jueves, 9 de abril de 2009

Historias en el bus

A los que estamos obligados por alguna razón del destino a meditar por algunas horas diarias en estos monstros metálicos siempre nos resultó turbador ver pasar algunas cosas sin saber que sucedió en realidad. Vivir un nuevo hogar con sus reglas y costumbres, un mini-mundo que responde beligerante y coqueto, espontáneo y astuto, eso es lo que responde al nombre de un bus. “Siempre que viajé en bus tuve la sensación de convivir con mi patria, más que en la universidad, más que en la calle, en un bus encuentro el alma de mi país” dice un estudiante. Una mujer de senos grandes y naranjas, un vendedor estrafalario y astuto, una anciana hermosamente amable, tres historias que tienen algo que mostrar de la vida en un bus, extraña y graciosa, a continuación:

Las tetas no asustadas
Un buen día cuando atardecía y el bus corría lentamente en el angosto pavimento gris como el reflejo del cielo limeño, tuve la sensación de sentir dos grandes y naranjas bolas encima de mí. Exaltado alcé la mirada y una mujer grande se encontraba parada encimo mío, con la mirada perdida en la ventana. Tenía el cabello castaño y largo, sus ojos como dos puntos verdes que se esquivaban, era grande y naranja, como lo repito, y tenía los brazos robustos cogidos a un lado de mi asiento y el de adelante; al costado suyo una señora la sujetaba del brazo derecho, la sujetaba fuerte, se podía ver sus dedos largos estrujándole la piel blanca, me pareció extraño, al principio. Luego pasaron a sentarse atrás mío. “Este es mi pelo” dijo la mujer cogiéndome la nuca. Giré la cabeza y la señora del costado se disculpó tímidamente. “¿Vamos a jugar al jardín?” preguntó la mujer pegando su cabeza a la ventana. Escuetamente la señora que la acompañaba le respondió que pronto lo harían. Íbamos cuesta abajo con gran velocidad, el motor roncaba firmemente sacudiendo el polvo del suelo, grandes cerros de arena seca se emergían a la izquierda, en su vientre algunas esteras mostazas daban gracia de algunos asentados hombres en ese lugar; al lado derecho, como un oasis, en contraste, una suerte de laguna rodeada de lujosas casas se veían como un sueño inalcanzable desde los cerros donde enrumbaba el bus. La mujer, y la señora que la acompañaba, se levantaron y caminaron por el pasillo engrasado rumbo a la puerta. Distraído yo, unos golpes blandos me dieron a la realidad, nuevamente: la mujer de naranja me miró indiferentemente, como quien mira un asiento más y siguió su camino. Sonreí un poco confundido, y me acurruqué nuevamente.

El vendedor esotérico
Las mañanas en el bus suelen ser aburridas, lentas y enfadadas. El tráfico en la capital hace envidiable un avión, un parapente, un globo aerostático, algo, en definitiva, que haga a uno sentirse inmune al pandemonio que tenemos que soportar todos los que viajamos en horas punta. Cuántas horas-hombres desperdiciadas en favor de un poco de votos al futuro, pero bueno, de política también se conversa en el bus con la apatía de quién habla de un mal necesario. Pero no solo lo relacionado a la actividad política hace que algunos se irriten con facilidad, los acostumbrados a hacer pleitos y novela en todos lados alzan su voz cuando consideran que se está engañando a la gente. Una mañana un vendedor de artesanías subió al bus: un hombre gordo y de voz áspera, locuaz y entretenido. En el fulgor de su muy buena presentación de sus artesanías alcanzó a referirse de la fuerza de algunas piedras ancestrales de poder inefable. “A su signo zodiacal le corresponde una piedra” vociferaba ante el silencio de la gente que lo miraba sentados. “Estas piedras tienen el secreto de…” y fue interrumpido por un grito lejano al fondo del bus: “¡mentiras! lo que hace este hombre es decir mentiras!!” se siguió escuchando pero no con la fuerza para parar al colombiano que de seguro lo escuchó pero ágilmente decidió ignorar y seguir como si no hubiese escuchado nada. “Esa gente sube a los carros a engañar a la gente, predicando la mentira, la vida fácil” seguía el hombre inubicable, sólo se escuchaba su voz a lo lejos, como si viniera de la calle. Al final el hombre colombiano vendió mucho, y la voz disidente se perdió como las horas que muchas pasamos en el bus.

Una anciana romántica
En otro tiempo, regresábamos de asistir a la celebración por el día del trabajador que organizó la empresa en un centro recreacional en Chosica. Habíamos salido temprano, agotados por el día increíblemente divertido que pasamos Sara y yo. Subimos en el primer carro que salía para Lima. El cobrador, con una camisa azul desabotonada y un papel extraño en el cuello de la camisa, nos dijo que habían asientos libres al fondo: “carro vacío, al fondo hay sitio, sube, sube, lleva, lleva” y ya estábamos dentro, con la cara de sabernos engañados y dos mochilas desordenadas colgando de mi espalda. Tanta era la pesadumbre que nos resignamos a avanzar al fondo, me pareció ver un asiento para Sara. En realidad, como había dicho el cobrador, habían dos asientos vacíos pero estos estaban separados: uno en la penúltima fila, a lado de la ventana y junto a una señora de 60 años; el otro, al fondo, casi en el extremo derecho del enorme asiento de 4 personas pero que entran 5, a veces. El espacio era justo para alguien de anatomía delgada, entre la feminidad y la esbeltez, o sea, no para mí, definitivamente. Sara le pidió permiso a la señora de 60 años, risueña, amable, con el cabello blanco y unos ojos que destilaban vida y alegría. Sara se sentó y me sujetó las cosas desde allí, sentada. Inmediatamente una voz arcillosa y suave se hizo llegar: “Siéntese joven” dijo la señora dirigiéndose a mí. Sobradamente extraño que una señora de avanzada edad ceda el asiento a un hombre grande y medianamente saludable como yo. “No, señora, no se preocupe, gracias, yo estoy bien aquí” le dije agradeciendo su extraño gesto. “Yo me siento atrás, usted siéntese aquí con su novia” agregó con su cara risueña, tranquila, suave, y sus ojos vivaces y dulces. “Gracias señora, es usted muy amable” respondí, sin saber que en primer lugar la situación era extraña, y más en un lugar dónde de la gente se espera más desconfianza que gestos amables como los de la señora. Y en segunda, que aceptar el asiento, era aceptar todo lo que me ofrecía la señora, es decir, aceptar que me sentase con mi ‘novia’. Sara no era mi novia, en definitiva, pero esa noche ambos nos dejamos caer una cabeza al otro, y dormirnos de esa manera hasta que llegamos a nuestro destino. Hermoso viaje.

jueves, 26 de marzo de 2009

Cartas desde la Luna


Pienso en la codicia de la ternura
cuando me miras desentendida;
pienso en bellos arreglos florales
cuando tu cabello cae en bucle;
pienso en repostería mágica
cuando veo enardecer tus labios cálidos;
pienso en cosas hermosas
y un tornado feroz en el estomago, se hace
cuando siento tus primeras letras.

Pienso en aquella noche
cuando temprano llegué sin tu invitación,
curiosamente para salir:
vestías un hermoso vestido de muselina
ceñido a tu cuerpo alegre y corsé;
miraban tus ojos castaños y perturbados,
como el espíritu de una jungla indómita;
tu cabello suelto y adueñado de una gracia
natural y sencilla, como pequeñas caídas de agua
que gozan de su independencia
girando en un torbellino fugaz.

Pienso en la fortuna
de acariciar esas mejillas frágiles y afelpadas;
de mirar de cerca esos labios rojos,
húmedos y graciosamente imperativos;
de presenciar el espectáculo
del arco simétrico de tu linda dentadura
cuando se convierte en una sincera sonrisa;
de pronunciar mentalmente
tu nombre angelical
cada vez que te siento cerca.

Pienso tanto que me lleno de alegría
al compartir de tus carcajadas y movimientos extraños
en las cumbiambas que me dejan sin fe,
pero feliz al fin,
al saber que estas bien.
Pienso en aquellas cosas
muy bien recordadas
en mis sueños de media noche,
cuando te abrazo
y me regalas una sonrisa,
como el retrato de tu inocencia,
de tu sabor fraternal y tu olor indeleble;
pienso todo esto y me lleva a pensar…
de que te extraño mucho.

viernes, 13 de marzo de 2009

El Estofado del hogar 'bonito'


UNA puerta grande nos da la bienvenida a Karina y a mí. Nuestros cuerpos fecundos, cansados de caminar y caminar en busca de algún cliente en esta ciudad tan grande y variopinta como lo es Lima, se inquietan pasadas las 12 del mediodía, hora en la que normalmente cualquier ser humano aprovecha el tiempo para hacerse del ritual primitivo y fascinante que es alimentarse. Nuestras sombras, inquietas y voraces, guiadas por el olor inconfundible de un Estofado recién guisado, se paralizan justo a la entrada de ese hogar, rústico y taciturno, justo cuando un hombre delgado y de pelo castaño hace aparición con el eco de su voz gutural y un amable ademán de cortesía. Ambos nos miramos aceptando implícitamente que es el lugar adecuado para aceptar el juego protocolar que nos hace sentir vacíos y luego llenos; ingresamos serenos y callados; el lugar, aireado y bien iluminado, no goza de lujosos muebles, modernas mesas, o cubiertos de plata, sino más bien se pinta de color amarillo tenue, amigable y conversador; nos sentamos uno al frente del otro y vemos la carta, donde de plato de fondo se presenta -él mismo- el Estofado que nos invitaba inicialmente a pasar con su olor singular a carne hervida, jugosa y desdeñosa como jugando con nuestras hambres impacientes y no dejándose ver, solo oler.

Un cuadro encima de la cabeza de Karina me deja inquieto: aunque pareciese silencioso, habla de un hombre impreciso frente a dos mujeres coloniales que se susurran al oído, cuchicheando, quizá la gallardía de aquél hombre, sus desperfectos anatómicos o sus muecas incorrectas; aquel, ciego de los murmullos de aquellas esbeltas mujeres de pomposas ropas y juegos sensuales, se abre paso entre la muchedumbre para soltarles alguna frase, quizá quede solo en el intento. De fondo suena una música sana y pequeña, que te acompaña a la distancia, mirando cada uno de tus actos, sintiendo tus gustos y disgustos, saboreando tu sonrisa y respirando tu compañía, se escucha a Paul McCartney melodioso como nunca, sobrio e impasible. Con Karina conversamos de aquello, de lo genial que puede resultar un lugar modesto, lo bello que puede ser comer bien acompañado, en un local no muy frecuentado, con toques caseros, simples y amigables. Una señora, nerviosa pero preocupada, aparece de la cocina pidiéndonos que esperemos un momento, que en un “ratito” salen los platos; nosotros no estamos impacientes, a pesar de la hora, nos servimos del refresco y seguimos charlando, la señora vuelve a sus labores, seguramente a seguir dando forma, con alguna pócima o extraño condimento, a ese Estofado que grita desde la cocina.

El cielo abierto por unas rejillas de madera hacen que por él se cuelen traviesos vientos que descienden presurosos y a la vez tímidos; la iluminación natural le dan un sabor a campo, cosa que lo hace más interesante aún. El hombre que nos dio la bienvenida se acerca y nos pone los cubiertos, no dice nada, ágilmente coloca los cubiertos, las servilletas, se preocupa en que nuestros vasos estén llenos de refresco y parte sin decir nada, con una sonrisa en los ojos, con los labios apretados. Entramos al festín con una causa, y nos despedimos con el extraordinario Estofado de carne, aquel que nos deja tranquilos, satisfechos y contentos, con la extraña sensación de querer volver, como se siente uno al final de la noche o cuando estas de viaje por un largo tiempo.

sábado, 7 de marzo de 2009

Y de repente, en la ventana


ERAN mediados de las vacaciones del 90; yo pasaba horas entretenido en la tina del baño: era un placer permanecer en el agua aun no sabiendo nadar -como volviendo a estar en el vientre materno- solo escuchando mi voz y estando fresco, sin conciencia del tiempo. Me encantaba llegar a ponerme arrugadito de tanto humedecer mi piel en la tina, por lo que siempre condicionaba bañarme sólo si era en la tina, tanto así que casi todas las veces que me bañaba lo hacía en la tina del baño, supuestamente solo -luego descubrí que mi mamá me espiaba cada tanto para saber que estaba bien y no me faltaba nada-. Esas vacaciones eternas de sol imperecedero y aire grácil que de cotidiano tenían sus días y sus noches, fueron interrumpidas una de esas noches con un hecho que me trastocó por varios días. El departamento donde vivíamos colindaba con el de Los Bernales, gente muy trabajadora que había montado su fábrica de bolsas en el primer piso del edificio. Se trataba de una pareja de esposos de mediana edad, como mis padres, y sus dos hijos. Uno, Goyito: por el ser el último y varoncito no era de extrañarse que hubiese sido el más engreído y atendido. Y la otra, Raquel: una señorita que siempre ignoré por poseer, ella, esa cualidad de pasar desapercibida durante las horas del día y de hacerse notar verdaderamente poco, pero con ese misterio intrigante que pocos saben manejar sin caer en la altanería y ridiculez.

En mis ratos libres y de sosiego mental no había otro pasatiempo que empelotarme con mis juguetes, repasar las tiras de video que mi hermano grababa para mí o, como era en ese momento, sumergirme en la tina de baño como un anfibio hasta quedar agotado y frío; sin embargo, aquella noche del sábado llegó a mi mente tal perturbación que pasado el tiempo solo pude recuperar la calma cuando conocí a una mujer de verdad. Nunca pensé que los ángeles llegaran tocando por la puerta de tu ventana, ni mucho menos, en minifalda y en maquillaje, pero esa noche alguien tocaba la ventana de la cocina con el rostro de suplicio y la mirada avergonzada; mis padres, seres eventualmente comprensibles, abrieron la ventana al reconocerla y comprender de que se trataba de Raquel, la señorita vecina, que entre el suplicio, la mirada cándida y la figura frágil, solo había un travieso deseo por salir a bailar con sus amigos. Aquella voz agitada y tenue, fina y variable, su mirada aún niña y sus frágiles brazos, no hicieron otra cosa que convencer a mis padres en un acto no mayor a 3 minutos de conversación, en la que ella bajó por la ventana de un brinco bello y elegante. Yo, sumergido en la tina de baño, desnudo, con un montón de muñecos de guerra regados por el piso, y con la puerta del baño abierta, pude observar esa escena que quedó grabada en mi mente como otras pocas de mi infancia. Enajenado, me encontraba, observando cada segundo de su cuerpo, su cabello lacio y oscuro como la noche bulliciosa, sus pómulos delgados que desencajaban con su sonrisa traviesa, su oblicuo mentón de animal astuto, sus hombros desnudos como el crepúsculo en la playa, su figura austera y complaciente, esa colectividad mágica y felina, esculpida con total mesura y absoluta soberbia, su mirada rápida y su cuerpo rebelde, desafiando la modorra de la noche, la televisión absurda, la fantasía de la infancia. Sin embargo, mi visión de esa mujer no era de morbo; su extraña figura, antes ignorada, apareció para despertar en mí una curiosidad que permaneció, desde ese entonces, en mi mirada cuando el vacío de una noche, cuando el pandemonio de una fiesta, cuando el aire desolador, cuando la música melancólica, cuando una mujer puede provocar tal admiración limpia y serena.

viernes, 13 de febrero de 2009

El extraño don de la confusión

ALGUNA vez debemos haber sentido que lo que hacemos está mal, aunque los momentos sean considerados increíbles, es cierto. El tormento de pensar que lo que hicimos estuvo mal es un virus que nos carcome la conciencia permanentemente, tanto así que al final del día quedamos angustiados, empapados y totalmente desgastados. Una sensación de no saber por dónde vienen las cosas, ni hacia dónde van. Las cosas suceden una tras de otra, sin presiones, sin planeaciones, sin nada que no sea espontaneo y natural, como si alguna vez en el tiempo ambos hubiesen estado destinados a encontrarse. Pero el problema es único y simple: tú tienes tu novio(a), llevas mucho tiempo con él (ella), lo(a) amas -y viceversa-, y todos los ven a ustedes casados pronto, con algunos hijos y un hogar hermoso. Aunque todo parezca una utopía, ambos tienen una relación seria de años, sin embargo en el momento menos imaginado se ha aparecido otro(a) en el camino que agarra todos tus sentimientos y les da vuelta y vueltas sin fin, dejándote el preciado don de la confusión, la ignorancia de todo cuanto sucede, y la nula razón en momentos cuando uno tiene que decir –o sentir-algo. Es irreverente, quizá, hablar de la infidelidad en épocas de amor y aparente calma, pero no acabemos siendo deshonestos con nosotros mismos, se trata de una infidelidad ciega y sin malicia, digamos como la infidelidad de las mujeres (para desprestigiarnos algo, nosotros los hombres), esa infidelidad que acabamos siendo víctimas y victimarios al mismo tiempo, esa en la que nunca pensamos, somos simples títeres del viento.

Mauro Ponce es apuesto, tiene el pelo rizado y los ojos bien pronunciados, una tímida barba cuelga de sus mejillas como una cama destendida, y su cuerpo se planta en cada lugar como un roble de fortaleza intacta. Lisseth Napán es frágil y hermosa, dulce y con una vocecilla que provoca en cualquiera un comportamiento paternal, tiene la piel canela y una sonrisa extensa y contagiosa, provocativa y enternecedora. Mauro coincide con Lisseth en el gusto por el merengue, las películas dramáticas, y el café matutino. Todas las tardes bajan al comedor de la empresa a almorzar junto a Lucy, Melisa y David. A Mauro le hubiese gustado ser profesor, como Lisseth, si no fuese por su padre que de adolescente le intrigaba con la idea de elegir la profesión de abogado. Sin embargo, ambos conversan, se escuchan, se ríen y se miran. Lisseth es una profesora sensible, siempre alegre y de buen carácter, te explica las cosas tan sencillas como a un niño, te cuida y te aconseja como una sabia madre, y te reconoce cuando algo bueno has hecho. Al comienzo Mauro pensó que se trataba de una habilidad adquirida por el oficio de la maestría, pero bastó conocer a su mamá para darse cuenta de que esa sencillez, carisma y donosura estaban en sus genes. Lisseth no es baja, ni exuberante, mas bien, sencilla y recatada, compleja y, a veces, exagerada. Tiene ese don de decir las cosas importantes en el momento exacto, con las palabras correctas y en un tono que no sonroja a nadie. Por otro lado Mauro es de aquellas personas con las que alguien puede sentirse seguro de hablar. Mientras Lisseth es frágil, Mauro es robusto y, a veces, malgeniado, pocas veces malcriado. Lisseth habla por teléfono con su novio todas las noches. Ambos trabajan hasta tarde y apenas tienen tiempo de verse algunos días. Pasan los días, y el tiempo ha hecho una cosa difícil de definir con palabras lo que sucede entre Mauro y Lisseth. No es amistad, ni amor lo que une a esta pareja de humanos que tienen la triste realidad de no saber que desean uno del otro. Quizá, ambos sientan ese entusiasmo y pasión de sentirse querido y correspondido de una manera sepultada a varios metros bajo tierra de su memoria. Quizá, sea una ilusión alegre y pasajera de haber encontrado a alguien con quien conversar y sentirse a gusto con su compañía. Quizá, sea un amor extraño, furtivo, sensacional y explosivo, que en cualquier momento no le importe las consecuencias y se atreva a erupcionar. Mauro y Lisseth saben que ambos hacen mal sintiendo lo que sienten. Lisseth comprende en sus momentos que conversa con ella misma, el amor que siente por su novio y que quizá sea el tiempo que pasa con uno y el alejamiento que siente por el otro, lo que motiva a vivir esa sensación inexplicable. Mauro sabe que enamorarse no es una cosa que se planea, pero no sabe que mientras más a lado de ella está, más surge la sensación de sentir que el amor lo puede todo y que al final del camino puede ver la imagen de Lisseth y él abrazados en el jardín de su casa. Ambos no quieren herirse mutuamente, se necesitan, y en sus mentes se desean a un extremo incontrolable. Nunca se han besado, sin embargo sus labios se pertenecen, así lo piensan, y de esa manera se alejan, conscientes que las cosas no son prácticas, y que el tiempo puede esclarecer algunas dudas al respecto.


Agradecimientos especiales a la Srta. Lisseth Napán,
una persona muy buena, sencilla e increíble.