Lisseth en el gusto por el merengue, las películas dramáticas, y el café matutino. Todas las tardes bajan al comedor de la empresa a almorzar junto a Lucy, Melisa y David. A Mauro le hubiese gustado ser profesor, como Lisseth, si no fuese por su padre que de adolescente le intrigaba con la idea de elegir la profesión de abogado. Sin embargo, ambos conversan, se escuchan, se ríen y se miran. Lisseth es una profesora sensible, siempre alegre y de buen carácter, te explica las cosas tan sencillas como a un niño, te cuida y te aconseja como una sabia madre, y te reconoce cuando algo bueno has hecho. Al comienzo Mauro pensó que se trataba de una habilidad adquirida por el oficio de la maestría, pero bastó conocer a su mamá para darse cuenta de que esa sencillez, carisma y donosura estaban en sus genes. Lisseth no es baja, ni exuberante, mas bien, sencilla y recatada, compleja y, a veces, exagerada. Tiene ese don de decir las cosas importantes en el momento exacto, con las palabras correctas y en un tono que no sonroja a nadie. Por otro lado Mauro es de aquellas personas con las que alguien puede sentirse seguro de hablar. Mientras Lisseth es frágil, Mauro es robusto y, a veces, malgeniado, pocas veces malcriado. Lisseth habla por teléfono con su novio todas las noches. Ambos trabajan hasta tarde y apenas tienen tiempo de verse algunos días. Pasan los días, y el tiempo ha hecho una cosa difícil de definir con palabras lo que sucede entre Mauro y Lisseth. No es amistad, ni amor lo que une a esta pareja de humanos que tienen la triste realidad de no saber que desean uno del otro. Quizá, ambos sientan ese entusiasmo y pasión de sentirse querido y correspondido de una manera sepultada a varios metros bajo tierra de su memoria. Quizá, sea una ilusión alegre y pasajera de haber encontrado a alguien con quien conversar y sentirse a gusto con su compañía. Quizá, sea un amor extraño, furtivo, sensacional y explosivo, que en cualquier momento no le importe las consecuencias y se atreva a erupcionar. Mauro y Lisseth saben que ambos hacen mal sintiendo lo que sienten. Lisseth comprende en sus momentos que conversa con ella misma, el amor que siente por su novio y que quizá sea el tiempo que pasa con uno y el alejamiento que siente por el otro, lo que motiva a vivir esa sensación inexplicable. Mauro sabe que enamorarse no es una cosa que se planea, pero no sabe que mientras más a lado de ella está, más surge la sensación de sentir que el amor lo puede todo y que al final del camino puede ver la imagen de Lisseth y él abrazados en el jardín de su casa. Ambos no quieren herirse mutuamente, se necesitan, y en sus mentes se desean a un extremo incontrolable. Nunca se han besado, sin embargo sus labios se pertenecen, así lo piensan, y de esa manera se alejan, conscientes que las cosas no son prácticas, y que el tiempo puede esclarecer algunas dudas al respecto.


Agradecimientos especiales a la Srta. Lisseth Napán,
una persona muy buena, sencilla e increíble.

viernes, 9 de enero de 2009

Libreta de notas


ERAN tres amigas; inseparables en el salón, inquietantes fuera y dentro de clases, un pequeño ejército de palomilladas. Aquel extraño grupo estaba presidido por Irene Corrales, seguido por Ana Bendezú, y ultimado por Rebeca Alegría. Sus travesuras eran cotidianas y comunes; pasaba por hacer escándalo en el rincón del salón, rumorear entre ellas, conocer chicos de otros grados, no ingresar a clases, y otras cosas que lo hacían juntas, ocultándose una de otra. Eran muy inquietas, divertidas, y sumamente simpáticas. Irene Corrales, la líder del grupo, tenía el cabello hermoso, lacio, oscuro, mediano y sumiso; los ojos breves como presumiendo su suficiencia y el cuerpo menudo, bien esculpido. Era serena y pensativa, pero a la vez era la más avezada, sediciosa y urgentemente provocativa. Se sospechaba de ella cuando algún rumor se escuchaba, alguna debacle se aproximaba o algún incidente se daba a la luz. Al no vivir con sus padres, los profesores no la tomaban en cuenta, la desatendían y la reprendían con dureza.

Irene, llegó a Lima ese mismo año, días antes de iniciar el periodo escolar. Su mamá había fallecido y desde entonces se inició una depresión medular, una que se alojó callada y pujante en lo más hondo de su alma. Antes de la muerte de su madre su vida transcurría en los senderos de la felicidad a lado de sus padres, corriendo en las pequeñas calles de su pueblo, respirando alegría y recibiendo amor de esa unión aparentemente inquebrantable de sus padres. Su papá, dueño de vastas chacras y desbordantes ganados, era el encargado de sostener aquella pequeña familia conformada por cinco hijas. Cuando su madre quedó en cinta de la sexta niña, no resistió las erosiones del cuerpo y se dejó abandonar al viaje insondable de la muerte, dejando solas a sus seis hijas, a merced del destino. Irene era la tercera de las hermanas y tardó lo suficiente para darse cuenta por propia cuenta de que su madre las había abandonado. Su padre, luego de la muerte de su madre, decidió esparcir sus hijas como si se tratara de semillas que pronto darían frutos. A cada una las cogió un día y las llevó de visita a Lima, la capital. Emocionadas por el viaje, no tuvieron tiempo para darse cuenta de que estaban siendo entregadas al destino de su vida, que las decisiones que tomasen desde entonces marcarían el camino que ellas iban a recorrer. Irene Corrales llegó a la casa de la tía Edelmira Carrión en el mes de Marzo. Edelmira Carrión, prima de su padre, había sido desposada hace no más de 5 años, y el matrimonio resuelto en pleitos e incompatibilidades había sobrevivido como un mal perpetuo y necesario. Edelmira Carrión junto a su esposo se había asentado en una humilde casa en el Agustino, facilitada por uno de sus hermanos para que puedan asentar su hogar y su matrimonio. Edelmira Carrión era una mujer de muy mal carácter, se le veía siempre disgustada, atolondrada, corriendo de un lugar hacia otro, explotando del trabajo de ser madre, de tener que llevar adelante un hogar que pensó sería llevado por ella y su esposo. El marido llegaba solo en las noches, aunque algunas se ausentaba, y esa soledad, acompañada de la sensación de que no podía con todo, hicieron de la señora Edelmira una mujer desquiciada y casi nula en la razón. A ese hogar llegó Irene, como de visita, y se quedó allí, con sus tres mudas de ropas y sus zapatos marrones. El silencio se apoderó de Irene cuando su tía le explicó de que su padre había regresado al pueblo y que ella iba a quedarse a estudiar ahí. No lloró, no se desesperó, hizo que aquellas fuerzas del corazón nunca salieran y se quedaran allí entrelazándose como llamas que hacen lengüetas de fuego que pronto desbordaran a la superficie con una fuerza animal. Donde se evidenció primero su depresión fue, como es razonable, en su desempeño en la escuela. Fue duro ingresar a una escuela de secundaria, con rostros nuevos, con miradas atomizadoras y telescópicas, extrañas e inquietantes. Eso añadido a su inquietante depresión hicieron de aquellas clases en el aula un murmuro de la realidad, sin poder desligar los sueños de la realidad, el pasado del presente.

No era extraño ni insalubre que los mayores castigaran a sus hijos como se suele practicar en ámbitos castrenses, pero el remedio a la desobediencia y la altanería se pagaba con castigos físicos severos, que entendían ellos era eficaz, en cuanto a lo generacional y positivo. Edelmira Carrión, angustiada y sin dominio propio, a veces excedía los límites de la enseñanza y reprendía duramente a Irene. Eso no era novedad, pero el día en que Irene tuvo que llevar la libreta de notas a la casa, no supo qué hacer con su cuerpo y aunque en la primaria allá en su pueblo siempre había sido hábil con las matemáticas, ni ella misma entendía que sucedía con sus calificaciones. Las clases parecían ser de otro planeta, al menor chispazo de desconcentración, de regreso se encontraba con un grupo de símbolos extravagantes y desconocidos. A medida que pasaban los días, aquellos símbolos se habían entreverado como la nieve, y tenían proporciones que, a esas alturas, era inimaginable la comprensión para Irene, quien sin pensar en cómo ni cuándo, se había abandonado al letargo de quién espera agonizando. Esa tarde Edelmira Carrión con la mirada enfurecida y con los brazos prestos a andar, se le ocurrió, segura de que la vergüenza era el mejor castigo, colgarle un letrero que decía “soy una burra” en la espalda y mandarla a comprar los panes a tres cuadras de la casa. Irene había crecido, ya no era la niña desvergonzada y desinteresada, además había identificado algo distinto en la mirada de los chicos, por lo que la idea de caminar con aquel letrero era significativamente bochornosa. Edelmira diseñó el cartel con rapidez sobre un pedazo de cartón y le tendió una tira de pabilo que encontró en la mesa. “¡Vaya! a ver si así se le quita lo burra” le dijo. Irene, casi sin salida, alcanzó a ver al otro lado de la calle, donde antes la gente aglutinaba sus basuras, un desorden similar al de una construcción. Corrió despavorida, pasando por alto los gritos de Edelmira, y pensando solo en la idea de esconderse en algún rincón de aquella construcción y abandonarse al inagotable llanto de la infancia perdida. Recordó a su madre, a sus hermanas, la vida pastoril y las pocas urgencias que tenía que pasar; se le vino un baño húmedo de pena, pero se sintió desesperada cuando finalmente Edelmira la sacó de un tirón del brazo y la comenzó a sacudir diciéndole que no lo vuelva a hacer, que no la vuelva a desobedecer de esa manera. “Quién te habrás creído” le resondraba Edelmira al tiempo de que la jaloneaba con los llantos púberes de aquella niña menuda de nombre Irene.

Las cosas no mejoraron en la escuela. Irene sentía que los días pasaban y que aquellos símbolos se tornaban enemigos suyos, personajes cada vez más lejanos e impenetrables. Recordó aquella noche que le mostró la libreta de notas a Edelmira, y en vez sentir miedo, desbordada por ese ímpetu infantil de que las cosas son sencillas, decidió adulterar la firma del auxiliar, y presentar notas más nobles. Tardó dos semanas, a lado de Ana y Rebeca, de practicar la firma del auxiliar, encerradas en el cuarto de Rebeca. El segundo bimestre presentó las notas a su tía. La señora Edelmira la miró con algo de alegría, le dio unas palmadas de aprobación y siguió en sus asuntos domésticos. Y así transcurrió el año, sin mayor preocupación. Un día de noviembre Irene despertó de la cama de alegría. Había soñado que su madre había vuelto a casa junto a sus hermanas. Preguntó por su padre pero no obtuvo respuesta. Entonces decidió irse de regreso a su pueblo, sola, por su propia y furtiva cuenta. Pensó en la forma de huir de la casa, de conseguir el dinero para el pasaje, de tomar el carro que la llevaría a su pueblo. Aquella mañana mientras iba camino a la escuela, estuvo tan abstraída pensando en eso que por poco se la lleva un carro y adiós todo lo planeado. Pocos minutos después del recreo, en plena clase, al borde de un grito, estalló en júbilo. Tenía un plan para volver a su pueblo.

El primero de enero era su cumpleaños, le hicieron una pequeña torta, vinieron algunos tíos, pero lo fundamental, le dieron propinas. Con las propinas que recibiera esa noche, se las arreglaría para el pasaje a su pueblo. Solo tenía que esperar el momento de salir, y ese momento llegó el 4 de enero, fecha de entrega de las libretas. Irene fue a recoger su libreta, pero tenía pensado no volver a casa de su tía Edelmira nunca más. Recogió la libreta y no tuvo que ser bruja para adivinar que tenía dos cursos jalados. No le importó, tomó un carro a La Parada donde partían pequeños buses rumbo a su pueblo. Había imaginado su llegada al pueblo, con sus dos hermanas menores recibiéndola en estruendos gritos de euforia y llantos de alegría. Cuando llegó al terminal se dio con la sorpresa de que los buses salían a las 6 de la tarde, era muy temprano para estar ahí. Entonces resolvió en irse a la casa de su tía Ricardina que quedaba a unos minutos de allí. Estuvo conversando todo el momento con su tía, hablaban de aquellas novelas que veían en común: historias románticas de amor con personajes antagónicos y dramas excesivos. La pasaban bien y así transcurría el tiempo. Luego subió al cuarto de su otra tía y ahí se quedó a conversar sin tener más cuidado del tiempo. Cuando vio el reloj ya eran las 6 y no supo qué hacer. Estaba levantándose cuando escuchó unos pasos apolillados que hacían crujir las escaleras. La puerta se abrió, y frente a todos se encontraba la tía Edelmira. Irene tenía el rostro pálido y la sangre paralizada. Edelmira habló con la tía Ricardina, y se llevó de regreso a Irene. No se dijeron ni una sola palabra en el camino, Edelmira ya sabía de las notas en la escuela y para ella eso bastaba. Esa noche Irene durmió callada, el silencio en su mente se dibujó como un puente roto terminado en un abismo. Aquel silencio lúgubre y angustiante terminó por agotarla, y se recostó en ella como un peso paquidérmico en sus ojos, en su alma. A las 5 de la mañana despertó sudando. La angustia de no volver a su pueblo nunca más, y quedarse atrapada en ese hogar, parecían agotarla al extremo de no dejarla dormir. Decidió huir en ese mismo instante, acabar con todo y salir de esa tierra que nunca le perteneció y que al contrario la enfrentó con mezquindad desde el primer momento que llegó. Quiso levantarse pero oyó el sonido horrendo como de un animal que movía la mesa de la sala. Pensó que su tía la iba a matar, pero el sonido se extendió a toda la casa, acompañada de un tenue movimiento que se estremecía por toda la casa como un gran animal que solloza desconsolado. Entendió que era un sismo, se recostó en la cama y espero que todo pasara. “La tierra esta triste igual que yo” pensó. Cuando todo se calmó, Irene se apresuró en recoger algunos vestidos y colocarlos en su mochila. Parecía estar todo listo cuando escuchó un ruido detrás de la puerta. Abrió la puerta; detrás estaba Edelmira y su esposo, ella llevaba su bata blanca y su esposo la sostenía del hombro. Edelmira la miró con preocupación y le dijo a su esposo: “Dale su pasaje, se va a su pueblo”.


En honor a mi madre: luchadora
incansable y de corazón áureo.

jueves, 1 de enero de 2009

Por más amargo que parezca


- Hola, ¿bailamos? – a pesar de la bulla, mi voz sonó muy grave para mi gusto.
- No, disculpa, no bailo con desconocidos – contestó ella luego de mirarme con una mirada pícara.

*****
Ruth, Álvaro, su esposo, Mariel y yo. Cuatro personas, dos parejas. Mariel es una persona agradable, pero demasiada buena onda para mi gusto; su optimismo exagerado, a veces huachafo, me embriaga a tal punto de asentir por pura cortesía todo lo que me dice; sus ojos, a menudo, desorbitados y frenéticos impiden que podamos conversar tranquilamente. Esa noche, de una chica de oficina, alegre aunque recatada, pero siempre enérgica, pasó a ser una mujer demasiado llamativa para salir a algún lugar a bailar. No llevaba sus anteojos (y creo que ese era el problema para que me hablara tan cercanamente sin modular el volumen de su voz), el pelo lo tenía suelto, traía una suerte de blusa turquesa recortado por el lado de la cintura, ambos cortes llegaban como flechas al ombligo haciendo de este parte importante del atuendo, además siguiendo el ombligo hacia arriba yacía una ranura que se extendía en forma de uve con extrema irreverencia, dejando la incómoda sensación de tener que agachar la mirada cuando hablabas con ella; aquél escote era una cosa abrupta y podríamos haber conversado de aquel toda la noche, si no fuese por su frenesí que te llevaba de un lugar a otro, de un extremo al vacío, y de la nada abajo, saltando de temas y volviendo al inicio, llevándote a bailar y luego hablarte al oído como si estuvieses fuera del local.

Mariel es una persona agradable, es decir, suele a veces contagiarte de ese entusiasmo avasallador con que toma las cosas, pero a veces, también, suele exasperar su desbordante ímpetu y delirio mental. Esa noche, cumpleaños de Álvaro, salimos los cuatro a una discoteca del viejo Barranco. Ruth y su esposo, Álvaro, coincidían (extraña costumbre que me hacía pensar hasta que punto eran humanos) en ir a una discoteca, alentados por la efervescencia de Mariel. Bueno, por fin estábamos en el local, mi consideración de ser una noche tranquila, casual y amena, se vio interrumpida cuando Mariel comenzó a arrearnos a bailar a todos como si fuera la última noche de nuestras vidas. Siempre pensé que considerar cada minuto como el último de nuestras vidas era necesario para llevar una vida plena, pero lo de Mariel escapaba de esa lógica, correr a la pista de baile con los brazos agitados y las piernas amortiguadas no me parecía algo interesante y menos al lado de Mariel. Al comienzo pensé en bailar como siempre lo hago, medianamente rítmico con algo de gracia, pero el escándalo rítmico de Mariel hacía de nosotros una pareja antagónica, un contraste embarazoso, parecíamos, exagerando un poco, una mujer salida del penal Santa Mónica, y un cura tímido y mojigato (porque hay de los otros). Había comenzado a arrepentirme de venir y no sé si se notara en mi rostro pero los movimientos atolondrados de Mariel acabaron por fatigarme. Álvaro y Ruth bailaban al compás unísono de una melodía colombiana, se les notaba contentos, sincronizados, ni uno hacía algo que sobrepasara al otro ni el otro se desmedía en lo mínimo, era un cálculo matemático de movimientos, un modelo físico perfecto, era la muestra de que llevaban años bailando juntos, me imagino. Mariel comprendió mis urgencias hipócritas de ir al baño, ella se sentó casi a regañadientes, pero con el propósito de tomar impulso para la siguiente ronda. “No demores, voy a tomar algo” terminó ahuyentándome. Me escurrí entre los bailantes, alcancé los servicios higiénicos casi agonizando. Necesitaba darle un rumbo nuevo a esa noche, me resistía a ser la pareja de Mariel. Por un lado me sentía comprometido por tener que acompañar a Mariel, pero por otro me decía a mí mismo que ese compromiso me lo había creado yo, que estaba bien que hayamos salido en pareja pero eso no me encadenaba a tener que acompañar a Mariel toda la noche. Ambos, sencillamente, no congeniábamos; ella era demasiado para mí. Pensé en regresar a la mesa y decirle a Mariel que me sentía mal y que me tenía que ir. Era lo más sincero que podía hacer así que salí de ese intermedio que es el baño rumbo a la mesa donde estábamos ubicados.

*****
Mis pupilas se dilataron, el cuerpo se me paralizó por completo, y mi mirada quedó retenida en ese asiento, en ese torso, en esa caída del cabello, en esos hombros desnudos. Me acerqué por inercia saboreando cada ángulo que se abría a medida que la rodeaba lentamente.

- Hola, ¿bailamos? – a pesar de la bulla, mi voz sonó muy grave para mi gusto.
- No, disculpa, no bailo con desconocidos – contestó ella luego de mirarme con una mirada pícara.
-Me llamo Wilmer, pensé en que podíamos bailar- le contesté casi automáticamente al oído.
-La verdad es que estoy cansada- me devolvió el mensaje con la sonrisa congelada y su mirada traviesa y a la vez disforzada.
-No es que sea insistente pero creo que estamos destinados a bailar esta pieza- respondí colocándome en el umbral de la huachafería.
-Si estamos destinados a bailar tendría que suceder algo extraordinario que demuestre nuestra predisposición a bailar- me siguió el hilo, picó el anzuelo, el juego había terminado, cedería finalmente a mi brazo estrechado.
-No es la primera vez que bailamos esta canción- su sonrisa llegó a explosionar, la tomé de las manos, pensé en ella desde la última vez que la vi, nuestra extraña relación cercana, nuestras conversaciones plagadas de histrionismo, su sonrisa contagiosa, y sobre todo mi poco valor para decirle que me interesaba. Nos mantuvimos alejados cerca de dos meses, espacio en el que ambos dejamos el trabajo que teníamos en común y nos emprendimos en trabajos distintos. Elizabeth era una mujer interesante por donde se le viera, tenía esa virtud de contestarte a la inmediatez con tanta gracia como picardía. Su increíble mirada, su voz suave pero decidida, su gracia, repito, su increíble gracia. Aunque lo que me sacaba de lugar, era ese extraño coqueteo salpicado de ternura, esos gestos de dominio tejidos con su pronta fragilidad, su carácter y su desfachatez. Elizabeth había llegado ahí con tres amigas, yo había llegado con Mariel. Sí, recordé que Mariel quizá estaba esperándome, aunque lo más probable era que su hiperactividad la hayan empujado a bailar con alguien, y todo eso pasó tan rápido que ahora estaba bailando con Elizabeth, platicando de lo más lindo, divirtiéndome cuando menos me lo imaginaba, en un apartado de la realidad con una persona que había perdido contacto, pero que su aspecto frágil combinado con su autosuficiencia hacían de ella una figura exquisita.

En esos momentos me vinieron unos cólicos insoportables, el estomago se me retorcía, y mi cara no tardó en evidenciar mi malestar. Al parecer era verdad el cuento que le iba a lanzar a Mariel: me sentía tan mal que tenía que irme. No sé si fueron los tragos que bebí, o la lasaña de las ocho, que habían hecho algún efecto en mi poco respetado estómago. “Elizabeth, me siento mal” le reafirmé lo que mi rostro pálido ya se lo había dicho. Elizabeth comprendió mi bochornoso malestar y me acompañó a tomar un taxi. Salimos del local, Elizabeth estaba encadenada a mi brazo derecho. Ambos subimos al taxi, y desde la ventana con el rostro sudoroso y algo colorado alcancé a ver una mirada de furia, de desprecio, de odio, de repulsión. Mariel estaba afuera del local parada en la esquina, con un cigarro, la mirada de acero y aquella blusa turquesa con el escote molesto.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Ficcionario


La ficción es el mundo aquél donde el escritor volca toda su inventiva y crea mundos paralelos con personajes increíbles y sentimientos extraños; tal es su minuciosa descripción que a menudo nos hace dudar de lo que es realidad o ficción. Hace poco se estrenó en formato 3D la película "Viaje al centro de la tierra", un film que es la traslación de la magnífica novela de Verne a una historia actual de poco impacto en el público a no ser por lo snob que suena el término 3D; sin embargo, hubo una parte que me llamó la atención al momento de verla; cuando el sismólogo Trevor Anderson (Brendan Fraser) descubre que el lugar donde se encontraba era exactamente igual a la locación que Verne hacía énfasis con un detallado esfuerzo. Cosas como esas, ponen a pensar hasta que punto la ficción puede resultar en algo ciertamente verdadero; si es que en realidad existen tales descripciones en alguna parte del planeta, debajo de ella, encima, quién sabe. Esas bondades solo podemos dejarla a grandes como Verne, y en parte es mejor darle el beneficio de la duda que limitarnos a decir que no es posible. Las grandes novelas siempre nos han dejado sembrado esa extraña duda y curiosidad por saber de dónde sacaron esos elementos que se entretejen de manera exacta y natural para dar en fruto una obra de magistral envergadura. En tierras peruanas algunos meses atrás el tema de la ficción y la realidad se manoseó "tanto" con la historia de Bayly y el actor Diego Bertie (involucrado "íntimamente" en todo un capítulo de su primer éxito literario "No se lo digas a nadie") que la resaca de que hasta qué punto es cierto todo lo que se dijo en el libro sigue aún vigente. ¿Realidad o ficción? Dejémoslo ahí por el momento.

Entomología forense

Hace unos días, en Finlandia se capturó a un "presunto" delincuente gracias a la ayuda de un mosquito. El ADN de la sangre succionada por el mosquito encontrado en el coche permitió a la policía capturar al sospechoso. El auto había sido robado días atrás y no se tenía noticias de su paradero, ni de ningún responsable. El auto fue encontrado por los policías días después de su robo y fue registrado con tal minuciosidad que llegaron a dar con un mosquito, el cual fue separado para el análisis respectivo en el laboratorio. El caso puede registrarse dentro de lo que se conoce como "entomología forense", una suerte de estudio que se hacen a los mosquitos para determinar, por ejemplo, cuanto tiempo de muerto tiene una persona, o en el caso de la policía, para determinar a quién pertenece el ADN encontrado. Como en Finlandia existe lo que se conoce como ficha genética con información del ADN de las personas, es fácil realizar las comparaciones para dar con un presunto asesino, delincuente o violador. Este es un caso que en estas partes del planeta suelen conocerse como "curiosidades" o un tipo extraño de procedimientos policiales, sin embargo es un ejemplo claro de que la realidad muchas veces supera la ficción. Este tipo de casos sui generis son los que alimentan las tramas más enredadas y orgásmicas de la literatura moderna, con sus hiperbólicas excentrecidades y sus incalculables curiosidades. Cosas como éstas hay un montón y sirven para nutrir ese inmenso mundo que hay para compartir, para entretener, para distraer, o en el mejor de los casos, enseñar.

Acercar la ficción a la realidad, jugar con ellas, tener dominio y al mismo tiempo dejarse llevar por sus mareas que te embriagan y atrapan: son gruesas formas de intervención del escritor en un mundo donde la realidad resulta chica y la ficción un apartado dudoso.

martes, 16 de diciembre de 2008

La desgracia de mi cuerpo


Nunca conocí su destino. En mi mente solo quedaron grabados la inmejorable figura de sus glúteos y sus decorosos y bien situados senos. Nunca la llegué a conocer a fondo, en el sentido de saber en qué pensaba, cuáles eran sus sueños, sus miedos, sus limitaciones, etc. Solo llegué a conocer de ella la superficie de sus palabras, sus frases chispeantes y desafiantes giradas en torno al barullo de lo populoso e intrascendente. De la niña de obesidad asolapada pasó a ser la muchachota de las piernas de acero, la de los brazos firmes y brillosos, la de los hombros desnudos y la espalda coqueta, la de las caderas pendencieras, la de la cintura de lápiz, la de las delanteras suficientes e independientes, en suma, en una mujer deseable por todos los lados que se les viera (balcones, puertas y paraderos). De la mocosa quisquillosa y movediza, atenta y risueña (a caso sus años más inteligentes), pasó a ser la adicta a los amigos mayores, a las suntuosidades, a las facilidades del mundo, y al incesante juego del arribismo. Por esos años el impacto debió ser duro: saber que todo el mundo comenzaba a verla distinta, no escapar a ninguna mirada, no era cuestión diaria. Algunas chicas comenzaban a sentir recelo por su excesiva forma de ser melífica y seductora, pero además en aquellos años del cambio, comenzaron a asomarse aquellos rasgos que en la adultez se asentarían con mayor dramatismo: su incipiente forma de manipular a los chicos, de conseguir favores siendo “linda”, arrojando una que otra frase adulona y cariñosa, pretendiendo ser la chica de todos sin ser tocada.

“Una cosa es ser una persona con buen cuerpo y otra, ser “solo” un buen cuerpo”. Me decía una amiga, con el prejuicio de una mujer que ha visto a su ex en brazos de una mujer con las medidas y características de una diosa del placer. Y no se equivocaba quizá, porque es fácil reconocer a una mujer que tiene el cuerpo como único valor, y es fácil reconocerla porque efectivamente, es fácil. Valeria era así, tenía todo para mostrar y lo hacía con sapiencia; conocedora vasta de sus atributos sabía cuál era el impacto de sus precauciones: los hombres se le acercaban, algunos toscos, otros elegantes, algunos pesados, otros ingenuos; todas las miradas estaban depositadas en cada esquina de su detallado cuerpo, cada curva era sometida al escrutinio no solo de las miradas lascivas de ellos, las miradas desaprobatorias de ellas y sus poses de censura no se hacían extrañar de igual manera.

Para escribir sobre Valeria, fue necesidad (como es comprensible) verla detalladamente. Expiar su comportamiento, hurgar sus intenciones, tratar de conjeturar sus sentimientos, sus deseos, sus temores. Una labor sacrificada y difícil pero necesaria, ya que es de muy mal gusto dar con alguien solo revisando los comentarios inoportunos y viscerales de terceros. Entonces, tuve que seguirla, verla, observar sus adicciones, sus relaciones, su familia, etc. Todo se tornaba confuso a medida que Valeria estaba a un metro de mí. No era lo que decía, ni siquiera como actuase, simplemente tenerla enfrente de mí obstaculizaba mi juicio sobremanera. Tenía que cambiar de táctica si es que quería comprender la naturaleza demoniaca de esta mujer, que tan solo con su aroma, me adormecía, me fatigaba, me desesperaba.

Esa noche muchos estábamos ya asentados. Yo me encontraba en una esquina conversando con un amigo; había pensado en que era necesario mantenerme a la distancia de Valeria si es que quería observarla con cierto grado de sensatez. Así que la esquina, el lugar menos dado a la luz, era perfecto para tales propósitos. Valeria hizo su ingreso exuberante. Muchos contemplaron su generoso escote al saludarla, sus esbeltas pantorrillas al sentarse, otros (más o menos afortunados) respiraron de su aroma loco al bailar con ella, otros (por no ostentar nada) se resignaron a su mirada indiferente, y otros (a estas alturas con los pelos de punta) no pudieron dominar su simplicidad al hablar. Valeria era desde los años en que era adolescente (y todo se había ubicado en sus lugares respectivos) el imaginario sexual de la multitud. Su sonrisa barata y su caminar llamativo eran imágenes (por qué no decirlo) que se convertían en películas, en escenas morbosas, en ficción desmejorada. Valeria siempre estuvo rodeada de hombres que tenían cierto poder sobre los demás. O eran los pendencieros del quinto de media, o eran los señores con plata los que la buscaban. Ellos la hacían sentir segura, la protegían de aquello que creía era “eternamente importante”.

El poder y el dinero, los vicios y las pomposidades, fueron todo aquello que le dio una extraña forma de ser feliz pero que a la vez la hicieron tan desdichada, y eso no es una gran novedad o misterio resuelto. Tan obscenamente manipulada, usada, maltratada. ¿Era una desgracia ser tan irresistiblemente deseable para Valeria? Sus caderas anchas, sus muslos recios, sus ojos claros, su boca seductora ¿Eran los culpables del destino de su personalidad? Mujeres exquisitas y despampanantes, vacías y ordinarias, pueden tener cosas en común, como el engaño, el resentimiento, la inseguridad, el odio, y esto añadido al limitado pensar que el poder lo es todo, hacen de personas como Valeria tan irresistiblemente ricas.

domingo, 2 de noviembre de 2008

tres tristes tiempos


Esta es la historia de mi amor por Carmen. Tres tiempos distintos, el único amor, el que compartimos, el que vivimos, aunque el destino juegue perversamente con sus actores, hay una cosa que nunca murió, y esa es nuestra historia:


Sí, mi capitana (9 años)

Carmen vive a tan sólo dos casas de la mía. Es la niña más linda del vecindario y no conozco otra niña que juegue con el ambiente como lo hace ella: el sol le da color a su entrañable sonrisa, el aire le da forma a sus rubios cabellos, el suelo pone límite a su desbordante encanto; todo lo que ella hace parece estar guiado por la gracia de Dios, sabe mucho de juegos y juraría que siento un cariño inexplicable por ella. Las puertas de las casas están siempre abiertas para todos del vecindario. Carmen es muy querida por mi mamá, como no tengo hermana mi mamá la trata como su hija. Carmen se aparece como todos los días a la tres, después del almuerzo; a veces cuando sus papás por algún motivo salen, ella viene a casa a almorzar con nosotros, pero en las horas que dura el almuerzo nos la pasamos riendo, cantando nuestras hazañas y sonriendo nuestras aventuras, la comida se enfría y mi mamá se molesta. A veces los frejoles son molestos, los tomates insípidos y la sopa abundante en verduras, es ahí cuando disimulamos bien el secreto de guardar en los bolsillos todas las cosas que nos disgustan para luego tirarlas en el parque, lejos del descubrimiento y castigo de mi mamá. Juguemos a que somos navegantes, marineros, tenemos una caja grande de la refrigeradora que compró su mamá el otro día, y el patio de arriba todito para nosotros con todas las cosas inservibles que la gente del vecindario tiene ahí amontonado, pero que para nosotros son nuestras más grandes herramientas para nuestras más inverosímiles aventuras. Ella es la capitana y yo el marinero, no sé dónde vimos alguna vez a una capitana y un marinero pero yo me debo a mi capitana y estoy para cumplir cada una de sus órdenes.

Tan cerca a ti (14 años)

Carmen tiene muchos amigos, tantos amigos como los que no conozco y a los que solo veo de reojo, con la esquinilla de los ojos y con mucho recelo. Seguimos haciendo la tarea juntos, cenando en su casa y conversando hasta tarde en su puerta o escuchando música en su walkman. Los días en el colegio son geniales, nos la pasamos bromeándonos, ella siempre sabe el disparate que se me va a ocurrir y yo la cosa que la hará estallar en carcajadas. Tiene una rebeldía que a veces me asusta, a veces me dice cosas que no entiendo y tiene las palabras justas para cada entredicho. Hemos salido al teatro con la maestra de Lengua y Literatura, a un asilo de ancianos, y uno que otro museo, raras veces habíamos salido juntos, pero en cada uno de ellos nos divertimos mucho. La he visto reír y sonreír durante toda mi vida, y la he acompañado en sus momentos más tristes, cuando sus papás peleaban y ella se sentía más sola y menos querida que nunca; siempre la he acompañado, siempre estuve con ella.

El accidente (26 años)

Carmen luego del colegio se tuvo que mudar de casa. Éramos ya adolescentes y cuando la abracé para despedirnos tuve ganas de llorar pero no lo hice, ella tampoco. Pero la abracé muy fuerte, tan fuerte que no la quería soltar jamás, como queriendo impedir su alejamiento en ese minuto de emoción extrema. Le prometí llamarla y lo hice. Nos vimos unos cuantos fines de semana. Yo la visitaba y ella a mí, pero luego cada uno comenzó a enrumbar sus propios proyectos. Yo comencé a estudiar periodismo y ella enfermería. En el colegio me di cuenta que vivía enamorado de mi mejor amiga pero nunca tuve ni el valor ni la seguridad de decírselo. Me enamoré todos los días que vivimos, desde pequeños hasta la adolescencia, pero luego ella se mudó, yo dejé de verla por un buen tiempo, cada uno comenzó a dedicarse a sus cosas y nos distanciamos por casi 4 años, tiempo en el que solo la fui a ver cuando su papá falleció. Tiempo después me enteré de que tenía un novio. Me sentí extraño, no porque ella tuviese un enamorado, porque ella ya los había tenido en el colegio y yo los había conocido, sino porque de este tipo decía estar muy enamorada y que lo quería mucho, y él a ella, y que él era futbolista, pero no sólo futbolista, también estaba a punto de graduarse de abogado, mezcla extraordinaria, pensé con ironía. Además ella había comenzado a vivir con él en una casa por Pueblo Libre, todo según me decía se acercaba al compromiso, que su mamá lo conocía, que todo les iba muy bien.

Pienso que una persona puede ser el amor de tu vida cuando te das cuenta qué feliz eres cuando ella lo es, y qué triste cuando la pena la acecha. Pero no solo eso. Sino también cuando comparten toda una vida, cuando hay una conexión más que física, cuando la amistad queda chica y cuando alguna vez en su cumpleaños después de tanto tiempo de no verse, ambos se quedaron mirando por largo trecho, conectados de alma y mente. Ella siempre te había dicho que la camisa azul era la que te hacía el chico más churro del mundo, y esa vez tu habías ido a su casa con una camisa azul impecable, con los ojos brillosos y claros, con tu sonrisa chueca y tu porte de marino, como decía ella, y habían quedado mirándose, reconociéndose el uno al otro, mirándose de alma a alma, y sentían que haber estado separados por tanto tiempo había sido una lisura del destino, que Dios los había puesto en el mismo camino desde de la infancia, y aunque los había distanciado por algún tiempo, era ese momento la voluntad de Él para que nunca volvieran a alejarse. Y el amor es tan confuso que a veces uno no sabe el momento pero sí la persona, y está dispuesto a esperar, esperar todo el tiempo que sea posible, aunque a veces este no tenga existencia en este mundo.

Siempre pensé que ella era la persona de mi vida. En los tiempos del colegio viví enamorado de ella, luego nos distanciamos. Yo me enamoré de una chica de la universidad, pero nunca encontré ni la afinidad intelectual, ni la conexión emocional, ni el despertar sexual que tenía Carmen en mí. Ella era todo en mí, y cada una de las chicas con las que traté de hacer vida, siempre fueron siendo eliminadas en mi mente al tiempo que mi inconsciente las comparaba con Carmen, el amor de mi vida y de mis vidas. Así me fui deshaciendo del ilusorio amor de ellas y recordando con amor su sonrisa, su compañía, su mirada y sus palabras. Cuando supe que ella estaba comprometida con el futbolista, se me hizo un nudo en la garganta, como si alguien me hubiese ajustado la corbata a tal extremo de ahogarme, y solo atiné a llamarla y verificar si era cierto, y en el peor de los casos felicitarla. Ella contestó el teléfono con un alegre “aló”, me invitó a su casa, a conocer a su novio, a conocer su felicidad, aquella que, pensé yo, yo no era parte. "No puedo este sábado, tengo una ceremonia por el arribo del embajador de Italia". Le dije. En realidad, no quería saber mucho de su felicidad, porque no la sentía mía, quizá mi egoísmo no me dejó ver que la persona que estaba del otro lado del teléfono, era el amor de mi vida, y que el mundo da espacio para el amor en los momentos menos pensados, y que el amor solo es verdadero cuando se comparte, cuando se tiene a uno al costado, cuando se es un amigo por el resto de tus días.

Días después de haber conversado con Carmen, el novio viajó a Tarapoto a disputar un partido con el equipo al que pertenecía. Carmen lo acompañó aprovechando unos días libres en el hospital. Ya en Tarapoto el equipo se hospedó en un hotel cerca al estadio. El partido lo perdieron 5-0 y algunos jugadores esa noche salieron a distraerse, incluido el novio. Salieron a hurtadillas del comando técnico y por supuesto de Carmen. El mequetrefe del novio, bebió de más, y junto a otros jugadores realizaron una visita por lugares extraños, preferidos por hombres solos y de apariencia vacía, apoyados por el alcohol se revolcaron con prostitutas y amanecieron en su embriaguez con ellas. Alguien presenció los flirteos en el local de las meretrices y tomó algunas fotos, fotos que llegaron perversamente a manos de Carmen. La suciedad con que se traiciona a alguien es solo vista por escasos minutos para dar cuenta de su veracidad, y en esos momentos Carmen se sintió la mujer más imperfecta del mundo, la cosa más absurda y estúpida. Tembló de miedo más que de ira, soltó una lágrima de sufrimiento, y solo quiso desaparecer. Salió del hotel entre llantos, con la mirada perdida, el mundo se le hacía tan oscuro, tan cruel, tan inhumano, tan mentiroso. La gente parecía saberlo todo, todos parecían saber su situación, todos parecían tan cómplices de todo, tan apañadores, tan permisibles, tan traidores. Cruzó la pista y tomó un taxi al terminal para tomar el primer bus hacia Lima, en busca de los brazos de una madre, de un amigo, de alguien en quien creer. Compró el primer boleto hacia Lima y sin consciencia de dónde estaba se sentó en el asiento de la ventana y se echó a llorar, no quiso mirar a la ventana, quiso que el carro se esfumara de ese lugar cuanto antes, que cuanto antes olvidara todo, hubiese gustado desmayar pero la desesperación de la realidad no la dejaba descansar, la agobiaba y la tenía acurrucada en llanto en el asiento de atrás, sin alma, despojada de amor, traicionada. Dormir, despertar, ser otra, sin recuerdos, sin nada. El bus encendió el motor y con él el alma de Carmen se ahogó en lágrimas, arrastrando cada minuto al silencio, al frío, al calor, al sueño, a la nada. De pronto los brazos de un hombre la estremecieron. Tres hombres en pistola gritaban reclamando dinero y todas las pertenencias de los pasajeros, aquel que se resistiera sería matado, así de simple. El bus se encontraba a un lado de la carretera, casi al extremo, uno de los hombres la sostenía de los brazos a ella, y los otros tenían reducido al chofer. La justicia de la vida se deshace de grandes tempestades pero a veces no discrimina el bueno del malo, el inocente del culpable, el amor del odio, y en ese momento en el bus se sintió un huracán que vino de la parte de atrás del bus. Todos volaron como ropa tirada al aire, incluidos los ladrones. El bus se desbarrancó a un abismo y de él no quedó ningún sobreviviente, ni el amor, ni el odio, ni el perdón, ni el rencor.

La noticia llegó a mí de la manera más ponzoñosa para mi corazón. Alguien me llamó al celular a las 5 de la mañana y me dijo que Carmen había sufrido un accidente. Llamé a la agencia, nadie me dio razón. Pensé que todo era una broma, que estaba medio dormido para ser verdad, pero en el corazón algo me decía que a Carmen le había sucedido algo malo. Al mediodía nos dieron la terrible noticia de que el bus donde viajaba Carmen se había desbarrancado y que no había heridos, todos habían fallecido. Pensé en ella, su voz, su rostro, su compañía, y en ese momento todo se me vino abajo, sentí nauseas, mi corazón se estrujó y un fuerte dolor de cabeza se apoderó de mí. Fui al baño de la agencia, casi balanceándome llegué al lavadero y abrí la llave, un fuerte chorro de agua golpeó mis manos. Salpiqué una gran ola de agua en mi rostro, y toda mi cabeza quedó mojada, bebí agua en un inútil intento por calmarme, agarré un poco de papel y me sequé el rostro con tanta fuerza que sentí algo de ardor en mis mejillas, luego aun mareado me dirigí al inodoro y me senté, lloré, lloré, y lloré, no recuerdo más. Aunque el amor no tenga existencia en el tiempo, siempre estuvo volando, siempre nos amamos, siempre respiramos de ese dulce amor de jóvenes. Su tierna alma e inigualable amor fueron desde siempre el motivo de estar vivo, y aunque nunca me despedí de ella, el recuerdo de su voz, las lágrimas de su tristeza, la sonrisa de su alma, y todas las palabras que ella pronunció quedarán marcadas con tinta indeleble de color rojo, con una pluma puntiaguda que memoriza y hace infinito mi amor por ella, Carmen, mi mejor amiga, el amor de mi vida.