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lunes, 19 de marzo de 2012

Almuerzo tweet


Cae sobre mi mesa un ingenuo plato de arroz con pollo. Doña Rosita endulza a unos comensales extraviados y desconfiados. ¡Qué tal pierna!, exclamo. El culantro se mete a mi alma a través de mis fosas nasales. Doña Rosita seduce a dos más mientras ocupa la larga mesa donde hace picadillo los ingredientes de un lomo saltado. No me resisto a la provocación exhuberante del plato en manos y cojo la pierna con la mano y la acerco a mis fauces; a mi costado me observa una mujer con los ojos centelleantes: ¡Cuánta elegancia en tu comer! Sonrío y le doy el primer mordisco.

miércoles, 20 de julio de 2011

El Bohemio


Extrañaba darme un buen baño. Me costó mucho trabajo deshacerme de la ropa que llevaba puesto, sobretodo de las botas llenas de fango y excremento. Cuando por fin estuve desnudo abrí la ducha esperando caer el chorro de agua fría y salvaje. Una lluvia fina de agua blanca cubrió mi cuerpo como una sábana inexorable. El piso de la ducha comenzó a pintarse de un negro rojizo. En el medio de mi torso la sangre se había secado con los vellos y mis dedos se enmarañaban cuando trataba de cubrir esa zona del cuerpo selváticamente enlodado. Dejé caer el agua por un momento indefinido para que el líquido refregara los pedazos de barro que contenía mi oblonga humanidad. Ella vino a mí, cosa que nunca suele suceder, se puso histérica, no sé cómo me pudo reconocer, al principio me negué, salí huyendo del local, pero en menos de un pestañeo, dos hombres estaban ahí para partirme la cara. Rosita, la mujer que sirve el licor en El Bohemio, se inquietó. Uno me cogió del brazo y me empujó sobre la orinada puerta del local; antes de caer, me lo llevé al piso conmigo. Comenzó a golpearme diciéndome que no me meta con su novia. Un lío de faldas y braguetas, pensé. Lo agarré de la camisa y no lo solté para que no se separara de mi cuerpo y no tuviera espacio para embadurnarme de puñetes. ¡Qué carajo tienes, estas equivocado!, le dije y en el momento menos pensado mi pierna le alcanzó el pecho y lo hizo revolcarse a un costado mío. Para mi mala suerte el otro tipo me sorprendió con una patada en el maldito estómago. Que me golpearan por haber violado a su novia, a su hermana o a su mamá lo podía aguantar, pero ese golpe en mi estómago lleno de botellas de cervezas, a esa hora de la noche, aceleró mis procesos vomitivos; acabé desparramado en medio de la calle desangrándome de sustancias por la boca. Me dejaron terminar y uno de ellos, el que tenía cara de asno, el de la patada artera, me agarró de la camisa floreada de los viernes en El Bohemio, y me levantó como un trapo de litera. Me subió a una camioneta. Escuché a Rosita quejarse que me dejaran.

Me sentía el hombre más borracho, aunque recién eran las dos de la madrugada. Uno de ellos me tenía abrazado del cuello, sentí un calor paternal en sus brazos, pero lo que hacía era mantenerme resguardado si es que pretendía hacer algo. Para ponerlo a prueba alcé la mano derecha. Y de inmediato mis dos manos estaban aferradas a su brazo de leñador antiguo suplicando que deje de asfixiarme. No te muevas idiota, me dijo. Todo era oscuro. El carro hizo una parada y escuché que se abrieron las puertas delanteras. La voz de una mujer parecía discutir con la de un hombre. Alguien abrió una puerta trasera y me jalaron desde ese lado hacia afuera: la humedad del suelo y las hierbas me hicieron pensar que estaba cerca al río, pero mis instintos de detective se esfumaron cuando recibí un puntapié en el culo. Reconocí al hombre cara de asno delante de mí. Mierda, que les pasa, me van a matar a golpes, les dije. La mujer me miró a los ojos con odio. Este es el maldito que me violó, dijo la mujer que no lograba reconocerla, tenía los ojos orientales y la piel muy delgada, exangüe, aunque llevaba consigo una falda corta que instigaba lujuria. Oigan, les dije dirigiéndome a los varones, no había porqué hacer caso a la mujer, después de todo los hombres tenemos mejor poder de negociación y en casos como estos donde ha habido confusiones propias del alcohol lo mejor era compensarlo con algún favor. Pero creo que sabían que peores palizas me habían dado por no pagar cuentas que por otra cosa, por lo que se rieron con ironía. Me levanté, era una noche más oscura que el drama que vivía en ese momento pero sabía que iba a salir de esta, hice el esfuerzo de arquearme y comencé a graficar una escena de regurgitaciones. El tipo que parecía ser el novio o el proxeneta o el hijo negado o el asesino por comida, puso en mi culo un metal de forma de pistola. Tú la violaste, ahora te violamos nosotros, así de fácil, me dijo. Fue un momento en el que comprendí que la cosa iba en serio, nunca antes hasta ese momento mis cojones se habían encogido de miedo, me sentía realmente jodido y sin salida, sustenté que me encontraba en la posibilidad de que me violen y me maten al mismo tiempo de un disparo de fulminación escatológica y humillante. No voy a decir esa estúpida y cursi idea de que toda mi vida pasó por un segundo, sino que se me vinieron a la mente todas las mujeres con las que me había acostado, o mejor dicho a las que había obligado acostarme, y a fin de cuentas, pensé, que esa había sido mi vida, entre mujeres y sexo, nada más simple y vacuo que eso, y entonces fue que me dije que era un estúpido y un cursi y merecía morir por nunca encontrar mejor motivación que lo carnal.

Desperté del sueño efímero porque escuché los gritos de Rosita y unos más de alguna gente que habían venido a salvarme, aunque ahora pienso si realmente vinieron a salvarme o a cerciorarse de que, ahora sí, me habían dado de baja en este mundo. Fueron unos segundos vitales, de adrenalina extrema, en la que volteé violentamente y le exprimí un ojo de un puñetazo al cobarde reprimido que me apuntaba con el arma mi espacio más sagrado. Salí corriendo en dirección opuesta a la gente, ahora sé que hice mal. La mujer de ojos chinos gritó una lisura y corrió tras de mí, pero escuché que se tropezó en la oscuridad y otra lisura se ahogó en lamentos. El tipo con cara de asno, brazos de boxeador y piernas de futbolista corrió tras de mí pero cuando volteé a ver si me alcanzaba era tan torpe y lento que casi me río pero me contuve. Tropecé con algo y sentí un vacío en el espacio hasta que por fin di con el suelo. Todo mi cuerpo cayó sobre mi brazo izquierdo y algo sonó como una madera rota. Mi hueso, pensé. Solo sentí un silencioso dolor y una anestesia de todo el lado izquierdo de mi torso. Alguien llegó hasta donde estaba y me gritó: ¡hijo de puta! Todos nos vendemos en este mundo putañero, pensé contestarle pero me contuve. Como tenía todo un lado anestesiado me levanté del otro, llegué al borde de un pequeño acantilado y pensé si en lanzarme o seguir la rivera del río hasta el puente y escabullirme por algún recodo, pero nuevamente me sorprendió el pensamiento con un disparo que me rozó la costilla y me lanzó al vacío. Rodé como una bolsa de basura más, entre latas y ratas, cajones y condones, bateas y botellas, hasta que por fin quedé tieso a un lado del río, entre toda la mierda de la ciudad. ¿Este es mi lugar?, me pregunté. Seguro todos me daban por muerto. Tenía un brazo roto y un raspón de bala a media barriga, estaba exhausto y solo quería cerrar los ojos. Me dejé dormir y desperté en la mañana solo cuando alguien arrojó una bolsa de basura, restos del fin de una jornada de cantina. Me logré movilizar un poco y paulatinamente me pude poner de pie.

El agua había terminado de enjuagarme. Cogí la toalla de Rosita y salí del baño. Cuando salí ella me esperaba en la mesa con un plato de huevos fritos y yuca. Me sentí tan ridículo. Me ofreció unas ropas que colgaban en una silla. Le agradecí con una sonrisa tímida. Luego iremos a la posta a ver tu brazo, me dijo con una voz que no admite dudas y más bien se acerca a lo materno. Claro, le dije. Alguien tocó la puerta. Tengo que salir un rato, quédate acá, vengo en un ratito, me dijo. Gracias otra vez Rosita, le dije. Y salió y yo me quedé desnudo en la cama, con un brazo colgando como un saco al hombro, inútil, desvalido, huérfano, viendo desde la ventana a la mujer que todas las noches me acompaña sirviendo el licor.

jueves, 14 de julio de 2011

Lorena en el pasado


Llegué al hotel agitado, escapando de la lluvia. Anita, la recepcionista, viéndome entrar me saludó con una mirada esquiva. La saludé como de costumbre pero parecía estar tocada por la discrecionalidad: apartó los ojos hacia su escritorio, se solazó en su computadora. Horas antes, por la mañana, habíamos bromeado acerca de mi edad, ahora algo la hacía parecer extraña, un trabajador más del hotel, yo consideraba a Anita casi una amiga. Le iba a preguntar si pasaba algo pero antes de que dijera algo me habló con una voz que me pareció más rara aún: “Profesor, una señorita lo está esperando. Llegó hace media hora, preguntó por usted, me dijo que era una amiga suya”, Anita parecía estar guardándome un secreto, me pareció extraño, nunca había tratado de ocultar algo en mi vida. “Gracias Anita”, le dije, cogí las llaves y busqué con la mirada a quien me esperaba. Eran las cuatro de la tarde, en el hotel un grupo de personas llegaban portando maletas y mochilas, parecían hacer turismo en la ciudad de Arequipa. Sentada en una esquina una mujer de pantalones jean, zapatillas y lentes ojeaba una revista. Tenía un atuendo rápido y simple. Estaba enfrascada en el cuadernillo con una avidez que me costó trabajo saber quién era. A penas se sintió invadida, cerró de un golpe la revista y me dirigió sus celestinos ojos que se traslucían en medio de esos cristales enmarcados: había una mezcla de espasmo y sorpresa. Igual fue mi admiración al reconocer cuánto había cambiado.


- Profesor Fernandini, ¿se acuerda de mí?

- Claro. Cómo estas, Lorena, qué haces por aquí.
- Vine a verlo, necesito hablar con usted.
- Está bien. ¿Vienes sola?
- De eso quiero hablar con usted, no estoy aquí porque haya querido sino que muchas cosas me han traído hasta aquí, a verlo a usted; sé que me puede ayudar.
- Esta bien, Lorena, me gustaría poder ayudarte. Voy a dejar estas cosas y vuelvo, espérame aquí mismo por favor, no tardo.


En su mirada había tranquilidad, como si hubiese llegado a un puerto a descansar, se sentó a esperarme mientras yo dejaba mis cosas de la universidad en mi habitación. Había cambiado bastante, la figura de la chica de dieciséis años, inquieta, provocativa, había dado paso a una mujer joven sosegada y madura. Subí pensando en esta necesidad de apoyo emocional que todos necesitamos, pensé en que algo fuerte debió haberle pasado para que acuda a mí estando en otra ciudad y habiendo pasado cerca de cinco años. Cuando bajé Lorena ya no estaba. Le pregunté a Anita por ella y me dijo que debió haberse ido cuando ella fue al almacén por unas cojines para un huésped. No había nadie más en la sala. Salí a caminar pensando que quizá ella estuviese allá afuera; antes le dejé un recado a Anita, quien se comportaba de una forma muy extraña ese día; no creo que fueran celos. Ya había escampado afuera así que decidí caminar hacia la librería a comprar unos archiveros para la clase en la universidad. Cuando ingresé a la tienda un par de chicas se tomaban fotos entre los anaqueles. Una de ellas me hizo recordar a Lorena: sus medias que alargaban sus pantorrillas y delineaban el límite de sus piernas, su mirada de desafío y holgura. Debían terminar la secundaria ambas chicas y en el caso de la que me recordaba a Lorena, parecía encontrar en el histrionismo su válvula de escape, cogía del brazo a su amiga y juntas miraban a la cámara simulando un beso entre ellas. El eventual camarógrafo de esas picarescas fotos era un vendedor de la tienda. Recuerdo las veces en que caí en las ridículas bromas de Lorena, su escotada blusa, sus sutiles interrogantes sobre sexualidad. Recuerdo que me decía que “Cien años de soledad” había sido el mejor manual de erotismo. Era una extraordinaria lectora, audaz, rebelde, escéptica, que indagaba más en sus interpretaciones que en la de los libros de literatura. Ambos sabíamos que leía todos los libros que yo les mandaba a leer, pero en los exámenes no contestaba nada, dejándome en la decisión de si aprobarla o no. Yo, por supuesto, la aprobaba. Era una de mis alumnas preferidas. Y no porque tuviese el don de la duda más desarrollada que las demás chicas, muchas ingenuas que estudiaban los movimientos y descripciones de las obras de la literatura universal, sino porque la vida se le había adelantado para que tomara decisiones duras. A su padre, un policía borracho y sin honor que alguna vez tuvo la desgracia de golpearla, lo acribillaron en una cantina por no querer pagar la cuenta. Al quedar sola, sin su madre que radicaba en España desde que ella tenía cinco años, quedó lanzada al aire como una moneda, decidiendo ella, de forma maniquea, si encajaba mejor en la parte del bien o en los extramuros donde todas las chicas de su edad se refugiaban escapando de esa cosa que ellas solían llamar la realidad. Una mano tocó mi brazo y me sorprendió ver a Lorena parada enfrente de mí.


- ¿Dónde estuviste? Salí y ya no estabas. 

- Quiero que sepas algo – me dijo, impasible, pestañeando suavemente, sus labios parecían completamente secos y sin vida.
- Vamos, vayamos afuera – le dije.


Caminamos por la plaza, le pregunté si es que había pasado algo, que me contara y que yo le podía ayudar. Quiso decirme algo pero como si algo la atormentara, calló. Nos detuvimos en una banca y ella me miró a los ojos y me dijo que necesitaba cambiar de vida, dejar todo atrás, se puso a llorar. La agazapé contra mi pecho y la dejé gimotear por un rato, dándole tranquilidad. En ese momento me pareció tener a la muchachita de diecisiete años que siempre quise consolar. Sabía que su mundo frágil podía romperse en algún momento, tenía todas las condiciones para que así sucediera. Suavemente la dejé apartarse para dar espacio a lo que venía a decirme. Se calmó, yo la miraba con ternura.


- Siempre pensé en usted. Me di cuenta que lo hacía muchas veces pensando en el padre que quise tener, pero también me enamoré del hombre que era usted.

- No creo que me conocieras del todo- le dije.
- Exacto. Ya no soy una niña, quizá éste sea el último intento por dejarme llevar por lo que creo más romántico. Lo cierto es que usted representó para mí el momento donde me ahogué en el mundo sabiendo que existían personas como usted. Que se interesan por los demás. 
- Esa no me pareció tu actitud en los meses finales del último año. Aún te recuerdo, alejada de mí, mirándome desde un rincón de la clase de literatura, ajena a lo que siempre habíamos hablado. 
- Usted no solo me hablaba de Romeo y Julieta, sino de cómo explicaban esas historias nuestra conducta humana. De eso me sentía satisfecha cuando lo conocí. Me enamoré como una chiquilla tonta de su profesor, disculpe lo trillado del asunto.
- Eso suele suceder. No quiero desdramatizar tu historia, Lorena, pero: ¿qué es lo que trae hasta aquí buscándome? 
- Es cierto, debo decírtelo. No sé si lo ame ahora, pero existe en mi mente la idea de que hoy entiendo mejor las cosas que antes. Usted fue un desconocido para mí en el colegio. Era un excelente profesor y un buen amigo, pero nunca estuvimos en el mismo nivel, yo no entendía las cosas y quizá por eso me alejé de usted en los tiempos finales del colegio. Pasa lo mismo conmigo. Luego del colegio, hice mi vida como mejor pude. Siempre pensé en hacer mi vida en función de lo que necesitaba en el momento. No depender de nadie, solo divertirme, escaparme de la tortura espiritual que me sometía. En breves cuentas y para no seguir dando vueltas a las causas que me traen aquí: Una vez probé alguna droga, me gustó hacerlo, reditué mi cuerpo y ahora aquí estoy pensando cambiar mi vida de alguna manera contándole todo esto. Usted ya lo debe saber.
- Lorena, nuestras decisiones suelen ser así, las personas aprendemos de nuestros errores una vez que la cometemos. Siempre vamos a poder liberarnos de esa culpa una vez que la reconozcamos y seamos sinceros con nosotros. Ahora, debes saber que mi propia persona no es el modelo de conducta humana. Soy profesor y mi imagen ante los alumnos considéralo intachable, siempre será así, pero me he visto como todos, a resignarme a mi condición vulnerable y sentir que lo que hice no estuvo bien. 
- Lo sé.
- Si deseas cambiar de vida, tienes todo el derecho de hacerlo, sin pensar que alguien te va a señalar o recriminar por lo que hiciste, todos en algún momento hemos perdido la fe en quien somos.  
- Gracias profesor. Hace un mes vine aquí a la casa de una prima que no sabe qué vida tenía allá en Lima. Llegué muy delgada y enferma. Un día mi prima trajo unos trabajos de la universidad y ahí figuraba su nombre. Ramon Fernandini. Me sobresalté, pensé que era mi oportunidad para cambiar. Por eso lo busqué. – Se quedó callada, se esforzaba por seguir hablando- Descubrí algo que me hizo pensar en que todos éramos unos impostores.
- ¿Qué fue eso?
- Se lo contaré desde un principio: Una noche Mariana y dos amigas más fuimos a una discoteca para que nos presentaran con el dueño del local. El trato era bailar en unos espacios diseñados a los costados del interior del local vestidas de colegialas. A mí no me gustaba mucho la idea pero Mariana me convenció argumentando que no había nada de peligroso y que primero iríamos a ver. Cuando llegamos al local, nos entrevistamos con el dueño, un tipo calvo y fornido; fue muy amable en decirnos que podíamos aprender, primero, viendo el espectáculo; no había nada de censurable y que nos íbamos a divertir haciéndolo. Nos ubicó en una parte del local desde donde se podía ver toda la discoteca pero no se nos podía ver a nosotras. Era un ambiente estruendoso donde las figuras de hombres se aglomeraban alrededor de unas mesas con tragos y colillas de cigarro. Era un ambiente preponderantemente masculino lo cual me extrañó. Luego me di cuenta que era un night club, pero en ese momento aún no entendía la mecánica del movimiento ahí adentro. De pronto divisé la figura de un hombre en una de las esquinas. Una mujer se le acercó y le dijo algo al oído. Ambos se comunicaban de esa forma. Ese hombre era usted, profesor Fernandini, y esa una mujer como yo en algún momento. Luego de reconocer su rostro, no podía comprender que ese era usted por cuanto parecía un hombre distinto. Fue algo que me impactó mucho, no supe que pensar, usted era alguien a quien yo nunca me había imaginado así. Entonces me convencí de que usted era un impostor, alguien quien no merecía mi respeto, que era un profesor ejemplar pero tenía una vida oculta y salaz propensa a los placeres carnales, un verdadero impostor. No entendía nada. Luego eso me afectó tanto que dejé de frecuentarlo y sumergirme cada vez más en el refugio donde usted también habitaba. Al terminar la secundaria muchas chicas más estábamos en el negocio de las drogas y por ende de la prostitución. 
- Lorena, lo siento mucho, déjame explicarte algo... Primero, hay algo que quizá no sepas: Me enteré por Mariana que ustedes me habían visto aquella vez. Ella tuvo el valor para decírmelo. Si tú me lo hubieses dicho hubiésemos podido conversar sobre eso. Quizá ese fue nuestro error, pero como te decía no te sientas mal, eres una mujer que tuvo el coraje de salir de ese infierno que no todas logran escapar. Lo que te pasó fue el precio para entender que las personas solemos equivocarnos.
- Tengo veintiún años, profesor, y me cuesta creer que esté bien aquí y ahora. Gracias por escucharme.


Lorena se levantó del asiento y la vi más fuerte que nunca. Su mirada era la de quien se había conciliado con el pasado. Me miró con una sonrisa y me dijo que me quería. Yo la abracé fuertemente y le dije que también la quería. Ambos caminamos hacia el café más cercano mientras en las calles, nuevamente, comenzó a llover.

domingo, 29 de mayo de 2011

El demócrata del taxi


    En el otro lado del mundo se gestaba una manifestación impresionante para exigir a las autoridades de su país, España, una democracia justa y verdadera. Pedro Noicán, manejando su auto amarillo, piensa en su naturaleza anodina, insignificante pero representativa del común peruano: profesional taxista devenido en taxista profesional a la edad de treinta y dos años. Tiene la frente ancha y arrugada como si gran parte de su vida la hubiese pasado bajo el escepticismo. Todos los días compra el periódico El Nacional por lo consecuente de su línea editorial, diferente a otros diarios que en vez de tener una línea de opinión, sostiene, parecen tener una curva de opinión que se inclina hacia donde están los intereses más altos. Como taxista, su labor es conducir a las personas de un lugar a otro, obviamente, pero en el plano subjetivo es ser testigo involuntario del transcurrir de vidas que se mezclan, se esconden o se buscan. Y estar de cara a la realidad la mayor parte del día, por supuesto. Conocer el orden y el caos que impera las distintas distribuciones de la sociedad, pero ser consciente de su limitación cognoscitiva.

    Ayer subió a su carro un hombre que de pronto cayó dormido en el asiento trasero. Sólo subió y por el espejo retrovisor hizo la indicación de hacia donde quería ir. Pero en medio de su petición pareció trabarse y luego se calló abruptamente y también cayó con todo su peso sobre el asiento, sin más. Pedro se estacionó en una callecita de la avenida Camaná y se  quedó mirando por el espejo retrovisor. El hombre estaba tan inconsciente que si en ese momento eran arrollados por un hipotético tren, aquel regordete hombre de saco y corbata hubiese seguido durmiendo el sueño de los justos. Pensó que estaba ebrio pero al instante se dio cuenta que éste no tenía esa apariencia desaliñada de un borrachín que se excedió en el Bar Queirolo. Porque el tipo tenía apariencia de burgués. Así prefería llamarlos Pedro, declarado un hombre de izquierda, sociólogo egresado de universidad estatal, conspicuo enemigo de las grandes empresas, del clientelismo chicha, de la corrupción imperante, y por último y para rematar, del imperialismo yanqui, al estilo Chávez. Para él, estos burgueses representaban lo peor de la clase política peruana, eran unos adefesios arteros que hacían cualquier cosa por un poco de poder y dinero. Bajó del auto y abrió la puerta trasera con una actitud de fastidio. Vio que el hombre estaba quieto y lo último que deseaba era tener un burgués muerto en su auto. Lo samaqueó una y otra vez; le metió un zambombazo fuerte y ni así. No olía a alcohol así que descartó esa primera idea, pero sintió que el hombre respiraba, eso lo alivió. Pensó en llamar a la policía, pero se dijo, de pronto, por qué acudir a la autoridad más desprestigiada, esas cosas las podía arreglar solo. Era un iconoclasta majadero, a veces. Pretendió dejarlo en algún lugar lejano fuera de Lima para que escarmiente el sufrimiento de los más marginales. Sin embargo pronto cayó en cuenta que su ojeriza hacia esa clase de gente representada en ese pobre hombre anestesiado era absurda y contraproducente para sus intereses domésticos: ¿quién le pagaría esa carrera, finalmente? De nada sirve, se dijo, se acomodó en su asiento y abrió de par en par las páginas centrales de El Nacional, en la parte editorial: la columna del periodista Gabriel Belmonte, un remesón contestatario sobre el establishment. En la columna el intelectual hacía una analogía entre las razones del movimiento pacifista DRY en España -una bola de nieve que tiene como fundamento su desencanto con la clase política- y nuestros representantes en el gobierno. La frase ‘todo para el pueblo, sin el pueblo’ parece graficar de manera idónea el grito estentóreo que se escucha cada vez que un funcionario público abre la boca, pensó. Este miserable hombre que tengo aquí atrás, se preguntó a sí mismo: ¿podrá pagar tantos años de haberse servido de los impuestos que pagamos todos los peruanos? Sabía que no. En ese momento pensó que tal vez ese hombre podría, de manera simbólica al menos, devolver lo que su reino había malgastado durante tantos años de corruptela. Lo condujo entonces a un descampado en los arrabales. Estaba algo nervioso porque no sabía en qué momento iba a despertar. Había perdido casi todo el día y la idea de compensar tantos años de bellaquería azuzaba su determinación. Quizá pueda ser un Robin Hood, dijo frotándose el mentón en actitud pensante. Llegó a un lugar entre unas chacras deshabitadas. Se quedó en su asiento pensando en cómo hacerlo, no estaba muy seguro de lo que iba a hacer. Cuando finalmente salió del carro y abrió la puerta trasera se sintió estremecerse, no sabía hacerlo, comenzó a pensar en que haría si despertase, que le diría al hombre, era necesario propinarle un golpe, se preguntaba. Su trasero del hombre daba justo a la puerta, lo que ayudo a que pueda escamotearle la billetera. Sorprendido por la agilidad con la que lo hizo quiso revisarla en ese momento, ver si había valido la pena la aventura de reivindicación social. Pero se dio cuenta que era mucho arriesgarse. Cogió al hombre de los brazos  y lo arrastró fuera del auto. El mofletudo aristócrata estaba tendido en el arenal ya. Pedro le vio el rostro por primera vez: debía tener unos cuarenta años de edad, tenía el rostro blanco y de piel frágil, unos ralos cabellos blancos adornaban sus patillas. De pronto sintió algo en el pecho. Y si este hombre no era funcionario público, por su apariencia más parecía un empresario o un banquero, pero no un sátrapa del gobierno, pensó. Se acercó al cuerpo que yacía en el piso y exclamó: ¡mierda, es Gabriel Belmonte! El periodista parecía recobrar la conciencia. Pedro entró al auto apresurado y se esfumó de la escena dejando solo estelas de arena detrás. Mientras salía de la zona desierta cogió la billetera y le echó un ojo al interior: 200 dólares. Se alegró pero desde la página central del periódico la imagen de Gabriel Belmonte lo puso nuevamente nervioso.

martes, 3 de mayo de 2011

Más lejos y en la soledad


LA MUJER sin saber qué hacer y tan incómoda como se puede estar con un tipo que no te mira el rostro y parece estar también perturbado con tu presencia, se levanta del sillón y le dice que fue un gusto conocerlo. Reynaldo se queda quieto jugando con su llavero cortaúñas. La mujer sale de la habitación prácticamente espantada, qué tipo tan raro, parece decir, la culpa la tiene ese maldito chat, se oye recriminar. Reynaldo cierra la puerta con pestillo y se dice que era una mujer muy vieja, no muy buena para su gusto. Apaga todas las luces y acomoda los cojines en un solo mueble; forma una especie de pared con un espacio en el medio. La luz del televisor moldea su imagen rápida pero torpe. Se introduce dentro de la muralla que ha construido con los cojines y parece estar abrazado por ellos. Una vez sentado, es absorbido por completo por las imágenes del televisor de personas grotescas que se envuelven y se golpean frenéticamente simulando el coito más placentero. Reynaldo se masturba, entre los cojines que le dan calor y parecen hacerlo sentir en una orgía. Se hunde en el mueble como queriendo desaparecer en ese estado de excitación. Una vez que termina se levanta como si hubiese recibido un golpe en la mandíbula, y se dirige al baño. Se enjuaga la cara y en el espejo sus ojos negros parecen desvanecerse en una larga noche solitaria.

UNA MUJER grande y morena sale iracunda de una de las casas del solar. Hace a un lado a Sergio de un tirón y le dice: “Ahora vengo Sergio, quédate acá”. Mientras, Martin está agazapado en un rincón del callejón, ha quedado muy débil después de haber vomitado. Le pregunta dónde está su madrina y Sergio le contesta que la mujer que pasó era ella. Sergio le dice que le traerá agua, que lo espere un minutito. Ingresa a la casa de donde salió la mujer morena y tarda en salir. Mientras Sergio va por el agua Martin cae en la cuenta que no tiene forma de volver a su casa si no es hasta la noche cuando su mamá llega de vender frutas. Aún con fiebre y preso de una angustia que le provoca poder llegar a la desolación en una ciudad donde todos están al acecho del más inocente, se levanta con furia, creyendo agotar sus últimas fuerzas, y sale corriendo por el callejón oscuro, como si de la muerte se tratase y allá afuera fuese el retorno a la vida. Nuevamente en las calles le cuesta trabajo respirar, su garganta seca y ácida le provocan otra vez regurgitar, pero se contiene, piensa que esta vez podría quedar muy mal. Aún tiene la idea que la muerte lo acecha, el miedo a estar solo cuando este llegue lo hacen correr como un loco hasta que llega a un parque. Es un parque pero pareciese un campamento militar bombardeado: hay drogadictos y andrajosos que parecen mutilados en el piso pidiendo una oportunidad más para volverse a degenerar. Parece que el ambiente deprimente y desahuciado lo vuelven a la idea que se encuentra sólo, enfermo y con miedo. Termina de recorrer el parque y se percata que un hombre lo había estado observando desde hace un buen rato, tiene los ojos oscuros y un semblante demacrado.

TODOS LOS DÍAS salen a buscar en la basura. Es su trabajo y en compañía todo se hace más llevadero. Son cuatro los que han formado una suerte de clan forzado en el que no hay ninguna figura que sobresalga. Aunque Martin se vanaglorie que tiene en su casa un televisor grande que su hermano lo ganó en un sorteo, todos corren con la misma suerte de tener que salir a trabajar para ganarse un plato de comida. De los cuatro solo Pedro y Beto viven sin sus padres, en un taller de mecánica. Martin es el que mejor juega fútbol de los cuatro pero Sergio, al ser gordo, tiene la patada más fuerte del grupo. Entre ambos hay una suerte de amistad incipiente. Esa mañana Sergio llegó temprano a la esquina donde se reúnen. Cuando finalmente todos se reúnen Sergio les cuenta lo que la pasó a Jerónimo. Les cuenta que una mañana llevaron a Jerónimo a la posta porque se cortó con un vidrio, pero lo que pareció un corte finalmente resultó haber sido un pinchazo. Jerónimo hurgando en el muladar se pinchó con una aguja y se contagió de una enfermedad que no tiene cura, al parecer va a morir. Sergio dice estas palabras como si en realidad estuviese hablando de un mito de fantasmas, pero Beto le confirma que el panadero les dijo lo mismo, que tengan mucho cuidado con las agujas. Martin esa mañana amaneció mal. Ahora ha empezado a toser y comienza a desvanecerse sus ánimos. Mientras caminan hacia el primer basural Martin va detrás arrastrando sus pasos, resignado a ir último por su malestar. A su condición física se le ha añadido una tristeza repetida. “Si me pasa algo, mi mamá difícilmente se enteraría”, piensa. Desde ese momento empieza un recorrido que lo lleva al pánico de la muerte, de ser pinchado, de agotar el último respiro en la desolación, sin su madre, sin nadie que lo proteja. El cielo está cubierto de una vasta capa plomiza y lúgubre, es un día horrible para enfermarse y Martin tiene esa extraña sensación de que va a morir. Ahora su fiebre parece ser un síntoma de la extraña sugestión que lo ha envuelto, tose repetidas veces y su rostro se descompone. Pedro y Beto, como si fuesen perros de presa, ya están en el basural concentrados en buscar algo que sirva de utilidad. Están motivados. Pedro encuentra una vieja lámpara y Beto sostiene una pelota de cuero con un parche mostaza. Sergio se percata que Martin no ha entrado aún y le pega un grito. Martin se detiene antes de ingresar, se quiebra, pone los brazos sobre las rodillas y sus hombros parecen a punto de descolocarse. Estalla sin más en una explosión de líquido que sale por su boca como una tubería rota. Sergio vuelve hacia su compañero y espera que termine la vomitona. Martin parece un animal exangüe, a punto de desfallecer, apenas puede mantenerse en pie. Sergio lo irgue y le dice que lo llevará donde su madrina, en un barrio cercano. Caminan cerca de dos cuadras y por fin llegan a un callejón. Ingresan pero Martin se percata que el lugar no tiene un sonido claro, es como el sonido de un estómago, y además es tan oscuro que parece que estuviesen ingresando a las fauces de la muerte. Un terror poco a poco se va apoderando de él.

ESOS OJOS oscuros, como muertos, y ese semblante demacrado, como enfermo, le dan una apariencia inofensiva, parece un animal ornamental desde su ventana. Martin termina el parque y encuentra una mirada detenida en la ventana. Se lleva el puño a la boca y su cuerpo arroja una tos que parece salir de un cajón ancho y vacío. Esta tos que retumba su cuerpo de pronto parece apoderarse de todas sus extremidades, lo inmoviliza, su cabeza parece estallar, comienza a faltarle el aire, quiere vomitar, y su ahogo finalmente se libera con un llanto insostenible. El hombre de la ventana se acerca y le ofrece un pañuelo. Le invita a su casa para darle un poco de agua. Martin es llevado por el hombre. Trastabillando, un poco mareado y con los ojos inundados, ingresa a la casa del hombre. Se ha sentado en el sillón como un acto instintivo y poco a poco va tomando conciencia que está en un lugar desconocido con un tipo desconocido. El miedo o la premonición de que algo sucederá aún lo embarga y poco a poco, en cuanto cobra conciencia, este miedo se va acrecentando. El hombre ingresa a una habitación y Martin se pregunta si podrá salir por la puerta. Reynaldo le trae un vaso de agua pero desde su bolsillo un pedazo de cable oscuro cuelga. Le ofrece el vaso con agua pero se percata que el muchacho está bastante nervioso. Martin no le recibe el vaso, le agradece pero le dice que no tiene sed. Desde ese momento el ambiente se torna sin diálogos. Reynaldo prende el televisor. Se agacha para atarse los cordones de los zapatos. Martin está inmóvil en el sillón. Mira el televisor con los ojos visiblemente dilatados, pero en realidad está al tanto de cada movimiento que hace Reynaldo. Este se levanta como dirigiéndose a la cocina pero duda en hacerlo. Finalmente se queda parado en una postura incoherente, casi ridícula, con las manos suspendidas en el aire. Sustrae el cable negro de sus bolsillos y los comienza a enrollar como para guardarlos. Todo esto Martin observa aunque aparentemente está viendo la televisión, pero en ese momento todo es tan sutilmente perceptible, el ruido de la televisión es una simple atmósfera que agazapa el entorno de ansiedad que se ha creado. Martin solo desea que esto termine, que Reynaldo entre nuevamente a la cocina para escapar de inmediato. Pero Reynaldo se voltea hacia él. Lo mira con nerviosismo y parece querer hablar. Finalmente le pregunta cuánto mide. Martin niega con la cabeza y una vocecilla suave e imperceptible parece decir no sé. Quedan en silencio los dos, el televisor aún está prendido. En ese instante de pánico contenido, Martin se levanta del sillón, espera el momento exacto para huir, correr, gritar. Reynaldo lo ve y le dice con un nerviosismo contagioso y casi tartamudeando que no sabe cuál es la longitud del cable que tiene en sus manos, pero sabe que él mide un metro cuarenta, lo sabe porque su sobrino es de la misma edad. Le pregunta por qué no se echa en el sillón para poder medir el largo del cable. Martin tiene el rostro pálido, los ojos dilatados y la respiración contenida. Está a punto de salir corriendo. Suena el teléfono. Reynaldo confundido, corre hacia el él. Alza el auricular terriblemente asustado y alterado. Martin está en una esquina del sillón, parado, sin saber qué hacer, quiere acercarse a la puerta y huir pero no sabe si ésta tenga seguro. Reynaldo por teléfono se pone impaciente, la voz del otro lado no parece escucharse bien. Entonces empieza a gritar: “¡¿Quién es?! ¡¿Quién es?!”. Luego se tranquiliza y su voz suena como la de un niño: “Sí… Está bien… Ok.”, y se despide. Rápidamente cuelga el teléfono, ve que Martin sigue inmóvil al filo del sillón y va hacia la puerta, le quita el pestillo y le dice: “Tienes que irte, tengo visita”. Martin ve que la calle está vacía, el espacio lo configura el mismo parque desierto y unos sonidos de carros a lo lejos. Su cuerpo está caliente, sale caminando por la puerta y sólo cuando siente que todo su cuerpo está en la calle empieza a correr sin medida, cruza la calle y sigue corriendo con todas sus fuerzas. Siente que el hombre aún lo mira desde su ventana. Dobla en una esquina y en otra y se pierde entre calles donde hay alguna gente. En el camino piensa que la muerte estuvo cerca de él, pero tuvo suerte esta vez para escapársele. Mientras tanto Reynaldo sentado en su sillón espera la llegada de una mujer, quizás algo más.

miércoles, 16 de marzo de 2011

Lides matrimoniales


ESTABA un poco asqueado con los animales ese día. No faltaba más. Era de noche y en la televisión Bertha veía un programa de guepardos, animales gráciles y elegantes. Ella estaba tendida en la cama pereceando antes de dormir. Yo adoro estos momentos. Me eché a su lado y le acaricié la cabeza. En ese momento de pura ternura mi mirada encontró algo extraño que estaba depositado en la mesa de noche. «Qué cosa tan rara es eso», dije en voz baja. Bertha, que siempre se pone histérica con las cosas extrañas como bichos o cosas gelatinosas saltó de un brinco encima de la cama. « ¡Qué es eso!» gritó, casi saltando sobre la cama. En la mesa de noche, al costado del reloj despertador, una suerte de gusano enrollado, rugoso y verde reposaba inerte como esperando dar un salto. Qué cosa tan deforme e inextricable. A medida que acercaba mi vista, podía distinguir manchas blancas y ojos deformes. « ¿Qué puede ser? No recuerdo haber comido algo y dejado las sobras por aquí», dije casi descubriendo qué es. Y recordé y lo expliqué de la siguiente manera: «Creo que la paloma de la mañana nos dejó un fax por aquí». Bertha se rió pero el gesto de asco no se le quitó del rostro fácilmente. Enviar un fax, en la jerga peruana, significaba defecar, no sé cómo se instaló en el habla popular pero creo que era una metáfora de la forma patética como un presidente renunció desde otro país. Le conté a Bertha, en clave de explicación policial, que en la mañana uno de los dos dejó la ventana abierta y una husmeadora paloma había ingresado al cuarto, por casualidad o quizá por una suerte de voyerismo animal. Cuando llegué en la tarde, la encontré encima del televisor y la espanté, pero la muy lerda en vez de salir por la ventana brincó hacia el otro lado de la ventana lo cual me causó mucha mayor dificultad; además en el proceso de deportación la muy inoportuna y desfachatada  ave había dejado pedazos de caca por todos lados. Finalmente se salió por la ventana, pero dejó pedazos de excremento por todo el piso. «Con lo que detesto las cagadas de terceros; por eso renuncié a seguir trabajando para un gerente del Banco Central, estaba cansado de limpiar sus cagadas; por eso detesto tanto los gobiernos de Fujimori, Toledo y García, por dejar tan evidente sus excrementos», pensé, renegando de mi destino, de tener que limpiar tanta inmundicia. Limpié los recuerdos que nos dejó la paloma o eso creí.

Bertha bajó a preparar algo para tomar antes de dormir. Yo agarré el pedacito de caca y lo levanté con un pedazo de papel, le había dado el sol y estaba seco, lo cual facilitó el desalojo. Los recuerdos que nos había dejado la paloma nos dejó la sensación de escozor y suciedad. Bertha trajo un mate para los dos y luego de acordar que el sábado íbamos a comprar el aire acondicionado apagamos la televisión y las luces. Bertha se acomodó a mirar el techo y yo me volteé bocabajo mirando su hombro. Estaba quedando dormido cuando un sonido perturbador nos agitó los oídos. «Al parecer tenemos otro intruso esta noche», pensé en voz alta, «¿Entenderán que sólo queremos dormir?» le dije a Bertha. Al parecer eran unos gatos amantes que habían saltado por el tragaluz y, me imaginé, estarían en el patio copulando, llenado la casa de gritos orgásmicos. «A alguien le gusta los gatos, yo ya me encargué de los bonitos recuerdos de la paloma» le dije a Bertha. A mí no me gustan los gatos, siempre están tan altaneros, repanchingados en cualquier lugar pensando donde tener un estruendoso orgasmo, pareciera que siempre lo están planeando estos bólidos sexuales, cómo gritan. «Hazlo amor, descarga tu ira contra tus enemigos de toda la vida» me dijo Bertha con una mirada de suplicio adormecimiento. La miré. Me miró. Implícitamente yo tenía la responsabilidad de evacuar de la casa a cualquier invasor, por ser hombre, me imagino. Bertha con absoluta facundia me dijo después de mirarla por cuarta vez con un gesto indecible: «La batalla contra las mujeres son las únicas que se ganan huyendo». Quién le mandó a Napoleón a decir semejante babosada sobre las lides matrimoniales. «Bueno, a poner orden en la casa» me dije, resignado. Mientras bajaba por las escaleras pensé en lo que dice Nietzsche acerca de la condición de las mujeres: «El hombre quiere que la mujer sea pacífica; pero en realidad es esencialmente belicosa, como el gato».

martes, 15 de marzo de 2011

La mujer del amigo


«DÉJAME darle una pitada a tu cigarro», estiré mi brazo y Pablo me cedió el cigarro con una sonrisa amable en el rostro. «Quiero sentir como el veneno ingresa por mi cuerpo», lo dije con una sonrisa placentera; aspiré hasta sentir mi cuerpo lleno de humo. «Mis hijos pensarán que soy un poco egoísta con ellos por ese chisme que dice de la perdida de algunos minutos de tu vida por cada cigarro que fumas, pero, la verdad, esto lo hago porque sé que si no me muero de cáncer me moriré en algún rincón de la carretera», lo dije sosteniendo ese elemento etéreo en mi interior. «Quizá este sea el último cigarro que fumo, quizá sea esta la última vez que me ven brindando con ustedes con una copa de coñac», les comenté a Pablo y Ana que se veían muy intrigados desde sus asientos. «Qué trágico, la muerte o la vida no admite dudas ni predisposiciones, apuesto a que esta no es la última vez que nos tomamos una copa de algo» me dijo Pablo, quitando, como siempre, el tono intrigante de mi voz. «Así es, quería que tus palabras firmaran este hecho. El hecho de que siempre serás un hombre solitario dispuesto a charlar aunque te cases con la mujer más complaciente del mundo», le dije a Pablo que continuó fumando un cigarrillo, mirando a la noche, sentado al costado de su mujer, Ana, que miraba la luna con inquietante exquisitez. Frecuentemente encargamos nuestros mejores amigos a alguna mujer, algunas veces terminan haciendo mejor nuestro trabajo.

domingo, 7 de febrero de 2010

Buscando una mujer


YO creo que todo empezó esa noche en el bar. Estábamos Fernando, Carlos y yo: Tres jovenzuelos aún, con cierto aire de frescura que nos hacía ver como interesantes, como autosuficientes, como dueños de algo. Dos chicas, una de pelo castaño bruñido con la parte posterior del torso desnudo, y la otra con una falda abreviada, económica, agotada, que dejaban vislumbrar, desde donde estábamos, unas piernas ecuestres, rudas, zagueras. Estaban acompañadas de un muchacho lánguido, escaso de vigor para compartir, siquiera, un beso apasionado con esos dos objetos preciosos que apremiaban ser compradas en ese pequeño mostrador. Una sonrisa rápida y Fernando ya se acercaba a donde estaban. Luego Carlos y yo ya estábamos en su mesa compartiendo copas y riéndonos de no saber lo que decíamos pero que dábamos por entendido. La chica de la falda caricaturizada empezó a congraciar conmigo y al final de la noche estábamos besándonos impetuosamente detrás de la entrada principal. No recuerdo su rostro, ni su nombre, pero así fue como comencé a pisar suelo venéreo y a tener la habilidad para reconocer cuándo una mujer podía servirme para un embrollo pasional aunque iba perdiendo la acorazonada para escoger a una mujer que me quiera. A partir de ese entonces, creé en mí un personaje ficticio, una sombra oscura y jactanciosa que, pensaba, otros anhelaban. Lo cierto es que uno sigue siendo víctima de los orgullos pasionales como cualquier persona y en cualquier momento por más ahínco que hayamos tenido para convertirnos en algo que a la luz es sorprendente, en la sombra nos ausentábamos de la diversión y el jolgorio sensual y nos sumíamos en una honda insatisfacción, rara, mezquina.

Los años pasaron y me engañé con una mujer hermosa. El cabello oscuro como el petróleo, el rostro largo y fino, las piernas zanquivanas, coníferas, su rostro perspicaz y amigable, una mujer hermosa. En ese punto del tiempo, mi trabajo consistía en manejar un tráiler majestuoso, imponente, con un carruaje rojo y verde. Llevaba mercaderías y serpenteaba el territorio del país marcando una y otra vez las rutas que ella contenía. El trabajo, agotador, lo compensaba con los días de descanso que tenía, que a veces, a placer mío y el de mi señora, duraban las dos semanas como mucho. Esos días hacíamos el amor sin cesar, a cada momento, como si estuviésemos locos por tener descendencia. El infortunio nos dio un hijo, que nació robusto y muy hermoso, pero mis viajes excesivos me alejaban de él y de mi esposa. En un viaje que tenía previsto para Tacna, hubo un desperfecto en el camión que llevaba vinos y tuvieron que descargar todo en Arequipa, hasta que arreglaran el problema mecánico con el tráiler. Pasaron dos días y el acreedor mandó al carajo la carga, por lo que tuve que regresarme antes del tiempo estimado con una gran culpa bajo el brazo. Llegué y como es fácil deducir, encontré a mi mujer en brazos de otro hombre. Estaba muy cansado como para volverme loco. Me obligué a huir del entorno y seguir con mi trabajo.

Más tarde conocí a Rita en una reunión con la gente del trabajo. No le identifiqué interés alguno, cosa que me atrajo mucho. Comencé a tener más contacto con ella, hablábamos, salíamos a comer. La quise conocer antes que nada. Asistía a la iglesia los domingos, una ferviente seguidora del Señor de los Milagros. A esas alturas ocupaba un cargo ejecutivo en la empresa donde laboraba. Mi trabajo no era errante como antes y eso me permitía tener una vida más regular. Desayunaba temprano en el cafetín de la empresa, almorzaba con la gente del trabajo, y llegaba a mi casa temprano a ver las noticias o preparar parte del trabajo del día siguiente. Tenía que tener mi mente ocupada porque aún había algo que me atormentaba en las noches. Ya en la mañana todo volvía a la rutina y el trabajo era incesante. Rita, llenó ese espacio que tenía después del trabajo. Nos veíamos en un café cercano y ya que sus caderas me seducían, siempre le estaba lanzando cumplidos acerca de lo bonito que le caía tal vestido o tal pantalón, o tal falda, en fin, cualquier prenda que dejara al imaginario aquel contorno de huesos fuertes y piel rígida. Pero ella era muy buena en esto: “El domingo no podrás verme”, “Si el viernes salgo temprano del trabajo con suerte podemos vernos para conversar”, “Mañana tengo que preparar un retiro para la iglesia”, me decía. Pero había algo que me volvía loco: Su ambigüedad. Me decía que no pero inmediatamente dejaba suelto la posibilidad de verla. Era una muchacha que necesitaba ser atendida, me dije. En las conversaciones descubrí que su papá había fallecido cuando ella salía de la pubertad. En el fondo necesitaba que alguien cuidase de ella. Una noche mientras esperaba en la puerta de su casa, un hombre llegó en un auto rojo. Se acercó, me saludó y entró en la casa. Al rato Rita salió y me contó que su hermano había llegado de su terruño, un pueblo al norte de Lambayeque. Ella no bebía, así que esa noche salimos a cenar en un conocido restaurante de la ciudad. Llevaba puesto un vestido negro que contrastaba con sus piernas blancas. Después de la cena bailamos un poco y luego de unos coqueteos me estampó un beso apresurado. Más tarde se animó a beber algo de vino y mucho más tarde se animó a hacer otras cosas. Luego de esa noche nos volvimos a ver, todas en mi departamento. Sin embargo, algo me hacía pensar que pronto se alejaría ella de mí. Se lo dije. Pasado un mes me lo confirmó. Me sumí en una depresión inconstante: un día estaba bien pero los demás días de la semana bebía, pensando en el hijo que dejé y despreciando a las mujeres.

Hay mujeres que quieren sacar provecho de uno. A veces uno piensa que uno termina aprovechándose de ellas. Las buscas, las cortejas, te acuestas con ellas, te presumes a ti mismo su debilidad y tu fortaleza. Pero son ellas las que se roban tu energía, tu juventud, tus anhelos, tus esperanzas, y tú te quedas sólo, arrastrando penas en el alma y con una desazón profunda de no saber de qué sirvió todo. Una noche en el bar, una mujer se sentó a mi costado, tenía el cabello rojizo y la mirada escondida. Murmuró algo al mozo, la miré de reojo, me involucré de lleno en mis cavilaciones. De pronto, me sorprendió un sonido fuerte. Giré la cabeza y la mujer estaba tirada en el piso, con las piernas ensangrentadas. Me levanté algo sobresaltado. La mujer se levantó también, trastabilló ensangrentada hacia un costado y se paró delante de mí. Mis ojos se volvieron trémulos al distinguir su rostro largo y fino. Algo en su mirada me hizo saber que estaba fuera de sí. Se abalanzó sobre mí y me penetró un cristal roto en el cuello. No sentí dolor, no ofrecí resistencia, ambos caímos desangrados en la oquedad de la noche, en el vacío del suelo, en el espacio de salida del camino y así se robó mi último suspiro, voluntario y sencillo.

sábado, 5 de diciembre de 2009

La alegría fantasma


Qué hermoso día. Como otros días en los que el sol hace de despertador a las 8 de la mañana y allá en la calle se escucha más que un cuchicheo victorioso, éste es un día estimulante. Rogaría a Dios para que a todos las fechas le dé ese entusiasmo para comenzar el día con tanta vehemencia. Inundado por el sudor temprano taconea el piso y se dirige a la radio, la enciende, se desnuda y se acerca al espejo. En él ve un día fructuoso. Se viste de buzo, alista el mp3 y esculpe su mejor voz en el lavatorio. Empapado de entusiasmo empieza el trote, se dirige al parque donde el sol, aún calmo, desnuda los ángulos del citadino bosque con la natural soberbia de su hegemonía ancestral. Vuelve a casa a las 10 de la mañana; el periódico yace en el suelo y la mesa aflora un aroma peculiar. Entra a su dormitorio, revisa el contestador, acomoda sus cosas en el borde de la cama y empieza a dejar al desnudo su cuerpo rojo y calinoso.

A la una de la tarde, luego de la reunión con el alcalde, como hombre distinguido que es, regresa a su casa a terminar el proyecto destinado para fines de año, prende el reproductor de música y se sirve un vaso de ron. Mientras tenga la mente ocupada no sabrá que sus padres están muy lejos de aquí, y que solo lo acompaña el sonido fantasmal y etéreo de un irreconocible grupo extinto.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Lluvia sobre los hombros


Mi tío Jaime es realmente grande como un oso, sus ojos marrones como la piel de este animal se mueven rápido reflejo de su vivacidad provinciana, rural, aparente. Su espalda es ancha como una furgoneta y recia como el tronco de un árbol. Es la mano derecha de mi papá; ambos se dedican a la chacra y los animales. Aunque Jaime tiene los ojos tiernos y el semblante vacilante, por lo demás de su apariencia parece un señor robusto y mal conservado; los pantalones cortos de jean oscuro, la camisa amarilla oscura, las sandalias negras, es su atuendo de trabajo por el resto del día. En casa, la señora Juana viene a las 11 de la mañana para cocinar. Ella tiene los cabellos largos y duros, la piel blanca y seca como la de un chancho y las piernas grandes y turbulentas como una serpiente constrictora. Es bonita en apariencia y de lejos, porque cuando se le ve de cerca una inmensa bola se pone en relieve sobre su cuello. Bocio es la enfermedad que sufre la señora Juana, un mal que se origina por la escasez de yodo en la alimentación. La señora Juana se muestra impasible cuando le veo el coto que se asemeja a un limón grande. Es una mujer muy buena según le escuche decir a Jaime la otra vez.

Las 6 de la mañana y mi papá manda al carajo a Jaime. “Cojudo, así que no vienes conmigo. Te quedas a cargo de la casa, vuelvo en la noche, ves al wewo”. Yo desde los palos que sostienen el techo que abriga las gallinas veo alejarse a mi papá. “Ya vuelvo wewo” me grita antes de desaparecer en el verde de la selva. Tengo un mes de vivir con mi papá, extraño a mi mamá tanto como ir al jardín de niños con un extraño mandil cuadriculado y oler a madera y pinturas de colores. Acá el único color que abunda es el verde y sus variaciones. Distingo dos lugares muy distintos entre sí: la casa, donde ocupo un extraño espacio poco iluminado, y la selva, que es todo lo que rodea a la casa. El sonido del ambiente irreconocible y ubicuo acompaña las brisas del tiempo inadvertido e ignoto que pasan y pasan como los personajes que existen en ese collage de materias y almas salvajes. Sin cuidado de nadie, y a disposición de la voluntad del tiempo y las circunstancias, salgo a buscar leña para la casa: es el encargo de Jaime quién se ha ido a la chacra de Palo Verde a media hora de la casa. Cada vez que nos quedamos solos, dejo de hacer lo habitual para ir a traer leña, que en realidad es un pretexto para ausentarme durante el resto del día. Me sigue “Darío”, uno de los perros de la casa, para resguardarme de algún peligro. El cielo es tan ancho y azul que parece que en algún momento todo eso nos irá a aplastar. De un momento a otro el cielo oscurece y comienza a llover feroz y desenfrenadamente. Cuando me doy cuenta Darío ha desaparecido, quizá el mal nacido se disparó a la casa apenas sintió el agua caer en su lomo pulgoso. La cuestión es que me encuentro perdido aunque algo excitado, este tipo de situaciones entre caóticas y miserables me mueven las entrañas y me hacen actuar instintivamente, casi como un animal. Es insufrible caminar con el lodo en el suelo, el terreno es lodoso y ese ambiente es un festín para las serpientes, así que decido quedarme a esperar a que escampe. Con el machete que llevo me trepo en la parte media de un árbol, en refugio seguro mientras pase todo. Las gotas que chapotean en el suelo reconfigurando el opaco verde de la selva, semejan su ruido al de una ametralladora pequeña. Me aferro al árbol esperando que todo pase. Me acurruco en el estrepitoso silencio bullicioso del caos y cierro los ojos, la lluvia no para y el infinito como realidad me produce una ansiedad incontrolable, deseo saltar del árbol y correr, pero sería acercar mi muerte a un paso inexorable. Me contengo, grito fuerte esperando alguien escuche mi voz, siento miedo, algo muy cercano al pánico, una tristeza incontenible inunda mi cuerpo como el agua que cae sobre mis hombros, siento la tristeza de mi madre mirándome desde algún lugar de la capital, toda la rabia contenida sube a mi cabeza al extremo de querer explotar, cómo mi madre y mi padre separados, cómo es que estuvieron unidos en algún momento, cómo llegué aquí, cómo mi padre me deja solo en un lugar que él me trajo, cómo es injusto todo esta mierda.

Mis ojos húmedos despiertan. Aún agazapado en el fuerte sonido de un despertar nuevo veo que todo luce más brillante como si todo hubiese cobrado una vida terrenal, como si todo hubiese nacido desde hace un momento atrás. Salto al vacío de un charco de agua. Mis piernas se debilitan y se acostumbran al espacio llano del lugar. La base del árbol luce rasgada como si una bestia hubiese intentado subir. Me produce un escalofrío que funciona como un combustible que me hace salir disparado en busca de la casa. Camino en dirección contraria adónde vine sabiendo que di muchas vueltas antes de llegar a ese lugar y que lo más probable es que vaya al lugar correcto. El sol esclarece como una sábana tirada al aire del lugar. Las tejas marrones, o algo muy parecido a eso, confirman a mi corazón sobresaltado de haber llegado a la casa. El lugar luce silencioso y húmedo aún, sin embargo una extraña felicidad de estar a salvo me lleva a adorar ese lugar que ni es mío, ni me hace sentir en casa. He estado en muchos lugares, y ninguno lo he sentido como mi hogar, concluyendo que un hogar no es un espacio físico, sino un sentimiento más cercano al amor. Abro la puerta y encuentro todo como lo dejé. Es poco más que las 3. Me imagino que la señora Juana ya debe de haber cocinado, sin embargo no tengo hambre, lo único que quiero es acostarme en mi cama y descansar: siento un tenue dolor en mi cabeza como si en algún momento hubiese estado a punto de estallar. Escucho un ruido continuo en la cocina, como el tic tac de un reloj pero con una mayor fuerza y agresividad. En la cocina no hay más que ollas en la estufa y una mesa llena de yucas atiborradas. El sonido sigue, parece que viene del segundo piso. Subo despacio creyendo encontrar un animal extraño. Una cosa monstruosa se mueve de forma brutal encima de una cama: Jaime tirándose a la señora Juana. Ambos intempestivamente se levantan y desarman esa figura monstruosa que habían formado, dejándose ver desnudos y furibundos. Jaime me grita encolerizado con la rabia en los ojos, quizá avergonzado aunque más enajenado. La situación me produce gracia, también una felicidad ajena de saber que Jaime se tiraba a la señora Juana mientras yo me iba a buscar leña. Salgo corriendo, abandono la casa y la rodeo hasta llegar al jardín trasero donde las gallinas y otras aves de corral se enjuagan las plumas con los pozos del aguacero. Me siento a esperar mientras llega mi papá. Mientras tanto pienso en Jaime, la señora Juana, su bulto en el cuello, la figura monstruosa del sexo, mi papá y mi mamá.

miércoles, 29 de julio de 2009

El Cielo Celeste del Atardecer


"Ahora te puedes sentir feliz porque sabes el significado del amor, que es saberse en paz cuando te vas a morir porque has encontrado a la persona correcta"

ME DESPIERTO y lo primero que veo es un cielo celeste rodeado de nubes ligeras, parece que el mar se hubiese subido al cielo o que nosotros hayamos caído de cabeza, es hermoso. Un asfaltado oscuro y frenético que se escabulle entre el verde sabor a naturaleza estoica, es dejado atrás por el sonido incesante del motor de la camioneta de Enrique. Volteo a ver a Enrique; se encuentra manejando, con el ceño fruncido, impávido, sereno, pensativo. El cabello lo tiene apagado, la sonrisa muerta, la barba caótica. Sé que llevamos más de 3 días de viaje, lo sé porque tiene la barba como cuando deja de afeitarse los fines de semana cuando se queda en casa y recién se afeita los lunes por la mañana después del desayuno. Todo en el carro luce polvoriento, el espejo, los asientos, la radio, sus brazos. “¿Estamos cerca?”, pregunto. El rostro de Enrique hace una mutación pausada, el semblante se suaviza, sus ojos se entrecortan, y su sonrisa, sí, una sonrisa se hace en su rostro. “Estamos a pocos kilómetros de tu madre”, es su respuesta inmediata a mis ojos, dándome desde esa pequeña cabina una dosis de confianza y paciencia. Enrique recibió una llamada el pasado viernes, mientras salía de su jornal de trabajo, como todos los viernes, a las 5 de la tarde. Aquella voz en el teléfono era la de mi madre, que había vuelto, que el tiempo la había traído de vuelta al hogar. Ese día yo lo esperaba en el jardín de la tía Magnolia, como sintiendo que algo grande iba a ocurrir. Era extraño, aquel día mientras Carlitos y María iban a la playa a coger cangrejos, yo sentía que ese día algo grandioso iba a ocurrir así que decidí quedarme sentado en la gran roca del jardín de la tía Magnolia. Papá llegó. Su rostro me hizo recordar a mi madre, inmediatamente. Pero no a ella, exactamente, sino cuando estábamos con ella: su olor verdoso, su calor culinario, su alegría mágica. Subí al carro mientras Enrique hablaba en casa de la tía Magnolia. No hubo tiempo de despedidas ni nada, parecía que algo ocultaban, pero aquella tarde una alegría insatisfecha se escondía en el cuerpo de Enrique, lo sentía.

Ahora en el carro, hay una extraña sensación de alegría y preocupación. “Hijo, tu eres ya casi un hombre”, me dice Enrique mientras su sonrisa se mezcla con un suspiro que parece habérsele salido sin consulta desde el fondo de su tristeza. Su rostro parece querer decirme algo fatal pero al mismo tiempo se ve en él un esfuerzo por hacerlo despreocupado. “Tu mamá por fin ha vuelto, pero ella está…”, entonces le interrumpo… “¿mamá está enferma?” pregunto como desafiando el peso cruel de la sorpresa. Entonces mi padre me mira sorprendido, suelta una sonrisa y me dice: “Tú serás un gran hombre, hijo, trabajador, valiente, empeñoso por querer dar a este mundo un poco más de justicia y amor. Así encontrarás a alguien que te acompañará en tu vida, que te hará estar seguro de lo que eres y ambos construirán un hogar hermoso para compartir sus vivencias con sus hijos y enseñarles que el sentido de la vida es reformar, constantemente, lo que uno hace, sin límites, con justicia y amor. Entonces entenderás lo que te quiero decir, hijo mío. Que el ciclo no se ha acabado, que ahora te puedes sentir feliz porque sabes el significado del amor, que es saberse en paz cuando te vas a morir porque has encontrado a la persona correcta. Así me siento yo ahora, al igual que tu madre, porque todos dejamos este mundo a alguien para seguir aprendiendo que el amor es encontrar a alguien y desaparecer juntos en el cielo celeste del atardecer”.

domingo, 21 de junio de 2009

Siempre viste a un padre

"A las 5 de la tarde tocó la puerta de mi departamento, le abrí y vi en aquel un hombre desconocido. Nos quedamos mirándonos por un minuto y le estreché la mano, pero aún lo sentía ajeno, entonces me abrazó, y reconocí su calor mudo"

AHORA que me pongo a pensar con más cuidado, momentos como éstos los imaginé, claro que con detalles distintos. Sin embargo, de acuerdo a los elementos que en ellos existen, mi vida me lo imaginé, de alguna manera, similar a la actual. La imaginación como fuerza mental es una energía que nos impulsa inconscientemente a buscar ciertos prototipos de estilos de vida forzados. En mi caso, aunque lo considerara una bobería propia de mi adolescencia romántica, me imaginaba mis futuros cuarenta años en un hogar calmado, con un par de hijos regulados por el buen comportamiento y una mujer que me acompañaría por el resto de mi vida. Me imaginaba sentado en el sillón leyendo el periódico o viendo la televisión, teniendo controlado hasta el aire que corría por la habitación, con mis hijos sentados en el regazo de la mesa tartamudeando sus primeras voces, y mi mujer a lado, con su mano reposada en mi regazo, dejándome en compañía de su calor. Esa era la figura buenamente optimista que guardaba desde la delicadeza de años anteriores. Pero el mundo abaraja nuestros destinos de una forma que nadie escapa a su voluntad caprichosa. Hoy puedo decir que mi engañoso optimismo pasado en algo no se equivocó, pues si bien no tengo dos cachorros que juegan debajo de la mesa, una hermosa niña desborda mi corazón de entusiasmo; vivo solo en un departamento con muebles, marrones y algo vetustos, parecidos a los que me imaginaba; y aquí estoy: sentado en el sillón observo la poca luz de la calle al tiempo que Tati, mi hija, apoya su espalda en mi pierna, sentada en la alfombra del piso; no tengo una mujer que sotierre mis miedos a la soledad longeva, donde el amor se manifiesta como el agua, diáfana e impredecible, pero está mi hija que ingresa a mi hogar los fines de semana, y otros días, con los pies encima del piso, saltando, invadiendo la habitación por un repentino halo de alegría e inocencia. Apoyo mi codo en el respaldar del sillón y muevo mi rodilla con suma delicadeza para que Tati anticipe que me voy a levantar. “Tati te traigo algo y vuelvo, ¿quieres un jugo o yogurt?” le pregunto. Tati no me mira, esta como distraída en un libro de cuentos con dibujos tétricos. “Tati, te traigo un jugo, ok?” le hablo mientras camino hacia la cocina. Ella responde avivada por el tono grave de mi voz, “sí, papi”. Mi vida es el reflejo de la relativa linealidad de mis decisiones tempranas: una profesión de odontólogo estatuario, una novia de 4 años que luego se hizo mi mujer, un departamento cómodo en los alrededores de la ciudad, una familia que inspiraron mis incontables sudores de madrugada, mis fragores ascensos profesionales, mi endeble fortuna de los noventa. Pero mi padre no fue así, y mi madre quiso no que yo no fuera así. Debo admitir que fui criado a la figura contraria de la de mi padre: un hombre que abandonó a mi madre para irse a trabajar en Italia, prometiendo volver al cabo de un tiempo cuando todo se asentara y las cosas marcharan solas, pero no fue así. Aun recuerdo la imagen de mi padre cuando salíamos al parque, yo quería jugar beisbol pero mi padre se aburría del palo y la pelota, y me llevaba al hipódromo a ver correr caballos. Las veces que veo a mi padre, lo recuerdo de pie, en el jardín de la casa, en la ventana de su dormitorio, imaginando el mundo correr mientras otros cerraban los ojos. Luego que mi padre nos dejara, mi madre apuntó, de alguna manera, su metodológico carácter en mi infancia: sus modos de hacer las cosas exactas y a tiempo, sin bemoles ni giros.

Tati busca a Toto, la tortuga. Siempre me imaginé tener una tortuga en la casa, no ocupan mucho espacio y pasan casi desapercibidas. Me parecen seres sabios, de una naturaleza compleja y melancólica, sustentado, quizá, por su larga vida. Finalmente Toto hace su aparición por debajo del escritorio de la computadora, asoma su cabeza y su rostro parece bosquejar una sonrisa tímida. Tati lo carga y lo pone encima de su cuaderno de pintura. Recojo la mochila de Tati y la pongo a un costado del sillón. Me siento y la observo: es alegre, su carita sonríe siempre, su mirada infunde ternura, ella ríe cuando le digo algo, me mira cuando acaricio su cabello lacio, salta cuando me ve llegar los fines de semana. Mi padre regresó de Italia la semana pasada, se instaló en la casa de su hermana. Conversé con él por teléfono y le di mi dirección para verlo. A las 5 de la tarde tocó la puerta de mi departamento, le abrí y vi en aquel un hombre desconocido. Nos quedamos mirándonos por un minuto y le estreché la mano, pero aún lo sentía ajeno, entonces me abrazó, y reconocí su calor mudo. Lo invite a pasar, se acomodó en el sillón mientras yo traía algo para tomar. Desde la ventana de la cocina, que está de espaldas a la sala, pude ver que se lustraba los zapatos con la pantorrilla; al fin pude recordar de dónde había adquirido ese prosaico hábito.

Son las 7 de la noche y Tati está cansada de haberle narrado el cuento del collarín de perlas, me dice que tiene sueño, y yo la abrazo para que descanse. A los cuarenta y tres años, en líneas generales, mi vida se parece a como me la imaginé: tengo un gran amor y un hermoso hogar, al menos cuando soy padre.

jueves, 26 de marzo de 2009

Cartas desde la Luna


Pienso en la codicia de la ternura
cuando me miras desentendida;
pienso en bellos arreglos florales
cuando tu cabello cae en bucle;
pienso en repostería mágica
cuando veo enardecer tus labios cálidos;
pienso en cosas hermosas
y un tornado feroz en el estomago, se hace
cuando siento tus primeras letras.

Pienso en aquella noche
cuando temprano llegué sin tu invitación,
curiosamente para salir:
vestías un hermoso vestido de muselina
ceñido a tu cuerpo alegre y corsé;
miraban tus ojos castaños y perturbados,
como el espíritu de una jungla indómita;
tu cabello suelto y adueñado de una gracia
natural y sencilla, como pequeñas caídas de agua
que gozan de su independencia
girando en un torbellino fugaz.

Pienso en la fortuna
de acariciar esas mejillas frágiles y afelpadas;
de mirar de cerca esos labios rojos,
húmedos y graciosamente imperativos;
de presenciar el espectáculo
del arco simétrico de tu linda dentadura
cuando se convierte en una sincera sonrisa;
de pronunciar mentalmente
tu nombre angelical
cada vez que te siento cerca.

Pienso tanto que me lleno de alegría
al compartir de tus carcajadas y movimientos extraños
en las cumbiambas que me dejan sin fe,
pero feliz al fin,
al saber que estas bien.
Pienso en aquellas cosas
muy bien recordadas
en mis sueños de media noche,
cuando te abrazo
y me regalas una sonrisa,
como el retrato de tu inocencia,
de tu sabor fraternal y tu olor indeleble;
pienso todo esto y me lleva a pensar…
de que te extraño mucho.