viernes, 9 de enero de 2009

Libreta de notas


ERAN tres amigas; inseparables en el salón, inquietantes fuera y dentro de clases, un pequeño ejército de palomilladas. Aquel extraño grupo estaba presidido por Irene Corrales, seguido por Ana Bendezú, y ultimado por Rebeca Alegría. Sus travesuras eran cotidianas y comunes; pasaba por hacer escándalo en el rincón del salón, rumorear entre ellas, conocer chicos de otros grados, no ingresar a clases, y otras cosas que lo hacían juntas, ocultándose una de otra. Eran muy inquietas, divertidas, y sumamente simpáticas. Irene Corrales, la líder del grupo, tenía el cabello hermoso, lacio, oscuro, mediano y sumiso; los ojos breves como presumiendo su suficiencia y el cuerpo menudo, bien esculpido. Era serena y pensativa, pero a la vez era la más avezada, sediciosa y urgentemente provocativa. Se sospechaba de ella cuando algún rumor se escuchaba, alguna debacle se aproximaba o algún incidente se daba a la luz. Al no vivir con sus padres, los profesores no la tomaban en cuenta, la desatendían y la reprendían con dureza.

Irene, llegó a Lima ese mismo año, días antes de iniciar el periodo escolar. Su mamá había fallecido y desde entonces se inició una depresión medular, una que se alojó callada y pujante en lo más hondo de su alma. Antes de la muerte de su madre su vida transcurría en los senderos de la felicidad a lado de sus padres, corriendo en las pequeñas calles de su pueblo, respirando alegría y recibiendo amor de esa unión aparentemente inquebrantable de sus padres. Su papá, dueño de vastas chacras y desbordantes ganados, era el encargado de sostener aquella pequeña familia conformada por cinco hijas. Cuando su madre quedó en cinta de la sexta niña, no resistió las erosiones del cuerpo y se dejó abandonar al viaje insondable de la muerte, dejando solas a sus seis hijas, a merced del destino. Irene era la tercera de las hermanas y tardó lo suficiente para darse cuenta por propia cuenta de que su madre las había abandonado. Su padre, luego de la muerte de su madre, decidió esparcir sus hijas como si se tratara de semillas que pronto darían frutos. A cada una las cogió un día y las llevó de visita a Lima, la capital. Emocionadas por el viaje, no tuvieron tiempo para darse cuenta de que estaban siendo entregadas al destino de su vida, que las decisiones que tomasen desde entonces marcarían el camino que ellas iban a recorrer. Irene Corrales llegó a la casa de la tía Edelmira Carrión en el mes de Marzo. Edelmira Carrión, prima de su padre, había sido desposada hace no más de 5 años, y el matrimonio resuelto en pleitos e incompatibilidades había sobrevivido como un mal perpetuo y necesario. Edelmira Carrión junto a su esposo se había asentado en una humilde casa en el Agustino, facilitada por uno de sus hermanos para que puedan asentar su hogar y su matrimonio. Edelmira Carrión era una mujer de muy mal carácter, se le veía siempre disgustada, atolondrada, corriendo de un lugar hacia otro, explotando del trabajo de ser madre, de tener que llevar adelante un hogar que pensó sería llevado por ella y su esposo. El marido llegaba solo en las noches, aunque algunas se ausentaba, y esa soledad, acompañada de la sensación de que no podía con todo, hicieron de la señora Edelmira una mujer desquiciada y casi nula en la razón. A ese hogar llegó Irene, como de visita, y se quedó allí, con sus tres mudas de ropas y sus zapatos marrones. El silencio se apoderó de Irene cuando su tía le explicó de que su padre había regresado al pueblo y que ella iba a quedarse a estudiar ahí. No lloró, no se desesperó, hizo que aquellas fuerzas del corazón nunca salieran y se quedaran allí entrelazándose como llamas que hacen lengüetas de fuego que pronto desbordaran a la superficie con una fuerza animal. Donde se evidenció primero su depresión fue, como es razonable, en su desempeño en la escuela. Fue duro ingresar a una escuela de secundaria, con rostros nuevos, con miradas atomizadoras y telescópicas, extrañas e inquietantes. Eso añadido a su inquietante depresión hicieron de aquellas clases en el aula un murmuro de la realidad, sin poder desligar los sueños de la realidad, el pasado del presente.

No era extraño ni insalubre que los mayores castigaran a sus hijos como se suele practicar en ámbitos castrenses, pero el remedio a la desobediencia y la altanería se pagaba con castigos físicos severos, que entendían ellos era eficaz, en cuanto a lo generacional y positivo. Edelmira Carrión, angustiada y sin dominio propio, a veces excedía los límites de la enseñanza y reprendía duramente a Irene. Eso no era novedad, pero el día en que Irene tuvo que llevar la libreta de notas a la casa, no supo qué hacer con su cuerpo y aunque en la primaria allá en su pueblo siempre había sido hábil con las matemáticas, ni ella misma entendía que sucedía con sus calificaciones. Las clases parecían ser de otro planeta, al menor chispazo de desconcentración, de regreso se encontraba con un grupo de símbolos extravagantes y desconocidos. A medida que pasaban los días, aquellos símbolos se habían entreverado como la nieve, y tenían proporciones que, a esas alturas, era inimaginable la comprensión para Irene, quien sin pensar en cómo ni cuándo, se había abandonado al letargo de quién espera agonizando. Esa tarde Edelmira Carrión con la mirada enfurecida y con los brazos prestos a andar, se le ocurrió, segura de que la vergüenza era el mejor castigo, colgarle un letrero que decía “soy una burra” en la espalda y mandarla a comprar los panes a tres cuadras de la casa. Irene había crecido, ya no era la niña desvergonzada y desinteresada, además había identificado algo distinto en la mirada de los chicos, por lo que la idea de caminar con aquel letrero era significativamente bochornosa. Edelmira diseñó el cartel con rapidez sobre un pedazo de cartón y le tendió una tira de pabilo que encontró en la mesa. “¡Vaya! a ver si así se le quita lo burra” le dijo. Irene, casi sin salida, alcanzó a ver al otro lado de la calle, donde antes la gente aglutinaba sus basuras, un desorden similar al de una construcción. Corrió despavorida, pasando por alto los gritos de Edelmira, y pensando solo en la idea de esconderse en algún rincón de aquella construcción y abandonarse al inagotable llanto de la infancia perdida. Recordó a su madre, a sus hermanas, la vida pastoril y las pocas urgencias que tenía que pasar; se le vino un baño húmedo de pena, pero se sintió desesperada cuando finalmente Edelmira la sacó de un tirón del brazo y la comenzó a sacudir diciéndole que no lo vuelva a hacer, que no la vuelva a desobedecer de esa manera. “Quién te habrás creído” le resondraba Edelmira al tiempo de que la jaloneaba con los llantos púberes de aquella niña menuda de nombre Irene.

Las cosas no mejoraron en la escuela. Irene sentía que los días pasaban y que aquellos símbolos se tornaban enemigos suyos, personajes cada vez más lejanos e impenetrables. Recordó aquella noche que le mostró la libreta de notas a Edelmira, y en vez sentir miedo, desbordada por ese ímpetu infantil de que las cosas son sencillas, decidió adulterar la firma del auxiliar, y presentar notas más nobles. Tardó dos semanas, a lado de Ana y Rebeca, de practicar la firma del auxiliar, encerradas en el cuarto de Rebeca. El segundo bimestre presentó las notas a su tía. La señora Edelmira la miró con algo de alegría, le dio unas palmadas de aprobación y siguió en sus asuntos domésticos. Y así transcurrió el año, sin mayor preocupación. Un día de noviembre Irene despertó de la cama de alegría. Había soñado que su madre había vuelto a casa junto a sus hermanas. Preguntó por su padre pero no obtuvo respuesta. Entonces decidió irse de regreso a su pueblo, sola, por su propia y furtiva cuenta. Pensó en la forma de huir de la casa, de conseguir el dinero para el pasaje, de tomar el carro que la llevaría a su pueblo. Aquella mañana mientras iba camino a la escuela, estuvo tan abstraída pensando en eso que por poco se la lleva un carro y adiós todo lo planeado. Pocos minutos después del recreo, en plena clase, al borde de un grito, estalló en júbilo. Tenía un plan para volver a su pueblo.

El primero de enero era su cumpleaños, le hicieron una pequeña torta, vinieron algunos tíos, pero lo fundamental, le dieron propinas. Con las propinas que recibiera esa noche, se las arreglaría para el pasaje a su pueblo. Solo tenía que esperar el momento de salir, y ese momento llegó el 4 de enero, fecha de entrega de las libretas. Irene fue a recoger su libreta, pero tenía pensado no volver a casa de su tía Edelmira nunca más. Recogió la libreta y no tuvo que ser bruja para adivinar que tenía dos cursos jalados. No le importó, tomó un carro a La Parada donde partían pequeños buses rumbo a su pueblo. Había imaginado su llegada al pueblo, con sus dos hermanas menores recibiéndola en estruendos gritos de euforia y llantos de alegría. Cuando llegó al terminal se dio con la sorpresa de que los buses salían a las 6 de la tarde, era muy temprano para estar ahí. Entonces resolvió en irse a la casa de su tía Ricardina que quedaba a unos minutos de allí. Estuvo conversando todo el momento con su tía, hablaban de aquellas novelas que veían en común: historias románticas de amor con personajes antagónicos y dramas excesivos. La pasaban bien y así transcurría el tiempo. Luego subió al cuarto de su otra tía y ahí se quedó a conversar sin tener más cuidado del tiempo. Cuando vio el reloj ya eran las 6 y no supo qué hacer. Estaba levantándose cuando escuchó unos pasos apolillados que hacían crujir las escaleras. La puerta se abrió, y frente a todos se encontraba la tía Edelmira. Irene tenía el rostro pálido y la sangre paralizada. Edelmira habló con la tía Ricardina, y se llevó de regreso a Irene. No se dijeron ni una sola palabra en el camino, Edelmira ya sabía de las notas en la escuela y para ella eso bastaba. Esa noche Irene durmió callada, el silencio en su mente se dibujó como un puente roto terminado en un abismo. Aquel silencio lúgubre y angustiante terminó por agotarla, y se recostó en ella como un peso paquidérmico en sus ojos, en su alma. A las 5 de la mañana despertó sudando. La angustia de no volver a su pueblo nunca más, y quedarse atrapada en ese hogar, parecían agotarla al extremo de no dejarla dormir. Decidió huir en ese mismo instante, acabar con todo y salir de esa tierra que nunca le perteneció y que al contrario la enfrentó con mezquindad desde el primer momento que llegó. Quiso levantarse pero oyó el sonido horrendo como de un animal que movía la mesa de la sala. Pensó que su tía la iba a matar, pero el sonido se extendió a toda la casa, acompañada de un tenue movimiento que se estremecía por toda la casa como un gran animal que solloza desconsolado. Entendió que era un sismo, se recostó en la cama y espero que todo pasara. “La tierra esta triste igual que yo” pensó. Cuando todo se calmó, Irene se apresuró en recoger algunos vestidos y colocarlos en su mochila. Parecía estar todo listo cuando escuchó un ruido detrás de la puerta. Abrió la puerta; detrás estaba Edelmira y su esposo, ella llevaba su bata blanca y su esposo la sostenía del hombro. Edelmira la miró con preocupación y le dijo a su esposo: “Dale su pasaje, se va a su pueblo”.


En honor a mi madre: luchadora
incansable y de corazón áureo.

jueves, 1 de enero de 2009

Por más amargo que parezca


- Hola, ¿bailamos? – a pesar de la bulla, mi voz sonó muy grave para mi gusto.
- No, disculpa, no bailo con desconocidos – contestó ella luego de mirarme con una mirada pícara.

*****
Ruth, Álvaro, su esposo, Mariel y yo. Cuatro personas, dos parejas. Mariel es una persona agradable, pero demasiada buena onda para mi gusto; su optimismo exagerado, a veces huachafo, me embriaga a tal punto de asentir por pura cortesía todo lo que me dice; sus ojos, a menudo, desorbitados y frenéticos impiden que podamos conversar tranquilamente. Esa noche, de una chica de oficina, alegre aunque recatada, pero siempre enérgica, pasó a ser una mujer demasiado llamativa para salir a algún lugar a bailar. No llevaba sus anteojos (y creo que ese era el problema para que me hablara tan cercanamente sin modular el volumen de su voz), el pelo lo tenía suelto, traía una suerte de blusa turquesa recortado por el lado de la cintura, ambos cortes llegaban como flechas al ombligo haciendo de este parte importante del atuendo, además siguiendo el ombligo hacia arriba yacía una ranura que se extendía en forma de uve con extrema irreverencia, dejando la incómoda sensación de tener que agachar la mirada cuando hablabas con ella; aquél escote era una cosa abrupta y podríamos haber conversado de aquel toda la noche, si no fuese por su frenesí que te llevaba de un lugar a otro, de un extremo al vacío, y de la nada abajo, saltando de temas y volviendo al inicio, llevándote a bailar y luego hablarte al oído como si estuvieses fuera del local.

Mariel es una persona agradable, es decir, suele a veces contagiarte de ese entusiasmo avasallador con que toma las cosas, pero a veces, también, suele exasperar su desbordante ímpetu y delirio mental. Esa noche, cumpleaños de Álvaro, salimos los cuatro a una discoteca del viejo Barranco. Ruth y su esposo, Álvaro, coincidían (extraña costumbre que me hacía pensar hasta que punto eran humanos) en ir a una discoteca, alentados por la efervescencia de Mariel. Bueno, por fin estábamos en el local, mi consideración de ser una noche tranquila, casual y amena, se vio interrumpida cuando Mariel comenzó a arrearnos a bailar a todos como si fuera la última noche de nuestras vidas. Siempre pensé que considerar cada minuto como el último de nuestras vidas era necesario para llevar una vida plena, pero lo de Mariel escapaba de esa lógica, correr a la pista de baile con los brazos agitados y las piernas amortiguadas no me parecía algo interesante y menos al lado de Mariel. Al comienzo pensé en bailar como siempre lo hago, medianamente rítmico con algo de gracia, pero el escándalo rítmico de Mariel hacía de nosotros una pareja antagónica, un contraste embarazoso, parecíamos, exagerando un poco, una mujer salida del penal Santa Mónica, y un cura tímido y mojigato (porque hay de los otros). Había comenzado a arrepentirme de venir y no sé si se notara en mi rostro pero los movimientos atolondrados de Mariel acabaron por fatigarme. Álvaro y Ruth bailaban al compás unísono de una melodía colombiana, se les notaba contentos, sincronizados, ni uno hacía algo que sobrepasara al otro ni el otro se desmedía en lo mínimo, era un cálculo matemático de movimientos, un modelo físico perfecto, era la muestra de que llevaban años bailando juntos, me imagino. Mariel comprendió mis urgencias hipócritas de ir al baño, ella se sentó casi a regañadientes, pero con el propósito de tomar impulso para la siguiente ronda. “No demores, voy a tomar algo” terminó ahuyentándome. Me escurrí entre los bailantes, alcancé los servicios higiénicos casi agonizando. Necesitaba darle un rumbo nuevo a esa noche, me resistía a ser la pareja de Mariel. Por un lado me sentía comprometido por tener que acompañar a Mariel, pero por otro me decía a mí mismo que ese compromiso me lo había creado yo, que estaba bien que hayamos salido en pareja pero eso no me encadenaba a tener que acompañar a Mariel toda la noche. Ambos, sencillamente, no congeniábamos; ella era demasiado para mí. Pensé en regresar a la mesa y decirle a Mariel que me sentía mal y que me tenía que ir. Era lo más sincero que podía hacer así que salí de ese intermedio que es el baño rumbo a la mesa donde estábamos ubicados.

*****
Mis pupilas se dilataron, el cuerpo se me paralizó por completo, y mi mirada quedó retenida en ese asiento, en ese torso, en esa caída del cabello, en esos hombros desnudos. Me acerqué por inercia saboreando cada ángulo que se abría a medida que la rodeaba lentamente.

- Hola, ¿bailamos? – a pesar de la bulla, mi voz sonó muy grave para mi gusto.
- No, disculpa, no bailo con desconocidos – contestó ella luego de mirarme con una mirada pícara.
-Me llamo Wilmer, pensé en que podíamos bailar- le contesté casi automáticamente al oído.
-La verdad es que estoy cansada- me devolvió el mensaje con la sonrisa congelada y su mirada traviesa y a la vez disforzada.
-No es que sea insistente pero creo que estamos destinados a bailar esta pieza- respondí colocándome en el umbral de la huachafería.
-Si estamos destinados a bailar tendría que suceder algo extraordinario que demuestre nuestra predisposición a bailar- me siguió el hilo, picó el anzuelo, el juego había terminado, cedería finalmente a mi brazo estrechado.
-No es la primera vez que bailamos esta canción- su sonrisa llegó a explosionar, la tomé de las manos, pensé en ella desde la última vez que la vi, nuestra extraña relación cercana, nuestras conversaciones plagadas de histrionismo, su sonrisa contagiosa, y sobre todo mi poco valor para decirle que me interesaba. Nos mantuvimos alejados cerca de dos meses, espacio en el que ambos dejamos el trabajo que teníamos en común y nos emprendimos en trabajos distintos. Elizabeth era una mujer interesante por donde se le viera, tenía esa virtud de contestarte a la inmediatez con tanta gracia como picardía. Su increíble mirada, su voz suave pero decidida, su gracia, repito, su increíble gracia. Aunque lo que me sacaba de lugar, era ese extraño coqueteo salpicado de ternura, esos gestos de dominio tejidos con su pronta fragilidad, su carácter y su desfachatez. Elizabeth había llegado ahí con tres amigas, yo había llegado con Mariel. Sí, recordé que Mariel quizá estaba esperándome, aunque lo más probable era que su hiperactividad la hayan empujado a bailar con alguien, y todo eso pasó tan rápido que ahora estaba bailando con Elizabeth, platicando de lo más lindo, divirtiéndome cuando menos me lo imaginaba, en un apartado de la realidad con una persona que había perdido contacto, pero que su aspecto frágil combinado con su autosuficiencia hacían de ella una figura exquisita.

En esos momentos me vinieron unos cólicos insoportables, el estomago se me retorcía, y mi cara no tardó en evidenciar mi malestar. Al parecer era verdad el cuento que le iba a lanzar a Mariel: me sentía tan mal que tenía que irme. No sé si fueron los tragos que bebí, o la lasaña de las ocho, que habían hecho algún efecto en mi poco respetado estómago. “Elizabeth, me siento mal” le reafirmé lo que mi rostro pálido ya se lo había dicho. Elizabeth comprendió mi bochornoso malestar y me acompañó a tomar un taxi. Salimos del local, Elizabeth estaba encadenada a mi brazo derecho. Ambos subimos al taxi, y desde la ventana con el rostro sudoroso y algo colorado alcancé a ver una mirada de furia, de desprecio, de odio, de repulsión. Mariel estaba afuera del local parada en la esquina, con un cigarro, la mirada de acero y aquella blusa turquesa con el escote molesto.

jueves, 25 de diciembre de 2008

Ficcionario


La ficción es el mundo aquél donde el escritor volca toda su inventiva y crea mundos paralelos con personajes increíbles y sentimientos extraños; tal es su minuciosa descripción que a menudo nos hace dudar de lo que es realidad o ficción. Hace poco se estrenó en formato 3D la película "Viaje al centro de la tierra", un film que es la traslación de la magnífica novela de Verne a una historia actual de poco impacto en el público a no ser por lo snob que suena el término 3D; sin embargo, hubo una parte que me llamó la atención al momento de verla; cuando el sismólogo Trevor Anderson (Brendan Fraser) descubre que el lugar donde se encontraba era exactamente igual a la locación que Verne hacía énfasis con un detallado esfuerzo. Cosas como esas, ponen a pensar hasta que punto la ficción puede resultar en algo ciertamente verdadero; si es que en realidad existen tales descripciones en alguna parte del planeta, debajo de ella, encima, quién sabe. Esas bondades solo podemos dejarla a grandes como Verne, y en parte es mejor darle el beneficio de la duda que limitarnos a decir que no es posible. Las grandes novelas siempre nos han dejado sembrado esa extraña duda y curiosidad por saber de dónde sacaron esos elementos que se entretejen de manera exacta y natural para dar en fruto una obra de magistral envergadura. En tierras peruanas algunos meses atrás el tema de la ficción y la realidad se manoseó "tanto" con la historia de Bayly y el actor Diego Bertie (involucrado "íntimamente" en todo un capítulo de su primer éxito literario "No se lo digas a nadie") que la resaca de que hasta qué punto es cierto todo lo que se dijo en el libro sigue aún vigente. ¿Realidad o ficción? Dejémoslo ahí por el momento.

Entomología forense

Hace unos días, en Finlandia se capturó a un "presunto" delincuente gracias a la ayuda de un mosquito. El ADN de la sangre succionada por el mosquito encontrado en el coche permitió a la policía capturar al sospechoso. El auto había sido robado días atrás y no se tenía noticias de su paradero, ni de ningún responsable. El auto fue encontrado por los policías días después de su robo y fue registrado con tal minuciosidad que llegaron a dar con un mosquito, el cual fue separado para el análisis respectivo en el laboratorio. El caso puede registrarse dentro de lo que se conoce como "entomología forense", una suerte de estudio que se hacen a los mosquitos para determinar, por ejemplo, cuanto tiempo de muerto tiene una persona, o en el caso de la policía, para determinar a quién pertenece el ADN encontrado. Como en Finlandia existe lo que se conoce como ficha genética con información del ADN de las personas, es fácil realizar las comparaciones para dar con un presunto asesino, delincuente o violador. Este es un caso que en estas partes del planeta suelen conocerse como "curiosidades" o un tipo extraño de procedimientos policiales, sin embargo es un ejemplo claro de que la realidad muchas veces supera la ficción. Este tipo de casos sui generis son los que alimentan las tramas más enredadas y orgásmicas de la literatura moderna, con sus hiperbólicas excentrecidades y sus incalculables curiosidades. Cosas como éstas hay un montón y sirven para nutrir ese inmenso mundo que hay para compartir, para entretener, para distraer, o en el mejor de los casos, enseñar.

Acercar la ficción a la realidad, jugar con ellas, tener dominio y al mismo tiempo dejarse llevar por sus mareas que te embriagan y atrapan: son gruesas formas de intervención del escritor en un mundo donde la realidad resulta chica y la ficción un apartado dudoso.

martes, 16 de diciembre de 2008

La desgracia de mi cuerpo


Nunca conocí su destino. En mi mente solo quedaron grabados la inmejorable figura de sus glúteos y sus decorosos y bien situados senos. Nunca la llegué a conocer a fondo, en el sentido de saber en qué pensaba, cuáles eran sus sueños, sus miedos, sus limitaciones, etc. Solo llegué a conocer de ella la superficie de sus palabras, sus frases chispeantes y desafiantes giradas en torno al barullo de lo populoso e intrascendente. De la niña de obesidad asolapada pasó a ser la muchachota de las piernas de acero, la de los brazos firmes y brillosos, la de los hombros desnudos y la espalda coqueta, la de las caderas pendencieras, la de la cintura de lápiz, la de las delanteras suficientes e independientes, en suma, en una mujer deseable por todos los lados que se les viera (balcones, puertas y paraderos). De la mocosa quisquillosa y movediza, atenta y risueña (a caso sus años más inteligentes), pasó a ser la adicta a los amigos mayores, a las suntuosidades, a las facilidades del mundo, y al incesante juego del arribismo. Por esos años el impacto debió ser duro: saber que todo el mundo comenzaba a verla distinta, no escapar a ninguna mirada, no era cuestión diaria. Algunas chicas comenzaban a sentir recelo por su excesiva forma de ser melífica y seductora, pero además en aquellos años del cambio, comenzaron a asomarse aquellos rasgos que en la adultez se asentarían con mayor dramatismo: su incipiente forma de manipular a los chicos, de conseguir favores siendo “linda”, arrojando una que otra frase adulona y cariñosa, pretendiendo ser la chica de todos sin ser tocada.

“Una cosa es ser una persona con buen cuerpo y otra, ser “solo” un buen cuerpo”. Me decía una amiga, con el prejuicio de una mujer que ha visto a su ex en brazos de una mujer con las medidas y características de una diosa del placer. Y no se equivocaba quizá, porque es fácil reconocer a una mujer que tiene el cuerpo como único valor, y es fácil reconocerla porque efectivamente, es fácil. Valeria era así, tenía todo para mostrar y lo hacía con sapiencia; conocedora vasta de sus atributos sabía cuál era el impacto de sus precauciones: los hombres se le acercaban, algunos toscos, otros elegantes, algunos pesados, otros ingenuos; todas las miradas estaban depositadas en cada esquina de su detallado cuerpo, cada curva era sometida al escrutinio no solo de las miradas lascivas de ellos, las miradas desaprobatorias de ellas y sus poses de censura no se hacían extrañar de igual manera.

Para escribir sobre Valeria, fue necesidad (como es comprensible) verla detalladamente. Expiar su comportamiento, hurgar sus intenciones, tratar de conjeturar sus sentimientos, sus deseos, sus temores. Una labor sacrificada y difícil pero necesaria, ya que es de muy mal gusto dar con alguien solo revisando los comentarios inoportunos y viscerales de terceros. Entonces, tuve que seguirla, verla, observar sus adicciones, sus relaciones, su familia, etc. Todo se tornaba confuso a medida que Valeria estaba a un metro de mí. No era lo que decía, ni siquiera como actuase, simplemente tenerla enfrente de mí obstaculizaba mi juicio sobremanera. Tenía que cambiar de táctica si es que quería comprender la naturaleza demoniaca de esta mujer, que tan solo con su aroma, me adormecía, me fatigaba, me desesperaba.

Esa noche muchos estábamos ya asentados. Yo me encontraba en una esquina conversando con un amigo; había pensado en que era necesario mantenerme a la distancia de Valeria si es que quería observarla con cierto grado de sensatez. Así que la esquina, el lugar menos dado a la luz, era perfecto para tales propósitos. Valeria hizo su ingreso exuberante. Muchos contemplaron su generoso escote al saludarla, sus esbeltas pantorrillas al sentarse, otros (más o menos afortunados) respiraron de su aroma loco al bailar con ella, otros (por no ostentar nada) se resignaron a su mirada indiferente, y otros (a estas alturas con los pelos de punta) no pudieron dominar su simplicidad al hablar. Valeria era desde los años en que era adolescente (y todo se había ubicado en sus lugares respectivos) el imaginario sexual de la multitud. Su sonrisa barata y su caminar llamativo eran imágenes (por qué no decirlo) que se convertían en películas, en escenas morbosas, en ficción desmejorada. Valeria siempre estuvo rodeada de hombres que tenían cierto poder sobre los demás. O eran los pendencieros del quinto de media, o eran los señores con plata los que la buscaban. Ellos la hacían sentir segura, la protegían de aquello que creía era “eternamente importante”.

El poder y el dinero, los vicios y las pomposidades, fueron todo aquello que le dio una extraña forma de ser feliz pero que a la vez la hicieron tan desdichada, y eso no es una gran novedad o misterio resuelto. Tan obscenamente manipulada, usada, maltratada. ¿Era una desgracia ser tan irresistiblemente deseable para Valeria? Sus caderas anchas, sus muslos recios, sus ojos claros, su boca seductora ¿Eran los culpables del destino de su personalidad? Mujeres exquisitas y despampanantes, vacías y ordinarias, pueden tener cosas en común, como el engaño, el resentimiento, la inseguridad, el odio, y esto añadido al limitado pensar que el poder lo es todo, hacen de personas como Valeria tan irresistiblemente ricas.

domingo, 2 de noviembre de 2008

tres tristes tiempos


Esta es la historia de mi amor por Carmen. Tres tiempos distintos, el único amor, el que compartimos, el que vivimos, aunque el destino juegue perversamente con sus actores, hay una cosa que nunca murió, y esa es nuestra historia:


Sí, mi capitana (9 años)

Carmen vive a tan sólo dos casas de la mía. Es la niña más linda del vecindario y no conozco otra niña que juegue con el ambiente como lo hace ella: el sol le da color a su entrañable sonrisa, el aire le da forma a sus rubios cabellos, el suelo pone límite a su desbordante encanto; todo lo que ella hace parece estar guiado por la gracia de Dios, sabe mucho de juegos y juraría que siento un cariño inexplicable por ella. Las puertas de las casas están siempre abiertas para todos del vecindario. Carmen es muy querida por mi mamá, como no tengo hermana mi mamá la trata como su hija. Carmen se aparece como todos los días a la tres, después del almuerzo; a veces cuando sus papás por algún motivo salen, ella viene a casa a almorzar con nosotros, pero en las horas que dura el almuerzo nos la pasamos riendo, cantando nuestras hazañas y sonriendo nuestras aventuras, la comida se enfría y mi mamá se molesta. A veces los frejoles son molestos, los tomates insípidos y la sopa abundante en verduras, es ahí cuando disimulamos bien el secreto de guardar en los bolsillos todas las cosas que nos disgustan para luego tirarlas en el parque, lejos del descubrimiento y castigo de mi mamá. Juguemos a que somos navegantes, marineros, tenemos una caja grande de la refrigeradora que compró su mamá el otro día, y el patio de arriba todito para nosotros con todas las cosas inservibles que la gente del vecindario tiene ahí amontonado, pero que para nosotros son nuestras más grandes herramientas para nuestras más inverosímiles aventuras. Ella es la capitana y yo el marinero, no sé dónde vimos alguna vez a una capitana y un marinero pero yo me debo a mi capitana y estoy para cumplir cada una de sus órdenes.

Tan cerca a ti (14 años)

Carmen tiene muchos amigos, tantos amigos como los que no conozco y a los que solo veo de reojo, con la esquinilla de los ojos y con mucho recelo. Seguimos haciendo la tarea juntos, cenando en su casa y conversando hasta tarde en su puerta o escuchando música en su walkman. Los días en el colegio son geniales, nos la pasamos bromeándonos, ella siempre sabe el disparate que se me va a ocurrir y yo la cosa que la hará estallar en carcajadas. Tiene una rebeldía que a veces me asusta, a veces me dice cosas que no entiendo y tiene las palabras justas para cada entredicho. Hemos salido al teatro con la maestra de Lengua y Literatura, a un asilo de ancianos, y uno que otro museo, raras veces habíamos salido juntos, pero en cada uno de ellos nos divertimos mucho. La he visto reír y sonreír durante toda mi vida, y la he acompañado en sus momentos más tristes, cuando sus papás peleaban y ella se sentía más sola y menos querida que nunca; siempre la he acompañado, siempre estuve con ella.

El accidente (26 años)

Carmen luego del colegio se tuvo que mudar de casa. Éramos ya adolescentes y cuando la abracé para despedirnos tuve ganas de llorar pero no lo hice, ella tampoco. Pero la abracé muy fuerte, tan fuerte que no la quería soltar jamás, como queriendo impedir su alejamiento en ese minuto de emoción extrema. Le prometí llamarla y lo hice. Nos vimos unos cuantos fines de semana. Yo la visitaba y ella a mí, pero luego cada uno comenzó a enrumbar sus propios proyectos. Yo comencé a estudiar periodismo y ella enfermería. En el colegio me di cuenta que vivía enamorado de mi mejor amiga pero nunca tuve ni el valor ni la seguridad de decírselo. Me enamoré todos los días que vivimos, desde pequeños hasta la adolescencia, pero luego ella se mudó, yo dejé de verla por un buen tiempo, cada uno comenzó a dedicarse a sus cosas y nos distanciamos por casi 4 años, tiempo en el que solo la fui a ver cuando su papá falleció. Tiempo después me enteré de que tenía un novio. Me sentí extraño, no porque ella tuviese un enamorado, porque ella ya los había tenido en el colegio y yo los había conocido, sino porque de este tipo decía estar muy enamorada y que lo quería mucho, y él a ella, y que él era futbolista, pero no sólo futbolista, también estaba a punto de graduarse de abogado, mezcla extraordinaria, pensé con ironía. Además ella había comenzado a vivir con él en una casa por Pueblo Libre, todo según me decía se acercaba al compromiso, que su mamá lo conocía, que todo les iba muy bien.

Pienso que una persona puede ser el amor de tu vida cuando te das cuenta qué feliz eres cuando ella lo es, y qué triste cuando la pena la acecha. Pero no solo eso. Sino también cuando comparten toda una vida, cuando hay una conexión más que física, cuando la amistad queda chica y cuando alguna vez en su cumpleaños después de tanto tiempo de no verse, ambos se quedaron mirando por largo trecho, conectados de alma y mente. Ella siempre te había dicho que la camisa azul era la que te hacía el chico más churro del mundo, y esa vez tu habías ido a su casa con una camisa azul impecable, con los ojos brillosos y claros, con tu sonrisa chueca y tu porte de marino, como decía ella, y habían quedado mirándose, reconociéndose el uno al otro, mirándose de alma a alma, y sentían que haber estado separados por tanto tiempo había sido una lisura del destino, que Dios los había puesto en el mismo camino desde de la infancia, y aunque los había distanciado por algún tiempo, era ese momento la voluntad de Él para que nunca volvieran a alejarse. Y el amor es tan confuso que a veces uno no sabe el momento pero sí la persona, y está dispuesto a esperar, esperar todo el tiempo que sea posible, aunque a veces este no tenga existencia en este mundo.

Siempre pensé que ella era la persona de mi vida. En los tiempos del colegio viví enamorado de ella, luego nos distanciamos. Yo me enamoré de una chica de la universidad, pero nunca encontré ni la afinidad intelectual, ni la conexión emocional, ni el despertar sexual que tenía Carmen en mí. Ella era todo en mí, y cada una de las chicas con las que traté de hacer vida, siempre fueron siendo eliminadas en mi mente al tiempo que mi inconsciente las comparaba con Carmen, el amor de mi vida y de mis vidas. Así me fui deshaciendo del ilusorio amor de ellas y recordando con amor su sonrisa, su compañía, su mirada y sus palabras. Cuando supe que ella estaba comprometida con el futbolista, se me hizo un nudo en la garganta, como si alguien me hubiese ajustado la corbata a tal extremo de ahogarme, y solo atiné a llamarla y verificar si era cierto, y en el peor de los casos felicitarla. Ella contestó el teléfono con un alegre “aló”, me invitó a su casa, a conocer a su novio, a conocer su felicidad, aquella que, pensé yo, yo no era parte. "No puedo este sábado, tengo una ceremonia por el arribo del embajador de Italia". Le dije. En realidad, no quería saber mucho de su felicidad, porque no la sentía mía, quizá mi egoísmo no me dejó ver que la persona que estaba del otro lado del teléfono, era el amor de mi vida, y que el mundo da espacio para el amor en los momentos menos pensados, y que el amor solo es verdadero cuando se comparte, cuando se tiene a uno al costado, cuando se es un amigo por el resto de tus días.

Días después de haber conversado con Carmen, el novio viajó a Tarapoto a disputar un partido con el equipo al que pertenecía. Carmen lo acompañó aprovechando unos días libres en el hospital. Ya en Tarapoto el equipo se hospedó en un hotel cerca al estadio. El partido lo perdieron 5-0 y algunos jugadores esa noche salieron a distraerse, incluido el novio. Salieron a hurtadillas del comando técnico y por supuesto de Carmen. El mequetrefe del novio, bebió de más, y junto a otros jugadores realizaron una visita por lugares extraños, preferidos por hombres solos y de apariencia vacía, apoyados por el alcohol se revolcaron con prostitutas y amanecieron en su embriaguez con ellas. Alguien presenció los flirteos en el local de las meretrices y tomó algunas fotos, fotos que llegaron perversamente a manos de Carmen. La suciedad con que se traiciona a alguien es solo vista por escasos minutos para dar cuenta de su veracidad, y en esos momentos Carmen se sintió la mujer más imperfecta del mundo, la cosa más absurda y estúpida. Tembló de miedo más que de ira, soltó una lágrima de sufrimiento, y solo quiso desaparecer. Salió del hotel entre llantos, con la mirada perdida, el mundo se le hacía tan oscuro, tan cruel, tan inhumano, tan mentiroso. La gente parecía saberlo todo, todos parecían saber su situación, todos parecían tan cómplices de todo, tan apañadores, tan permisibles, tan traidores. Cruzó la pista y tomó un taxi al terminal para tomar el primer bus hacia Lima, en busca de los brazos de una madre, de un amigo, de alguien en quien creer. Compró el primer boleto hacia Lima y sin consciencia de dónde estaba se sentó en el asiento de la ventana y se echó a llorar, no quiso mirar a la ventana, quiso que el carro se esfumara de ese lugar cuanto antes, que cuanto antes olvidara todo, hubiese gustado desmayar pero la desesperación de la realidad no la dejaba descansar, la agobiaba y la tenía acurrucada en llanto en el asiento de atrás, sin alma, despojada de amor, traicionada. Dormir, despertar, ser otra, sin recuerdos, sin nada. El bus encendió el motor y con él el alma de Carmen se ahogó en lágrimas, arrastrando cada minuto al silencio, al frío, al calor, al sueño, a la nada. De pronto los brazos de un hombre la estremecieron. Tres hombres en pistola gritaban reclamando dinero y todas las pertenencias de los pasajeros, aquel que se resistiera sería matado, así de simple. El bus se encontraba a un lado de la carretera, casi al extremo, uno de los hombres la sostenía de los brazos a ella, y los otros tenían reducido al chofer. La justicia de la vida se deshace de grandes tempestades pero a veces no discrimina el bueno del malo, el inocente del culpable, el amor del odio, y en ese momento en el bus se sintió un huracán que vino de la parte de atrás del bus. Todos volaron como ropa tirada al aire, incluidos los ladrones. El bus se desbarrancó a un abismo y de él no quedó ningún sobreviviente, ni el amor, ni el odio, ni el perdón, ni el rencor.

La noticia llegó a mí de la manera más ponzoñosa para mi corazón. Alguien me llamó al celular a las 5 de la mañana y me dijo que Carmen había sufrido un accidente. Llamé a la agencia, nadie me dio razón. Pensé que todo era una broma, que estaba medio dormido para ser verdad, pero en el corazón algo me decía que a Carmen le había sucedido algo malo. Al mediodía nos dieron la terrible noticia de que el bus donde viajaba Carmen se había desbarrancado y que no había heridos, todos habían fallecido. Pensé en ella, su voz, su rostro, su compañía, y en ese momento todo se me vino abajo, sentí nauseas, mi corazón se estrujó y un fuerte dolor de cabeza se apoderó de mí. Fui al baño de la agencia, casi balanceándome llegué al lavadero y abrí la llave, un fuerte chorro de agua golpeó mis manos. Salpiqué una gran ola de agua en mi rostro, y toda mi cabeza quedó mojada, bebí agua en un inútil intento por calmarme, agarré un poco de papel y me sequé el rostro con tanta fuerza que sentí algo de ardor en mis mejillas, luego aun mareado me dirigí al inodoro y me senté, lloré, lloré, y lloré, no recuerdo más. Aunque el amor no tenga existencia en el tiempo, siempre estuvo volando, siempre nos amamos, siempre respiramos de ese dulce amor de jóvenes. Su tierna alma e inigualable amor fueron desde siempre el motivo de estar vivo, y aunque nunca me despedí de ella, el recuerdo de su voz, las lágrimas de su tristeza, la sonrisa de su alma, y todas las palabras que ella pronunció quedarán marcadas con tinta indeleble de color rojo, con una pluma puntiaguda que memoriza y hace infinito mi amor por ella, Carmen, mi mejor amiga, el amor de mi vida.