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domingo, 29 de mayo de 2011

El demócrata del taxi


    En el otro lado del mundo se gestaba una manifestación impresionante para exigir a las autoridades de su país, España, una democracia justa y verdadera. Pedro Noicán, manejando su auto amarillo, piensa en su naturaleza anodina, insignificante pero representativa del común peruano: profesional taxista devenido en taxista profesional a la edad de treinta y dos años. Tiene la frente ancha y arrugada como si gran parte de su vida la hubiese pasado bajo el escepticismo. Todos los días compra el periódico El Nacional por lo consecuente de su línea editorial, diferente a otros diarios que en vez de tener una línea de opinión, sostiene, parecen tener una curva de opinión que se inclina hacia donde están los intereses más altos. Como taxista, su labor es conducir a las personas de un lugar a otro, obviamente, pero en el plano subjetivo es ser testigo involuntario del transcurrir de vidas que se mezclan, se esconden o se buscan. Y estar de cara a la realidad la mayor parte del día, por supuesto. Conocer el orden y el caos que impera las distintas distribuciones de la sociedad, pero ser consciente de su limitación cognoscitiva.

    Ayer subió a su carro un hombre que de pronto cayó dormido en el asiento trasero. Sólo subió y por el espejo retrovisor hizo la indicación de hacia donde quería ir. Pero en medio de su petición pareció trabarse y luego se calló abruptamente y también cayó con todo su peso sobre el asiento, sin más. Pedro se estacionó en una callecita de la avenida Camaná y se  quedó mirando por el espejo retrovisor. El hombre estaba tan inconsciente que si en ese momento eran arrollados por un hipotético tren, aquel regordete hombre de saco y corbata hubiese seguido durmiendo el sueño de los justos. Pensó que estaba ebrio pero al instante se dio cuenta que éste no tenía esa apariencia desaliñada de un borrachín que se excedió en el Bar Queirolo. Porque el tipo tenía apariencia de burgués. Así prefería llamarlos Pedro, declarado un hombre de izquierda, sociólogo egresado de universidad estatal, conspicuo enemigo de las grandes empresas, del clientelismo chicha, de la corrupción imperante, y por último y para rematar, del imperialismo yanqui, al estilo Chávez. Para él, estos burgueses representaban lo peor de la clase política peruana, eran unos adefesios arteros que hacían cualquier cosa por un poco de poder y dinero. Bajó del auto y abrió la puerta trasera con una actitud de fastidio. Vio que el hombre estaba quieto y lo último que deseaba era tener un burgués muerto en su auto. Lo samaqueó una y otra vez; le metió un zambombazo fuerte y ni así. No olía a alcohol así que descartó esa primera idea, pero sintió que el hombre respiraba, eso lo alivió. Pensó en llamar a la policía, pero se dijo, de pronto, por qué acudir a la autoridad más desprestigiada, esas cosas las podía arreglar solo. Era un iconoclasta majadero, a veces. Pretendió dejarlo en algún lugar lejano fuera de Lima para que escarmiente el sufrimiento de los más marginales. Sin embargo pronto cayó en cuenta que su ojeriza hacia esa clase de gente representada en ese pobre hombre anestesiado era absurda y contraproducente para sus intereses domésticos: ¿quién le pagaría esa carrera, finalmente? De nada sirve, se dijo, se acomodó en su asiento y abrió de par en par las páginas centrales de El Nacional, en la parte editorial: la columna del periodista Gabriel Belmonte, un remesón contestatario sobre el establishment. En la columna el intelectual hacía una analogía entre las razones del movimiento pacifista DRY en España -una bola de nieve que tiene como fundamento su desencanto con la clase política- y nuestros representantes en el gobierno. La frase ‘todo para el pueblo, sin el pueblo’ parece graficar de manera idónea el grito estentóreo que se escucha cada vez que un funcionario público abre la boca, pensó. Este miserable hombre que tengo aquí atrás, se preguntó a sí mismo: ¿podrá pagar tantos años de haberse servido de los impuestos que pagamos todos los peruanos? Sabía que no. En ese momento pensó que tal vez ese hombre podría, de manera simbólica al menos, devolver lo que su reino había malgastado durante tantos años de corruptela. Lo condujo entonces a un descampado en los arrabales. Estaba algo nervioso porque no sabía en qué momento iba a despertar. Había perdido casi todo el día y la idea de compensar tantos años de bellaquería azuzaba su determinación. Quizá pueda ser un Robin Hood, dijo frotándose el mentón en actitud pensante. Llegó a un lugar entre unas chacras deshabitadas. Se quedó en su asiento pensando en cómo hacerlo, no estaba muy seguro de lo que iba a hacer. Cuando finalmente salió del carro y abrió la puerta trasera se sintió estremecerse, no sabía hacerlo, comenzó a pensar en que haría si despertase, que le diría al hombre, era necesario propinarle un golpe, se preguntaba. Su trasero del hombre daba justo a la puerta, lo que ayudo a que pueda escamotearle la billetera. Sorprendido por la agilidad con la que lo hizo quiso revisarla en ese momento, ver si había valido la pena la aventura de reivindicación social. Pero se dio cuenta que era mucho arriesgarse. Cogió al hombre de los brazos  y lo arrastró fuera del auto. El mofletudo aristócrata estaba tendido en el arenal ya. Pedro le vio el rostro por primera vez: debía tener unos cuarenta años de edad, tenía el rostro blanco y de piel frágil, unos ralos cabellos blancos adornaban sus patillas. De pronto sintió algo en el pecho. Y si este hombre no era funcionario público, por su apariencia más parecía un empresario o un banquero, pero no un sátrapa del gobierno, pensó. Se acercó al cuerpo que yacía en el piso y exclamó: ¡mierda, es Gabriel Belmonte! El periodista parecía recobrar la conciencia. Pedro entró al auto apresurado y se esfumó de la escena dejando solo estelas de arena detrás. Mientras salía de la zona desierta cogió la billetera y le echó un ojo al interior: 200 dólares. Se alegró pero desde la página central del periódico la imagen de Gabriel Belmonte lo puso nuevamente nervioso.

sábado, 6 de febrero de 2010

El primer beso


Los aires de setiembre no habían tardado en llegar; Setiembre, mes que da inicio a la primavera, época en la que las personas se enamoran, dicen. En la escuela, Martha y yo no nos resignábamos a salir sin antes ver a Paulo y sus lindos ojos ensombrecidos.

-Hola Martha, que tal- Paulo estampó su linda sonrisa en esas cuatro palabras, como si cada una de ellas reclamarán la calidez de sus palabras.

-Hola chicos- señaló Martha tratando de disimular su estado soporífero, y además invitando a su amigo al plano situacional.

Mientras tanto yo me mantenía callada. Era imposible hablar de modo natural frente a los chicos, aún más, era imposible hablar para mí.

-Chicas, él es William- se dirigió a nosotras Paulo a su vez que nos invitó a conocer a su amigo.

Él, su amigo, se quedó quieto, sólo alzó las cejas y murmulló algo. Yo, trataba de ocultar mi tensión. Por la imagen que me imaginaba de mí, estaba como una botella de plástico agitada, a punto de estallar. Me sorprendió notar y más bien estuve algo distraída al recién fijarme que William se veía mucho más maduro que Paulo. Mientras Martha conversaba y ponía en acuerdo los detalles para la cita del sábado, yo caminaba envuelta en mí misma. No era idea mía la de salir con los chicos pero hacía tiempo que Martha me había planteado la idea y por más desinteresada que me mostraba no había forma de ahogar su propuesta. Sin embargo, al fin y al cabo, me imaginé como una niña tonta y miedosa así que accedí a su invitación. Ambas, reunidas en el cuarto de Martha, deliberábamos las cualidades estéticas, varoniles y de madurez -éste último no sé por qué se había vuelto tan esencial de un tiempo a esta parte- de los chicos de la escuela: mientras Gustavo aún era un niño torpe, jodido y porfiado, Paulo era callado, guapo y aparentaba ser mayor; aunque nuestros veredictos siempre se resolvían en torno a Paulo, era tácito el gusto singular que tenía Martha por él; ambas jugábamos a ser las juezas de quién era el más apuesto, pero Martha anhelaba también tener el papel de la novia del ganador a tal juego: Paulo.

Para el sábado por la noche el arreglo se había dado de la siguiente forma: Paulo estaría con Martha y yo estaría con William. William siempre había pasado desapercibido en nuestro juego imaginario de juezas del chico más atractivo de la escuela, quizá por su carácter parco o por su apego a pasar desapercibido; el hecho es que William me parecía un chico introspectivo que guardaba en su interior rencor o antipatía por cierta clase de gente, pero eso era un prejuicio que nunca lo comenté a nadie, solo lo mantenía en mi mente hasta el día en que Paulo lo presentó. En esa ocasión me pareció muy atractivo verlo arquear sus cejas, como presumiendo de algo, con un rostro invulnerable, inmóvil, sin vida; quizá tuve esa impresión porque yo en ese momento era presa del pánico por estar en esa situación, y él parecía restarle importancia al hecho en sí. Estuve pensando en William y la imposible idea de besarlo. Martha aun no era la novia de Paulo pero ya se habían besado y se presumía que ese sábado se harían novios. Martha me decía: “William se ve tan apuesto y maduro, cómo es posible que nunca nos hallamos fijado en él”. Y es cierto, William era apuesto, pero también misterioso. Aún en mi mente renegaba del momento en que claudiqué a la idea de salir en pareja, pero en algún momento tenía que llegar ese momento, pensé, además eso me ponía en un nivel por encima de las demás chicas que aún jugaban y cuchicheaban entre ellas.

La noche del sábado llegó. Ambos se encontraban en la puerta del antiguo teatro La Merced. El sitio ofrecía una sombra poco iluminada y un lugar donde transitaba poca gente. Nos presentamos en sociedades de género pero Martha se encargó de deshacer tal unión que me dejó confundida. De igual forma decidí seguir. Paulo abrazó a Martha y ambos se adelantaron dejándonos a William y a mí solos atrás. William, un muchacho de años ulteriores a nosotras al igual que Paulo, era el personaje más enigmático esa noche. No habló nada mientras Martha y Paulo se alejaban fantasmalmente delante de nosotros. Yo entraba en pánico, qué le diría a este tipo.

-Podemos caminar si deseas.-dijo, en un sonido grave- Acompañémoslos, qué dices.-terminó con una sonrisa inquietante como haciendo un esfuerzo en no parecer él.

-Claro, vayamos- dije, en un remedo de voz templado poco convencedor.

Caminamos rumbo al cine como habíamos acordado con Martha. Llegando al cine, no había ni la más mínima huella de que Martha hubiese estado ahí. Me angustié. William sacó algo de su chaqueta.

-Entremos, yo invito.- sugirió de un modo cortés.

Aún tensa y angustiada pensé en que después de todo William no parecía un tipo que tuviese algún tipo de rencor hacia cierta gente o que guardase ojeriza o sentimientos malos. Esta transición me hizo relajarme un poco. Entramos al cine y nos ubicamos en las butacas medias y a la derecha de la sala. Era un cine modesto así que no tardé en sentir miedo del oscuro sepulcral que me estremecía las entrañas. A la mitad de la película sentí una mirada inquietante. Los ojos de William fijos y colgados de alguna parte de mi rostro. Casi suelto un grito de terror pero me contuve. Rodeó mis hombros con sus brazos y se acercó a mí lentamente. Me horroricé y me quedé inmóvil. El se siguió acercando y pronto en un ambiente bochornoso y azorado me sentí desmayar ante tantos cambios de temperatura y estado en mi rostro: mis ojos pestañeaban a un ritmo inseguro y mis mejillas temblaban como si temiesen reventar. Al fin sentí sus labios reposar en los míos en un desorden intestinal que fácil se puede confundir con el movimiento que hacen los peces cuando se les da de comer. Mi prima Estefanía me dijo, en su experiencia portentosa, que el primer beso nunca se te olvida, y mientras corría a la salida del cine me reprochaba a mí misma no haber dado un beso de amor.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Disciplina Allende


"Un día mientras buscaba mi camisa en la cama, encontré un libro de Allende y en la contraportada había una foto de ella. Tenía una mirada frágil que parecía un mar quieto, un vaso de agua cristalina, pura e impoluta. Me hice una auto-comparación. Yo era un vaso de ron seco, sucio con restos de cigarro y rajaduras en el pico".

Mi mamá conoció a Isabel Allende en un conocido bar en Santiago. Recuerdo la tarde donde en la sobremesa comentó el encuentro con la escritora chilena nacida en Lima. Como muchos de los escritores que leí de adolescente, en el fragor del acné y la introversión, Allende me supo en la medianoche un recurso onírico; mas mi madre me decía que la conoció en aquel bar de Santiago, tiempos antes de la llegada de Pinochet. Así, mi madre comentó, que la figura de un escritor se asemejaba más a un diplomático de la realidad que la de un sedicioso de la misma. A mí me atrajo la segunda opción. Es decir, representar la vida de la forma más infame y sin sobrecitos de edulcorante, como la es en realidad. Pero había otra característica de Allende que era bien conocida. Allende pertenecía a esa raza caucásica de la literatura que suenan a aristocracia y abundancia en la que un buen agente literario te puede llevar rápidamente a las estanterías en poco más que un chispazo. Era increíble como Allende en poco tiempo escribía y al mismo ritmo vendía de un zarpazo kilos y kilos de libros. Yo me indignaba de tanta vehemencia literaria, y fiel a mi envidia desprestigiaba y ninguneaba su éxito mediático. Sin embargo, luego valoré algo en ella que me costaba aceptar.

Mi madre, acostumbrada a darme todo de a pocos, suponía el hecho de también dedicarme a alguna rama del arte como el cine o la pintura, pero nunca se imaginó que esa comidilla de la sobremesa impregnaría una comezón por imaginar mundos distintos e investigar en la conducta humana. Así, mi madre fue poblando mi curiosidad por el arte: me enseñaba las pinturas que hacía, me las explicaba como quien enseña a su hijo a manejar bicicleta, pensando que en algún momento me pondría a pintar como ella pero, la verdad, no sé si exista algún bosquejo siquiera de alguna pintura hecha por mí; la cuestión es que pronto mi madre se dio cuenta y me fue dejando poco a poco a que encontrase mi camino (Hoy, a veces, en broma le pregunto si es que me puede dar una manito). Entonces comencé a escribir cuentos cortos en las que los personajes eran hombres poco honrosos, que bebían y se acostaban con miles de mujeres, creyendo encontrar en el sexo el motor de la vida. Consecuentemente, poco a poco me fui quedando solo, mi madre y mi familia se dispersó por el continente. Mi hermana se fue a Portugal, mi madre se asentó en Brasil, mi queridísima tía Fidela se fue a la Argentina, y el retraído de mi padre siguió con la música. Comencé a frecuentar los bares del centro de Lima, a encontrar personas inteligentes y fieles a la amistad, cosa rara, pues o son explosivamente brillantes o son amigos incondicionales; tal fue mi fortuna que conocí a un escueto personaje llamado Sandro, de quien no conozco una frase inteligente, pero su corazón me lo llevo a todos lados como símbolo de su amistad en los momentos menos felices. Siendo un cochambroso jovenzuelo atizado por el alcohol no encontré una mujer sincera que me quiera de verdad. Entonces, me volví un disoluto ciudadano congruente con la vida fácil: despertaba, comía, escribía algo, me embriagaba y el resto no lo recordaba pero al día siguiente no amanecía en mi cama y menos solo.

Un día mientras buscaba mi camisa en la cama, encontré un libro de Allende y en la contraportada había una foto de ella. Tenía una mirada frágil que parecía un mar quieto, un vaso de agua cristalina, pura e impoluta. Me hice una auto-comparación. Yo era un vaso de ron seco, sucio con restos de cigarro y rajaduras en el pico. Lo que antes me parecía deleznable y poco respetable, pareció cobrar lógica. Allende era una escritora prolija que ahora tenía decenas de libros, había adquirido cierta fama y sus libros se vendían como ropas en una tienda. Dejé a un lado la cobardía y el egoísmo, y pensé en que esa mujer no podía haber logrado todo eso en base a simple suerte o apoyo publicitario -al menos no del todo-, esa mujer tenía algo que yo hace tiempo había dejado de hacer y que mi madre poco me acostumbró: disciplina. Desde ese día dejé la bebida, me asenté en una casa en Barranco, terminé dos novelas, conocí a mi esposa, me casé y tuve dos hijos. La literatura te da este tipo de satisfacciones.

jueves, 29 de octubre de 2009

Hasta que me orinen los perros*


Encontrar un tipo zampadazo en la calle. Subirlo al taxi. Hacerle dar vueltas hasta que quede dormido. Si es recio para dormir aplicarle cloroformo. Desvalijarle prudentemente. Venderlo en un hueco de ladrones para que terminen el cuento. Cobrar tu comisión y seguir con la búsqueda. Gran negocio ser proveedor de borrachos.

Antes, el vaso era una extensión de mis dedos. Creía ser sensato al beber, al comienzo, pero al discurrir por mis manos, pasadas las 3 de la mañana, litros y, quizá, hectolitros de alcohol me dejaba llevar por un río imaginario hasta donde, finalmente, desembocara. La excusa absurda era que estaba en la casa de un amigo, pero la realidad es que cuando uno está hasta el trapo (que es como se dice a una persona cuando se tambalea de un lado a otro sin saber a dónde va) no sabes quién es tu amigo, o siendo más exacto, todos son tus amigos, hasta el taxista ese, que te sonríe brillosamente desde un taxi sin placa y con las lunas rotas. Además a esa hora y en esa condición me creía el hombre más fuerte y temerario de la noche, capaz de zarandear a cualquiera, de amedrentar y resoplar hasta al más bravo de los cobardes. En esas fraudulentas circunstancias, alguna vez, sin saberlo, claro, al menos guiado, al inicio, con la desconfianza innata de un limeño, me sentaba en un taxi saliendo de la avenida Túpac Amaru, hablaba algo con el chofer, como haciéndole saber que no estoy ebrio y que no tengo intenciones de dormir, y luego sin saber cómo, ni dónde, ni cuándo, descansaba, a baba viva, en el asiento colindante al individuo al volante, totalmente vulnerable a la formación que haya tenido ese sujeto y cómo le haya tratado la vida. Me sentía seguro saber que el alcalde de Los Olivos había aumentado las patrullas y la seguridad ciudadana, pero al final de cuenta, era Los Olivos, hogar de desmanteladores de carros, ladrones discretos y adolescentes bellacos, y así mi cuerpo se relajaba en el cruce de la avenida Carlos Izaguirre con la Panamericana Norte. Pensar que estaba tan cerca de que el taxista virara al extremo infeliz, me golpearan, me calatearan y me tiraran a la calle para que me orinen los perros. Felizmente nunca me sucedió, aunque ingenuo fui, tanto como desmedido e idiota.

* “Hasta que me orinen los perros”. Fernando Ampuero.

jueves, 6 de agosto de 2009

Camino hacia el mismo lugar de todas las noches


"El hombre tiene la piel blanca, los hombros grandes y las piernas derechas. Todo lo contrario a mí. Se mueve bruscamente a un lado y me logra empujar. Me río cabizbajo, me hago a un lado. El hombre gira su cabellera castaña, sus ojos están cargados de desprecio. Me escupe"

Las personas se mueven en base a impostaciones. Todos son unos impostores, unos tristes canallas de la realidad. Se mueven en el mundo a través de mascaras morales, disfraces diplomáticos, velos de príncipe del bien, amuletos de lo que la gente considera bien visto. Andar en camisa y corbata no es lo mío. Odio las corbatas, las repudio por ser absurdas, ridículas e hipócritas: se amarran al cuello, aprietan la tráquea, concentran litros de sudor ¿por qué las usan? Me gustan las mujeres grandes, inmensas, de bustos y caderas llamativas, como Lucía, como Morelia, la señora que me alquila la habitación. Me presento como debe ser: Hola, ¿quieres acostarte?, le propongo. Es la noche de aquella tarde muda, son las seis y el color del cielo se desvanece, yo recién amanezco. Salto de la cama de un salto, un cartón cae al suelo, las patas de la cama ceden al esfuerzo de las termitas, mi cama se derrumba, un ratón se mueve por detrás del mueble del armario, el polvo de debajo de la cama se eleva como una cortina a los lados de la cama. Se ve genial. Resbalo con algo de agua sucia que utilicé para lavar mis zapatos, estaban embarrados de excremento. Pateo un trapo blanco, cae sobre el plato desierto de comida que se quedó ayer en la noche. Me pongo el saco y salgo rumbo a la calle. Bajo por las escaleras y pido prestado el baño de la señora Morelia. Aquella señora que le tengo bien pagadas los meses de alquiler, por adelantado. No mojes el piso, me advierte. Enjuago mis brazos, mi cara, el agua le da vida a mi rostro cada vez más oscuro. Llevo el agua de adelante hacia atrás por mi cabellera, todo se ve muy negro, el cabello, los ojos, las uñas. Salgo. Salto el último escalón, forcejeo la puerta y ésta me golpea el hombro. Estoy en la acera. Un hombre de corbata se acerca y se detiene. ¡Muévete imbécil!, su mirada tiene ira y algo de desprecio. Me quedo paralizado, lo miro, no puedo hablar, no me puedo mover, ni más. El hombre tiene la piel blanca, los hombros grandes y las piernas derechas. Todo lo contrario a mí. Se mueve bruscamente a un lado y me logra empujar brusca y deliberadamente. Me río cabizbajo, me hago a un lado. El hombre gira su cabellera castaña, sus ojos están cargados de desprecio. Me escupe. Lo miro entrecortado. ¡Loco de mierda!, me grita y lanza su cigarro al piso. Lo recojo rápidamente, lo agarro en dos dedos y lo meto en mis labios puntiagudos, lo absorbo, siento el olor a humo, el calor frágil, algo en mi cuerpo se inyecta de turbulencia. Apuro en darle otra bocanada, se acabó. Aún no es de noche, no del todo. Mi rostro aún se puede confundir con la de un mendigo, pero no soy un mendigo, soy más astuto que ellos. Camino hacia el mismo lugar de todas las noches. Me detengo, me hago delgado y me coloco detrás del umbral negro. Un muchacho viene hacia mí. Salto detrás de él y le doy un golpe con un pedazo de radio que estaba en el suelo. Es fuerte, se rehúsa a dormir, está en el piso, tiene la cabeza mojada, los ojos desviados, está en mi territorio, es donde mando yo. Lo que quiero es dinero, no me importa él, además no se ve como el hombre del cigarro, él es más bien un muchacho, un poco distraído solamente, como todos alguna vez. Camino hacia el mismo lugar de todas las noches. Bebo mucho, me acuesto con ‘la verde’, ella sabe mis gustos. Rumbo a mi cuarto, escucho el sonido del cielo, las estrellas, me piden que les hable, que les diga cuál es el secreto de mi felicidad. Me quedo callado nuevamente ¡Maldito hombre, dínoslo! Me gritan desaforadamente, las lunas tiemblan, el piso se mueve. Me quedo paralizado, miro al cielo, no puedo hablar, no me puedo mover, ni más. Un hombre en auto pisa una lata de cerveza. Me levanto, sigo caminando. No sé la hora, pero el cielo comienza a aparecer. Camino hacia mi cuarto, el rostro lo siento duro, no siento mi piel. En el camino, veo la luz prendida del cuarto de Lucía, aún se ve mi sombra, aún soy yo. Un hombre abandona la casa de Lucía. Lo espero. Me mira y se asusta, sus ojos se hacen grandes, su mirada es de terror, tiene la cabeza muy arriba, como todos aquellos. Le sonrío ¿Sabes dónde puedes encontrar un mundo donde nadie es bueno, ni malo, ni rico, ni pobre, ni blanco, ni negro, ni elegante, ni sucio? Ese lugar esta allá arriba, en las estrellas, en el sol, donde nuestros cuerpos se queman, donde nuestras almas caminan desnudas, donde tu maldito dinero no sirve de nada, donde puedo caminar sin que nadie se asuste de mis ojos turbios, de mi deformidad diabólica, de mi sonrisa detestable, de mi aliento lúgubre. Su vientre estaba mojado. Sus manos desgarraban mi piel, yo sentía su olor a sexo en la cara, su cuerpo era caliente, su corbata era roja, colorida, absurda, hipócrita. Sus ojos diagnosticaban pavor, doy vuelta a mi muñeca, el puñal sale empapado. Le acomodo la corbata roja, me levanto y corro hacia mi habitación, es ya de día, no soy yo.

sábado, 31 de enero de 2009

La Novela Perfecta



Te dicen que me han visto con otra. En una clara señal de impaciencia me preguntas si te he sido infiel. No le vas con rodeos, ni utilizas algún tipo de eufemismo, me lanzas la pregunta como una certera bala en la sien. Tu pregunta me deja perplejo, congelado, y comienzo a pensar en quién podría haberte dicho eso, de dónde sacan esas patochadas, qué gente para más cizañera y entrometida. Me quedo callado pensando en la situación, me parece cómica. Justo ese día llegué tarde a la cita porque me pararon el carro por cambiar de carril dónde no se podía; pienso que cuando algo me sale mal es porque lo que se viene va a ser peor, así que me preparo para lo que sigue. Tú atribuyes esa divagación como una confirmación de que te he sido infiel. Yo te pregunto de dónde sacas esas cosas. Mientras indago en tu rostro desconfiado las razones de tu pregunta, al costado tuyo pasa la hermana de Saúl, mi amigo, y me quedo mirándola para saber si es en realidad ella. Tú me miras con odio y por poco me sueltas una bofetada, me dices que estoy mirando a otra estando tú presente, que cómo seré cuando no estás, que es verdad lo que te han dicho, que soy un gran conquistador, un descarado, y yo me pregunto en mi cabeza, si a las justas tú me haces caso cómo diantres voy a poder entrarle a otra mujer; soy tan torpe para congeniar con una mujer que cuando te dije que me gustabas me lancé sobre tus labios para evitar que me dijeses que no. Tú me dices que lo nuestro ha pasado a ser cosa de pura apariencia pero que entre nosotros se ha acabado el amor, de que yo soy el culpable de haber socavado la relación con mi frialdad y desfachatez. “Pero, mi amor”, te digo, “yo te quiero”. Tú me dices que debo amarte, que se quiere a una mascota, que se quiere un pan, o cualquier otra cosa insignificante. Me concentro e intento sacar a relucir todo mi repertorio tele-novelesco que tengo en mente, pero apenas hablo me salen puras letras de canciones conocidas: “Por tocar tu piel lo doy todo en el mundo, me rindo a tus pies, me siento vagabundo”, “no hay cielo que cubra todo lo que siento por ti”. Entonces me arrodillo suplicando perdón, qué extraño, no sé qué hice. Finalmente siento que debo ser sincero y hablar con el corazón: “Sabes que tú eres…”, mi discurso es interrumpido por el sonido de mi celular, veo el celular, en la pantalla aparece el nombre de “la otra”. Recuerdo que ayer “la otra” estaba jugando con mi celular, qué ocurrente pienso. Pero “la otra” no es más que una amiga con la que hablamos bacán y nos vacilamos, sanamente claro está. “Aló… Estoy ocupado, te llamo luego ok?” le contesto rápidamente. Tú te pones iracunda, me dices que segura era la otra, y es cierto, pero no es lo que te imaginas, o sea, es una amiga, nada más. Te levantas de la mesa, sales del restaurante corriendo y pienso qué trágico y de novela sería que te atropellara una combi (*) y que luego perdieses la memoria de algunos minutos atrás. Me pregunto si soy perverso o idiota. Sin embargo es una combi la que se para frente tuyo y te subes rauda y agresiva. Me apena de que te hayas ido, tenía a las justas para pagar la cuenta. Pago la cuenta renegando y me subo al carro. Estoy molesto, molestísimo por la forma en la que alguien puede hacer problemas por nada, me pregunto por qué esa naturaleza orate de algunas mujeres, pero por otro lado me siento bien de que hayamos peleado, puedo darme algunas libertades, me acurruco en el asiento y prendo un cigarrillo, en el espejo retrovisor veo tu imagen, me miras con una ceja inclinada y las fosas nasales como a punto de erupcionar. Giro violentamente entre asustado y sorprendido, el cigarro cae en mi entrepierna, salto en el asiento, me golpeo la cabeza, una señora me mira desde la acera.

Pongo primera, y arranco en dirección al Negro-negro, bar situado en los oscuros de la plaza San Martín, hace mucho tiempo que no bebo un buen pisco. Una combi se me adelanta súbitamente, “estos cojudos se han confabulado contigo”, pienso. El celular suena nuevamente. “La otra”. “¡¡¡¿Estas por la plaza San Martin?!!!” le pregunto asombrado, y me pongo a pensar en las coincidencias de la vida. “Justo estaba yendo para allá, nos vemos ahí, llego en 10 minutos” le confirmo, pienso que necesito alguien a quién contarle mis penas y frustraciones del amor. Estaciono el carro en un pasaje cerca a la plaza, le juego un sencillo a un hombre para que me cuide el carro: “Pierda cuidado” me dice, yo le creo. En la plaza alguien me recibe por atrás, emito un pequeño alarido. “Qué poco varonil sonó eso” me dice, nos reímos. “¿Cómo estaaaaaaás?” me dice, alargando la “a” y sosteniéndome por el hombro, levemente baja sus brazos rodeándome los míos. “Un poco mal, he tenido una pelea con mi enamorada, tu sabes” le explico a la vez que mi mirada se queda clavada en su formidable escote casi perceptible desde la luna. “Qué te parece si vamos a tomar algo” le pregunto. Ella juega a decir que no, que lo está pensando un poco, la entiendo. “Ok, vamos, para que me cuentes tus penas” finalmente se ríe pícaramente. Tiene el cabello lacio, la figura delicada, y la voz dulce, pero sobretodo tiene ese grandioso y amable triangulo que me vuelve vulnerable, esa parte de adelante de la cual quiero ser el comandante, Calamaro suena bien, a veces. Bebemos un par, no creo que hayan sido más de tres. Salimos a la calle nuevamente, ella me tiene sujeto del brazo y yo la miro de reojo, me parece atractiva, siempre me pareció atractiva solo que esta vez tengo el valor para decírselo. “¿Vamos a tu carro?” me pregunta. “Acepto la invitación” le respondo mirándole los pechos, es imposible hablar con ella sin que sus pechos se entrometan en la conversación. “Hagamos una carrera hasta el carro” me dice con una carita de niña dulce y tierna, “si ganas, hago lo que tú quieras” prosigue apretándose el busto y haciéndolo más irresistible, me siento un perro en pleno experimento de estímulo-respuesta. “Me agrada esa idea, te parece a la voz de tres… una, dos, y… ¡tres!” y corro como si estuviera en los 100 metros planos, solo que estos son del placer. Pienso que no hay mejor estímulo en el deporte que algo como esto, nuestros deportistas nos traerían más medallas, nuestros futbolistas irían al mundial. Salto la acera como una gacela, más bien como un simio rabioso, y cruzo la calle como una bala. De pronto, no sé en qué momento, siento que soy sacado de mi ruta abruptamente. Quedo 15 segundos sin tocar el suelo, 15 segundos sin sentir nada más que el silencio y una sensación de no tener control. Luego de ese tiempo me siento caer y ser arremetido por golpes incesantes. Al final quedo con el pantalón hecho trizas, parte de mi trasero mira desconcertado al cielo, sudoroso de sangre, mi brazo izquierdo no lo encuentro en ninguna parte de mi cerebro, poco a poco voy sintiendo bulla y cacareos a mi alrededor, alcanzo a ver una cabeza que me mira al revés, me pregunta si estoy bien, “¿Ah?” contesto.

En el hospital todos me acompañan, mis papás, mi hermano mayor, por supuesto tú, y “la otra”. Ambas están a un extremo de la otra. “La otra” lleva vestida una blusa naranja muy distinta a la que llevaba puesta hace un rato, y ahí es cuando me doy cuenta de que ya es otro día. “Sé que me merezco estar donde estoy: postrado en una cama quejosa, entumecido y maloliente” pienso en mi interior. En el momento menos pensado todos se van y me encuentro solo, un poco triste, minusválido, desamparado, cómo quisiera que estés a mi lado y me cuides. Los 4 días siguientes no te vuelvo a ver, pregunto por ti y me dicen la verdad: “No te quiere ver para nada, hijito, vino para saber solo si estabas vivo”. La verdad es dura, pero necesaria, a veces. Ese mismo día me dieron de alta con mil limitaciones de por medio. El carro que me atropelló se dio a la fuga, yo quedé con fracturas muy graves en la cadera, el brazo izquierdo dislocado, y mis nalgas no podían dar el menor roce con algo, me pusieron una almohadilla de algodón en el asiento; de esa manera tenía que andar por algún tiempo, me sentía muy mal. A la semana, cuando ya no usaba la almohadilla en las nalgas, te fui a visitar a tu casa. Tu mamá me atendió, me dijo que no estabas, que habías salido hace un par de horas. No te llamé porque pensé que te encontraría en tu casa, al ver que no estabas, regresé a la mía, sentí que tu madre sentía lástima por mí cuando cerraba la puerta, me la imaginé llorando por su yerno favorito. Al dar la vuelta a la esquina te vi junto a ese “tu amiguito” que venían caminando, conversando muy placenteros; sentí tanta rabia de que ese cretino te estuviese asediando a penas se enteró de nuestra discusión que pensé en esconderme detrás de la esquina y doblar justo cuando ustedes pasaran, de tal manera que le propinaba un certero golpe en la tibia. Calculé el tiempo necesario y aparecí con fuerza para darle en el justo de su exangüe canilla. Una motocicleta me arroyó sin medida, yo caí a un costado de la vereda, con el cuerpo inclinado y el cuello retorcido. Mientras tú me auxiliabas pensé: “tengo que escribir esta novela”.

(*) Vehículo pequeño y ligero que sirve para el transporte público. Se caracteriza por extralimitarse con la capacidad de pasajeros y atropellar uno que otro aciago peatón.